Hay frases, aforismos, fragmentos, o tuits, que nos persiguen, queramos o no. Hace mucho tiempo que una declaración de Steve Jobs al Newskeek, 2001,  no deja de esconderse en todo lo que pienso: “Cambiaría, si pudiera, toda mi tecnología por una tarde con Sócrates”. Si lo hace, es por una obsesión adolescente de mis primeras lecturas: Sócrates, ese personaje omnipresente que protagoniza los diálogos de Platón. La sombra de los sofistas, y el testimonio de una inversión moral. Un detalle: la relación maestro-discípulo más apasionante de la cultura occidental. Recuerdo a George Steiner, que ha diseccionado esta condición -¿qué significa ser maestro?- con todos los matices de quien ejerce como una especie en extinción. (Lecciones de los maestros, Debolsillo, 2011). Sí, un ágrafo inmortal que justifica una tradición filosófica textual, y un genial y consciente iniciador de un cambio tecnológico incalculable (oralidad/escritura) que sostiene esa extraña condición: Platón y la filosofía. Paradoja más paradoja: muchas noches desvelado leyendo al creador de la Academia, sin saber el porqué. Hoy lo sé. A veces, experiencia es una palabra para decir que hemos llegado tarde. Hay otros Sócrates: el de Jenófanes, el caricaturizado de Aristófanes, a su vez tan interesante por lo que delata como imagen popular. Pensar es peligroso: todos los autoritarismos de nuestra historia política lo saben. Y todas las escuelas socráticas que interpretarán su legado ambivalente. Steve Jobs, un cruce de tantas disciplinas, y un olfato para la innovación tecnológica como pocas veces se han dado. No tanto como originalidad, sino como ensamblador de aportaciones a las que sabe darle unidad. Más allá de la hagiografía actual, un personaje difícil, inaceptable a menudo, pero dotado de una sensibilidad artística que sintetizará en una nueva mirada a las nuevas tecnologías. Necesito seguir esa frase, quiero abandonarme hasta donde el pensar permita. El límite, el concepto y la vida conjugándose.

Sócrates es una forma de vida, algo más importante que cualquier teoría filosófica. Su vida es una filosofía que se muestra y que no necesita el decir, en el lenguaje del intenso Wittgenstein. Quien nos ha iluminado magistralmente esta condición, Pierre Hadot, lo escribe así: “Para empezar y por lo menos desde Sócrates, la opción por un modo de vida no se sitúa al final del proceso de la actividad filosófica, como una especie de apéndice accesorio, sino al contrario, en el origen” (¿Qué es filosofía antigua?, FCE, 1998). A todos aquellos que, aún sin saberlo, permanecemos en esta tradición filosófica y pedagógica, regresamos siempre a la herencia socrática: dialogar es un verbo educativo en esta civilización pedagógica que se llama Occidente. Nos enseñó que no hay lugar solemne para que un verdadero dialogar fluya. Sócrates es un filósofo de las calles atenienses, frente a tantos que necesitan de un espacio vertical para enseñar. El verdadero aprendizaje no pide permiso allí donde se da. Sócrates era horizontal, antes que la Red hubiese surgido. Una horizontalidad indirecta, ese es su secreto: cada alumno es el descubridor de su propio aprendizaje. Todo diálogo es más poderoso que las intenciones de los que pretenden guiarlo. Toda amistad tiene un aire socrático. Hay constructivistas con veintiséis siglos de historia.

De pronto, me asalta una imagen: Steve Jobs sabe que va a morir. Su cáncer es imparable, y hay una melancolía en todo su ritual cotidiano. Su hija Eve, le avisa de una visita inesperada: Bill Gates. Los rivales que han desarrollado una de las grandes competencias del capitalismo contemporáneo, están frente a frente. No hay ficción en lo que digo: ocurrió. (Steve Jobs, Walter Isaacson, Debate, 2011). Hablaron de educación. Algo más importante que cualquier bit. Imagino a Sócrates antes de morir, conversando con sus discípulos: es su último acto filosófico, educativo. Platón lo escribe emocionado. Y lo leemos sin respirar: hay lecturas que se llaman vida. Son nuestra biblioteca íntima. Sabe que Atenas se condena, y hay una sobriedad en su aceptación de la muerte inminente que me sobrecoge. No puedo evitarlo: la muerte es una lenta compañera que a todos nos llama. A menudo, sin nuestro permiso. Pero Sócrates la recibe como un hogar familiar y extraño. Familiar porque ya está ahí, esperándole. Extraño, porque desconoce ese límite misterioso. Hay algo sinuoso en lo que comparto: Steve Jobs, uno de los iconos de la sociedad-red, anhela una tarde con Sócrates. Quiere compartir esa forma de vida, esa fascinación oral que paseaba por Atenas y que nunca quiso escribir. Nunca, un ágrafo inmortal: dialogar como inicio de cualquier sabiduría posible.

