Hoy prosigo en una tarde con Albert Camus. Filósofo, novelista, dramaturgo y periodista, es dueño de una de las prosas más bellas y exactas del s.XX. He unido intencionadamente esos dos adjetivos. Al leer y releer a A. Camus, nos percatamos de una belleza exacta, una prosa donde forma y contenido se retroalimentan a través de una elección adecuada del ritmo, un fraseo hipnótico que singulariza su estilo. Esa aparente sencillez de su prosa, sólo es posible a través de una depuración y condensación narrativa. Esa prosa filosófica no cae casi nunca en una prosa de ideas, donde lo reflexivo anule la narratividad, o donde las ideas esquematicen a unos personajes que son altavoces sin densidad psicológica de una filosofía previa. He dicho casi, hay veces que su necesidad de expresar su pensamiento a través de los personajes, los simplifican como tipologías sin vida propia. Pero no, la mayoría de las veces sale airoso, hay una lección silenciosa en A. Camus: ese equilibrio entre narratividad y pensamiento me fascinó desde que empecé a leer a este maravilloso francés argelino. En mi adolescencia, la lectura de novelas como “El extranjero”, “La peste”, o “La caída”, me introdujeron en el universo camusiano. Luego llegaría su obra filosófica: “El mito de Sísifo”, “El hombre rebelde”, y su obra teatral y su obra periodística, tan necesaria para conocer su ética en acción. Un clásico que debería estar en las lecturas necesarias de todo alumno del s.XXI. Esta pequeña hermenéutica sintetizará su obra en el contexto histórico y filosófico donde vivió, es asimismo una confesión de afinidades y azar. No hay interpretación casual: escribir sobre autores y lecturas que moldearon mi vida y me siguen influyendo, no es un deber. Es algo más importante, una deuda.

El pensamiento de Albert Camus, lo podríamos resumir en dos fases que están entrelazadas. En la primera, su afirmación es que la realidad es absurda, ahí se relaciona con el diagnóstico nihilista de Nietzsche, con influencias de Schopenhauer y de Kierkegeard. Meursault, el protagonista de su obra maestra El extranjero, encarna este sentimiento desde ese sol argelino y su tragedia final. Sí, somos extranjeros de nuestras propias vidas. El ser humano busca sentido, y el mundo es un espacio vacío donde ese deseo es inútil. Nos inventamos metafísicas filosóficas y religiosas para controlar nuestro miedo. Da igual, sólo queda la desnudez de una vida ante el único problema importante: seguir o no seguir, el suicidio. Dice A. Camus: “El absurdo nace de esta confrontación entre la llamada humana y el silencio irrazonable del mundo” (El mito de Sísifo). Pero hay una evolución en su obra que debe recorrerse. Como una vez admitió: el absurdo es un punto de partida en él, no un punto de llegada como en Sartre. Aunque la teoría sea un callejón sin salida, la acción nos puede reconciliar con los otros. Hay una rebeldía posible contra todo aquello que nos quite la dignidad y la libertad, contra todo. Aquí está el luchador de la Resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial, ese pensador que no puede justificar el pesimismo pasivo de un Schopenhauer, y que estará enfrente de cualquier dogmatismo y totalitarismo político. Un detalle: qué afinidad con Hanna Arendt, testigos insobornables del s. XX. Ahora puede pasar desapercibida la valentía de A. Camus en esa época donde en una parte de la intelectualidad francesa dominaba un marxismo estalinista, y que tanto criticó y ridiculizó al autodidacta francés, con esa sospechosa procedencia argelina. A. Camus tenía el secreto de los grandes comienzos : “¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice que no” (El hombre rebelde). Qué necesarios aquellos que dicen no a tanta miseria moral.

Señalar influencias puede ser un laberinto, pero sintetizaré dos fuentes en el pensamiento de A. Camus. Una fuente intelectual donde continua una línea existencial de la filosofía de XIX: Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche. Cercano a él, toda esa atmósfera existencialista que lideraba Sartre, y donde él mismo no se veía reconocido. Hay una fuente biográfica que se puede resumir en su vitalismo mediterráneo, y en su fidelidad a unas raíces humildes que son el núcleo de su ética y estética. A. Camus es un pensador que nunca renunciará del placer de la vida, que ama la belleza allá donde esté, que se sentía diferente en ese París urbano y erudito. Sí, A. Camus no podía defender ningún totalitarismo, porque conoció la pobreza directamente. Quien vive necesidades, quien ve a una madre analfabeta y casi sorda trabajar cada día, es alguien que valorará la dignidad humana. Ese amor y ese respeto los extiende a cada uno de nosotros: me sigue emocionando este A. Camus. No hay muerte que pueda ser justificada por ninguna ideología en este mundo. No, aunque tantos se empeñen en ello.

