VELAR POR LA HIGIENE

Moscas, arañitas y pececillos de plata

Lo confieso: muy limpio, no soy. Mi mujer me lo recuerda constantemente. No es que descuide la ropa interior o las manchas de la camisa o mi propio cuerpo, es que el polvo no me molesta demasiado y convivo bastante bien con pequeñas moscas, arañitas y pececillos de plata. Con reservas, a éstos los reprimo para que no se me coman los libros y de las moscas grandes, peludas y mosquitos de patas largas huyo literalmente despavorido.

Y reconozco que una de las misiones del maestro es velar por la higiene. Etimológicamente, significa ‘salud’ y la humanidad no ha despegado hasta que no la ha tenido suficientemente en cuenta. Nos va la vida. No hay más que leer el magnífico ensayo de Georges Vigarello Lo limpio y lo sucio (Alianza Editorial, 1991) para ver cuánto nos ha costado reconocer a nuestros peores enemigos en el mundo.

Siempre supimos defendernos de los seres más grandes y aparentemente más amenazantes, pero no se podía luchar contra lo que no se veía.

Hasta el siglo XIX, no se entendió plenamente que el olor era una presencia amenazadora. Servía a los perros para perseguir presas con gran aprovechamiento para el deporte cinegético de los aristócratas, pero nadie intuía que el aristócrata mismo pudiera ser presa –a su vez– de una horda disimulada y paciente que podía acercarse entre olores dudosos. Nadie veía en los brotes de peste o de cólera una auténtica montería inversa.

Incluso Darwin desconocía hasta qué niveles microscópicos y omnímodos se extendía el gran juego de la selección natural. Sí, señor, si la vida es un cosmos, la historia es una cosmogonía.

Desde los inicios, el ser humano se ha encontrado pariente y hasta feudatario de los grandes seres, el león, el búfalo, el jaguar, el elefante, el rey mono… En algún momento, entendió que podía aspirar al gran trono de la creación dominando y encarcelando a los grandes mamíferos, persiguiéndolos y eliminándolos. Lo demás eran bichos. Pero cuál no fue la admiración de los investigadores del siglo XVII cuando vieron con los primeros y rudimentarios microscopios que un simple piojo podía ser una maravilla de arquitectura viva con sus partes tan bien formadas que movían a admiración (Laura J. Snyder, El ojo del observador, Acantilado, 2018).

Y aún la del pañero holandés Leeuwenhoek, el aficionado mejor microscopista, que por la misma época descubrió los primeros infusorios y bacterias. Fue un descubrimiento tan extraordinario que se tardó dos siglos en asumirlo del todo. A mediados del XIX Ignaz P. Simmelweiss entendió la causa de la muerte puerperal, de tantísimas mujeres que eran atendidas en el parto, sin ninguna pausa, por médicos que acababan de tratar a enfermos de infecciones (miasmas)… sin haberse lavado las manos. Algo se traían en ellas. Pero se necesitó una demostración irrefutable que no llegó hasta los experimentos de Pasteur de 1861.

No se trataba sólo de controversias eruditas como la generación espontánea que quedó definitivamente desacreditada, sino de una revelación definitiva: la inmensa mayoría de los seres humanos había muerto siempre y moría víctima de una lucha invisible y casi cósmica entre los reyes del mundo macroscópico y las ordas (orcas?) de un mundo casi desconocido por lo pequeño que era.

¿Quién podía intuir que el conjunto de esos seres microscópicos tuviera en el mundo un peso enormemente superior al de todos los seres humanos juntos?

LUCHA CONSCIENTE

Y comenzó la lucha consciente. Siempre se había supuesto que el agua era un buen aliado. Ahora sabemos que está compuesta de partículas más pequeñas, más numerosas y mejor trabadas que todos esos enemigos invisibles. Apenas se le escapa nada. Los habitantes del desierto utilizan arena fina, que es lo más parecido al agua en el mundo sólido y también se lleva muchas cosas por delante. Como el agua, puede sumergir casas con sus olas, pero se toma mucho más tiempo. Como el agua está formada por partículas muy finas (Leeuwenhoek las tomaba como unidades de comparación para medir los animálculos microscópicos), aunque no estén trabadas por ninguna fuerza electromagnética. Muy pronto también, se descubrieron los jabones (tal vez en Babilonia, 2.800 años a.n.e.), sales hechas de grasa y álcali que pueden aliarse con el agua y disolver lo que ésta no podría, como la grasa o las colonias de seres infecciosos que, como orcos de la Tierra Media, se agrupan en legiones casi indisolubles. El jabón puede desactivarlas. Pero cuando esas legiones se te metían dentro, la guerra era casa por casa, célula por célula. La humanidad parecía inerme, especialmente después de la espantosa gripe de 1918 que si no aterrorizó más fue porque la humanidad venía de aterrorizarse a sí misma.

AVENTURA DE DIOSES Y HÉROES

Sí, señor, si la vida es un cosmos, la historia es una cosmogonía.

A estas alturas, si yo fuera niño, estaría aterrado. Pero no hay por qué temer… de momento. Esos pequeños orcos son, eso, pequeños. Cualquier ataque que protagonicen, aunque no se vea, es muy lento y el mundo humano está muy preparado. Lo comprobé cuando de joven intenté ver microbios en el agua del grifo y sólo pude ver raras estructuras vagamente verdosas, probablemente los pocos cadáveres inocuos que no se habían disuelto en los procesos de desinfección del agua pública. Son seres muy débiles y les cuesta muchísimo tiempo juntarse en cantidades suficientemente grandes para hacerse peligrosos.

En la Edad Media lo conseguían, pero hoy… sólo en poquísimas partes del mundo. Además, antes de la Gran Guerra que vino después de la Primera Gran Guerra, un sabio descubrió la «espada mágica universal» para matar seres microscópicos: el antibiótico, ese hongo que se podía introducir en el cuerpo, se reproducía tanto o más rápido que nuestros enemigos y lo eliminaba también «casa por casa».

En fin…

Hay una diferencia entre que yo les imponga a mis alumnos unas normas de higiene, simplemente, o que –además– les explique una historia fantástica y real de la que son protagonistas. La higiene pasa de ser, entonces, de una simple disciplina a una auténtica aventura de dioses y héroes.

Y cuidado con pasarse, porque hay que enseñarles que hay también muchísimos «orcos» buenos en esta historia que merecen vivir; y que, sin ellos, nuestra vida sería peor. Por eso, no me arrepiento de no ser excesivamente limpio y de saber convivir con todo lo que no me ataca y hasta un poco con ello. Los budistas barren el suelo para no pisar insectos. Yo intento respetar a los insectos que no se meten conmigo (o no me dan pavor).