Quiero juntar dos palabras que pueden sorprender: alma y tecnología. Sócrates cambió la dinámica de esa realidad en la cultura griega. Cuida tu alma, transforma tu vida a través de lo único que importa: el conocimiento del Bien. Areté (excelencia) es búsqueda del Bien. No hay filosofía, ni educación posible, sin la transformación interior del sujeto. Desde ese tábano de Atenas, cuando nombramos alma, algo resuena en nuestra interioridad como una llamada cierta y evidente. La psicología y las neurociencias nunca podrán borrar esa herencia moral del significado de alma. Sus hallazgos son capas sobre ese núcleo ético, irrenunciable. Algunos aún, sin ingenuidad, después de tanta filosofía de la sospecha, convocamos a un nuevo humanismo. No hay desarrollo en esta sociedad-red que valga más que un ser humano. Sigue teniendo razón Albert Camus: “En política son los medios los que deben justificar el fin”. Walter Ong  diseccionó las diferencias de dos mundos que separará el poder de esa tecnología de la memoria: la escritura (Desde la oralidad a la escritura, FCE, México, 1987). Y Erick Havelock nos ofrecía un argumento poderoso de la primacía intelectual de la cultura griega en la Antigüedad: la transformación del sonido en la palabra, a través del primer alfabeto vocálico, esa singularidad del mundo griego. De pronto, Sócrates nos devuelve otro rostro: ¿no es el último melancólico de la cultura oral que declina ante su presencia? La Escuela de Toronto (Harold Innis, Mcluhan, Walter Ong, Erick Havelock) es imprescindible para comprender la explosión lingüística y comunicativa que protagonizamos. Red de redes, Internet está en nuestras vidas ubicuas, hiperconectadas: nosotros somos los habitantes de esta red interminable, nuestro mundo (¿no lo fuimos siempre?). Steve Jobs, un mago de las presentaciones, sonríe en mi mente.

Una frase que es un deseo imposible: “Cambiaría, si pudiera, toda mi tecnología por una tarde con Sócrates”. Algo más. Presente y origen. Un diálogo misterioso de una cultura escrita, tecnología revolucionaria, a un mundo de redes. En medio, Gutenberg y su invención del sujeto. La llegada de la modernidad cartesiana, hija de la imprenta. Sociedad-red. Lo escribo de nuevo, nada está previsto en la magia de las palabras: Sillicon Valley nació en un lugar llamado Grecia. Y se agolpan transformaciones que son nuestra herencia. Sócrates y Steve Jobs, un encuentro imposible. Aquello que es nuestro pensamiento, nuestra acción, está entrelazado con una cultura lingüística que posibilita su propia conciencia: dialogar, aprendizaje, búsqueda, escritura, red. La filosofía nace como una nueva pedagogía, como la respuesta de una paideía revolucionaria frente a la herencia homérica. Esa es mi obsesión: entrelazar las tradiciones que una modernidad llena de fronteras ha separado. Sócrates, un maestro de vida. Y un oficio, puente de todos los demás: la pasión educativa, y el cambio más profundo de su larga historia. El más difícil, el más fascinante. Sociedad-red: mi mundo, tu mundo, el nuestro. Sócrates tuitea invisible en nuestros dedos. Estoy empezando a comprender a Steve Jobs: no hay tecnología que sea más importante que tu alma, tu vida. En medio de la oscuridad, presiento que no estoy solo. Lo sé, estáis ahí: esa red silenciosa de una cultura híbrida, conectada.