Pocas relaciones tan analizadas y discutidas como la de Albert Camus y J. P. Sartre. Su famosa ruptura hay que entenderla en el contexto de la cultura francesa de postguerra, y en el contexto personal de dos temperamentos diferentes. Una amistad de camaradas se convertirá en un conflicto que dividirá el mundo intelectual francés. Seguiré “El siglo de Sartre” una extraordinaria biografía de Sartre y del mundo francés, escrita por Bernard-Henri Lévy. Allí analiza con detalle los pormenores de este desencuentro íntimo y filosófico. Sartre se equivocó. Hay celos personales de ese hombre al que las mujeres adoraban, hay sorpresa del éxito de ese pensador del que Sartre ironizaba por su escasa formación, hay una arrogancia de no comprender que hay sistemas políticos que, da igual la ideología, no se pueden defender. H. Arendt les pondrá nombre, totalitarios. Humano, demasiado humano nos diría Nietzsche. Pero seamos justos, después de su ruptura definitiva, Sartre admiraba en su intimidad a ese genial rebelde, y confiesa a Simone de Beauvoir: “Eso no me impedía pensar en él, notar su mirada por encima de mi hombro cuando leía un libro o un periódico, y entonces me decía: ¿Qué dirá él de esto? ¿Qué estará diciendo en este momento?” (El siglo de Sartre). Una confesión que es un perdón interminable.

El humanismo de A. Camus sigue vigente. Mi perspectiva es que define un humanismo cotidiano. Un humanismo de rebeldía, y que se concreta sin solemnidad. Añadí cotidiano, porque A. Camus lo enuncia con esa familiaridad que tiene un niño que ha crecido en la pobreza, y que se siente vinculado a una madre humilde que resume lo que siente cuando dice vida. Hay una dignidad en su defensa de las víctimas de la estupidez humana, que nos lleva a su origen en las calles de Argel. No piensa como un intelectual de la élite parisina, es más, allí se siente extraño, alguien que no encuentra su lugar. Siempre he pensado que la difícil sencillez de su escritura es un homenaje secreto a esa madre que nunca podrá leerle. Escribir es, muchas veces, dar las gracias a los que amamos. No hay una argumentación elaborada que empeñezca aquello que defiende. Su apuesta es estar con un ser humano concreto y reconocible, ese ser humano que todos somos y que nunca es un universal vacío. No puede serlo, el riesgo es no valorar esta vida absurda, pero llena de belleza a la vez. Cuántos textos esenciales nos ofrece para la matriz educativa, una referencia moral del s. XX que nunca nos defrauda. He leído demasiada filosofía abstracta, textos donde el pensamiento se repliega en sí mismo, por ello A.Camus es un antídoto al que vuelvo siempre. Hay una escritura que no pide perdón por ser comprensible, y que nos invita a perdernos en ella para siempre. En mi biblioteca filosófica íntima están Platón, Montaigne, Pascal, Schopenhauer, Nietzsche, Kierkegaard, E. Jünger, B. Russell, Ortega y Gassett, E. Canetti, Cioran, H. Arendt, Deleuze, G. Steiner, Octavio Paz, Eugenio Trías, o A. Camus. Algunos de ellos no tienen pasaporte de entrada en las facultades de filosofía, peor para ellas. Hay bibliotecas que nos retratan, y hay bibliotecas obligadas. Pero las pasiones no se negocian, no.

Termino con una anécdota que, casi veinte años después, me parece una metáfora. Al terminar las clases me reunía, al salir de la facultad de Filosofía de Oviedo, con unos compañeros que se declaraban marxistas, me gustaba aquella compañía porque conocía poco a Marx, sólo algún texto aislado, y lo que sabía era por fuentes indirectas. Era, además, una forma de vencer mi tendencia solitaria. Escuchaba su crítica radical, una crítica que no podía encontrarla en otros ámbitos: medios de comunicación, las clases universitarias, o en mi círculo personal y familiar. Poco a poco me fui sintiendo incómodo, hasta que un día les pregunté el porqué justificaban en sus argumentaciones filosóficas, la muerte de una persona. Repetí, persona. Me miraron asombrados: no había entendido nada, no hablaban de personas, eran burgueses y capitalistas. Me levanté y no volví: no me arrepiento. Deshumanizar es un proceso interminable, una tentación individual, social e histórica continua. En esta crisis desoladora, sigo sin escuchar la responsabilidad de aquellos neoliberales, que nos enseñaban que un mercado libre y desregularizado, nos llevaría a un ciclo económico de progreso interminable. Aquella apología de un capitalismo financiero que iba devorando cualquier moral posible, tiene nombre propio. La fiesta acabó, y todos se han ido. O peor: algunos nos indican cómo salir de la crisis. Paradojas de un tiempo mediocre. Sólo queda el rostro concreto de quien sufre la crisis. Esa es nuestra tarea: reconstruir esta democracia en sus fundamentos. En verdad, hay muchos tipos de deshumanización, demasiadas estrategias para destruir vidas. Seguiré levantándome de algunos sitios, no puedo evitarlo. El 4 de enero de 1960, A. Camus muere en una accidente de coche, el absurdo vuelve a aparecer. Estaba en su madurez, ya le habían dado el premio Nobel, pero se sentía extraño, estaba iniciando un cambio. Se le encontrará un texto inacabado, “El primer hombre”, allí vuelve a sus raíces. A veces, observando nuestra actualidad, pienso en A. Camus: nombraba al s. XX, el siglo del miedo, ¿cómo llamar al que estamos viviendo?…