Un buen maestro necesita sentirse para hacer sentir a sus alumnos. Sentirse seguro, esperanzado, alegre, optimista y motivado. Si algo tengo claro es que las personas necesitamos de personas. Son muchas las ocasiones en las que pensamos que para sentirnos así dependemos siempre de los demás, y es verdad que en ocasiones es así, pero la mayoría de las veces dependemos de nosotros mismos, de nuestra actitud, de nuestra mirada ante las cosas… Todo cambio debe partir de uno mismo y el objetivo es llegar a ser la mejor versión de nosotros mismos para ofrecérsela a nuestros alumnos y a nuestros compañeros.

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He intentado pensar en qué es lo que me hace a mí sentirme esperanzado, seguro, alegre, optimista y motivado. La verdad es que esta reflexión ha sido difícil y algo desordenada. Así que aquí comparto con vosotros lo que a mí me hace sentirme y que me permite intentar hacer sentir a mis alumnos.

Me siento cuando…

Transformo las emociones negativas en algo positivo.

Soy consciente de que tengo miedo y decido qué hacer con él.

Sé que sé hacer más cosas de las que pensaba y que a mis alumnos les ocurre lo mismo.

Confío en los demás y ellos en mí.

La empatía está presente en todas mis clases y en el día a día.

No me complico la vida y dejo de refunfuñar.

Disfruto de mis talentos e intento que mis alumnos descubran los  suyos.

Escucho para respetar y comprender. No para criticar o aleccionar.

Me trato bien a mí y a los demás. Porque el mundo necesita caricias.

Pienso en positivo.

Aprendo de mis alumnos.

Juego y aplico el humor a lo cotidiano.

Soy agradecido y me alegro por los logros de los demás.

De repente me doy cuenta de que el mundo de verdad es el de los niños, lleno de color y alegría.

Descubro cuáles son las creencias limitadoras que me impiden avanzar.

Cambio el yo, yo, yo por el nosotros, nosotros, nosotros.

Soy capaz de gestionar lo que me sucede y controlo lo que digo y cómo actúo.

Busco soluciones en vez de culpables.

Hablo de los problemas para solucionarlos. Ni los ignoro ni los evito.

Robo minutos al día para soñar.

En esos sueños me doy cuenta de que todos tenemos alas invisibles.

Consigo cumplir al menos una de estas cosas al día.

Es imprescindible que sepamos que podemos elegir cómo queremos sentirnos en el colegio, con nuestros compañeros y con nuestros alumnos. Es decisión nuestra. Si ponemos pasión y amor en lo que hacemos lograremos sentirnos, contagiaremos a las demás y haremos que ellos también se sientan y hagan sentir a otros. Al final, conseguiremos un colegio por el que fluya la vida y la alegría.