No hay marcha atrás. Con sus sombras e incertidumbres, no mayores que las que han asolado cada inicio de siglo, el XXI ha irrumpido en el viejo modelo educativo, heredero del XIX, como elefante en cacharrería.

Por una parte, ha puesto en solfa los principios tradicionales según los cuales el docente era el poseedor de la información que transmitía para su memorización y posterior repetición, en el mejor de los casos.

Por otra, la tecnología que llega de la mano de la centuria ha abierto un abanico de posibilidades que no tiene precedente en la Historia.

Si a eso le sumamos que la sociedad, especialmente tras la segunda Guerra Mundial, ha acelerado sus procesos de transformación hasta envolverse en una vorágine ​incontestable, la escuela se encuentra sumida en un caótico momento de cambio.

CAOS FÉRTIL

Cuando hablo de caos hablo del crítico (y necesario) momento en el que todos nos hemos encontrado cuando, preparando una mudanza, ya no sabemos lo que sirve y lo que no, dónde almacenarlo, cómo moverlo y en qué plazos hacerlo. Sin el delirante momento de las cajas amontonadas, la mudanza no es posible, valga la metáfora.

Por lo tanto, no es un caos apocalíptico y carente de optimismo, sino ese caos fértil que surge cuando en un mismo colegio conviven los métodos antiguos, algunos realmente poco evolucionados desde inicios del XX, con teorías nacidas al albur de la nube o la neurociencia.

Así, espacios desfasados, basados en mesas, sillas, pizarras (aunque sean digitales) y estrados de profesor como púlpitos, conviven hoy en día con experiencias innovadoras en las que las aulas son sustituidas por espacios de aprendizaje, con otro concepto de pared, de mobiliario, de herramientas, de iluminación.

Claustros tocados por la gracia de la sabiduría decimonónica, quejosos porque no comprenden a las nuevas generaciones, anhelantes del silencio y el orden, de la memoria y la caligrafía, son tan habituales en las escuelas como el profesorado convencido de que a nuevas necesidades sociales han de desarrollarse nuevas destrezas, habilidades y competencias.

De igual forma, a equipos directivos que entienden como innovar hacer un vídeo promocional, poner ordenadores en las mesas del alumno o contratar una pléyade de consultores para la gestión, se suman direcciones que creen en el liderazgo, que lo ejercen efectivamente y que comprenden que la innovación es romper las reglas para generar otras y no solo adaptarse a ellas.

El resultado, una institución herida de muerte. Me refiero a la institución de la escuela tradicional, herida de muerte pese a que los chamanes del conservadurismo se empeñen en mantenerla artificialmente viva. A la vez, el nacimiento​ de una nueva realidad; el aprendizaje.

Ya no se trata de enseñar, sino de que aprendan.

Ya no es memorizar per se, sino ejercitar la memoria para aquello para lo que de verdad se precisa.

Ya no es el docente el detentador de la información, sino el gestor de tiempos, espacios, estrategias y herramientas para que cada persona desarrolle al máximo sus inteligencias.

Ya no preparamos niños y jóvenes para la sociedad industrial (estandarizada, sumisa y estática) sino para el mundo del XXI (flexible, dinámico, creativo).

Ya no se concibe al alumno como un receptor de datos sino como un generador de conocimientos a partir de la experiencia.

A nuevas necesidades sociales han de desarrollarse nuevas destrezas, habilidades y competencias

Caos, sí. La (obligatoria) convivencia del antes y el después. Caos en los colegios, que han de lidiar con sensibilidades muy dispares, las de quienes, profesorado, familias y alumnado, creen en la persona individual, colectiva, sumativa y emocional y la de quienes, igualmente, creen en la vieja fórmula de escuchar, memorizar y repetir. Un caos delicioso que demuestra que la sociedad es heterogénea, diversa, antagónica muchas veces.

¿Y no es ese caldo de cultivo el mejor para que nuestros alumnos comprendan que el pensamiento único es solo el anhelo de los uniformizadores pero no la realidad de cualquier sociedad? ¿No es ese caos fecundo el mejor escenario para demostrar que la innovación tiene que ver con el día a día y no solo con la tecnología? ¿No es ahí, en el río revuelto de una institución dual, maniquea y enfrentada en sus principios básicos, donde mejor podemos desarrollar las competencias sociales, comunicativas y emocionales?

Por eso, hagamos  de lo plural una oportunidad. Convirtamos la marea de sensibilidades en un contexto creativo. Echemos humor al conflicto, relativizando, empatizando, pero, a la vez, con la firmeza que nos da saber que este caos es solo el último estertor de una escuela vocacionada a mejorar, a dar respuesta a la sociedad que la sustenta y a nutrirse de lo que esa sociedad genera.

El pesimismo no tiene cabida cuando

se cree en las personas

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Tiene una trayectoria de más de veinte años en órganos de gestión, dirección y decisión, pero, sobre todo, con una opción personal decidida por la educación al margen de lo educativo. Eso es lo que él llama educación divergente. Crítico con el sistema educativo actual y con los principios metodológicos habituales, aboga por la educación entendida como acompañamiento, superando la mera instrucción y militando la inclusión, la emoción y los vínculos como marcos imprescindibles para educar. En colegios, sí; en aulas, sí; en la realidad que tenemos, sí. Pero con otras claves. Licenciado en Historia por la Universidad de Deusto, ha impartido clases en esta misma institución durante trece años, tanto en Filosofía y Letras como en el Instituto de Estudios de Ocio, en equipos de docencia y con alumnado de diferentes edades, sensibilidades y procedencias, como reflejan su paso por CIDE (alumnos de universidades de USA). Asimismo, lleva casi veinticinco años como profesor en Enseñanzas Medias, desarrollando su labor como docente en Bachillerato y ESO, así como en Proyectos de Refuerzo Educativo Específico y Diversificación Curricular, además de ocupar puestos de responsabilidad en Dirección. Formado en innovación metodológica, lleva varios años colaborando activamente con Innovación Educativa del Gobierno Vasco (Berritzegune), con la agencia vasca de calidad Euskalit (en donde ha sido evaluador en procesos de gestión integral) y con centros educativos en los que requieren su asesoría. Alvira cree en los vínculos como herramienta educativa, entendiendo que el currículo es la excusa para ayudar a cada alumno a desarrollar sus capacidades. Habitual de foros, cursos y encuentros, el valor añadido de Alvira es su capacidad para comunicar, reconocido como orador, su fuerza está en la pasión con la que transmite, algo que queda igualmente patente en su faceta como escritor, con varios best-sellers en su haber y su reciente “La Novela de Rebeca” (Ediciones-B) presente en España y Latinoamérica.