¿EL SECRETO DE LA FELICIDAD?

Una estructura cerebral relacionada

con la felicidad

Recientemente se ha llevado a cabo una investigación en La Universidad de Kyoto (Departamento de Psiquiatría del Desarrollo Neurológico) en la que se pone de manifiesto la localización de una estructura cerebral relacionada con la felicidad.

En dicho estudio se concluye que en las personas felices se observa más materia gris en esta zona del cerebro denominada precuneus, o precúneo. Se sabe que esta área está involucrada en la memoria episódica, el procesamiento visoespacial, aspectos sobre la conciencia y el procesamiento autorreferencial (pensamiento que integra la información de la experiencia interna, la memoria del pasado, y los planes futuros).

Estas investigaciones revelan que mediante el fortalecimiento de esta región cerebral, podríamos aumentar nuestra felicidad, pero ¿cómo podemos hacer eso? Lo primero que debemos hacer es tratar de comprender lo que realmente significa este concepto, para así poder potenciarlo.

La felicidad es un ‘constructo subjetivo’, ya que es el resultado de integrar un componente cognitivo y otro emocional, por lo que vamos a tratar de descifrar sus componentes, para así poder entenderla y promoverla en nuestras vidas.

Infinitas son las veces que escritores, filósofos, psicólogos o sociólogos han tratado de definir qué es la felicidad. Cada autor tiene su enunciado y sus afirmaciones al respecto, y la mayoría coinciden en definirla, grosso modo, como una emoción que nos hace sentir bien. Pero, ¿vale cualquier cosa que nos haga sentir bien?

Gracias a las redes sociales, hoy en día es muy fácil ver cómo prácticamente todo el mundo lleva una vida envidiable, completa y repleta de sueños cumplidos.

Como espectadores, percibimos esa felicidad como real, pero ¿cuánto de verdadera felicidad hay en mostrarnos aparentemente perfectos para que los demás nos envidien o detesten? Uno de los componentes fundamentales del término felicidad es que debe proporcionarnos motivación intrínseca, es decir, la realización de acciones debe desarrollarse por la mera satisfacción de hacerlas, sin necesidad de ningún incentivo externo.

Esta tan de moda «felicidad contaminada» que suele aparecer en las redes sociales, solo nos aporta motivación extrínseca, ya que esa sensación de bienestar solo tiene sentido porque se obtiene un feedback del exterior, un «me gusta», un «nuevo seguidor» o «un comentario adulador» que ejercen como reforzadores positivos y que hacen que la conducta se mantenga, incluso que se incremente.

¿PRESOS Y ENCORSETADOS?

Vivimos en una sociedad huracanada que nos absorbe y nos arrastra por un torbellino de prisas y rutina que no nos permite salirnos del horario o de lo planeado. Culpamos al sistema de mantenernos presos y encorsetados, sin dejarnos tiempo para disfrutar y ser felices; pero, en realidad, somos nosotros los que nos ponemos barreras con nuestras quejas constantes.

El ser humano es inconformista por naturaleza y, aunque en ocasiones esto puede ser beneficioso, aplicado al tema tratado puede llevarnos a un estado de lamento permanente que provoca una infelicidad forzada.

¿Cuántas veces hemos oído quejarse a un amigo por no tener empleo, y cuando lo consigue, se lamenta por no tener tiempo libre para nada?

Existe un estudio realizado en 2010 a raíz de un proyecto llamado Complaint Restrain Febraury, en el que dos amigos Thierry Blancpain y Pieter Pelgrims, decidieron proponerse la meta de estar un mes entero sin quejarse por cosas poco significativas.

«La queja es un pensamiento negativo»

Los resultados de dicho estudio demuestran que, no solo su felicidad aumentó, sino que sus protagonistas se volvieron mucho más conscientes de lo nocivo que puede ser rodearse de personas que utilizan la queja como hábito, volviéndose tóxicas y dañinas para su bienestar; pues al fin y al cabo, la queja es un pensamiento negativo que inevitablemente al repetirse, atrae a más pensamientos negativos.

Evitar este tipo de pensamientos perjudiciales y reiterativos en nuestro entorno, favorecerá a nuestra felicidad.

UNA ACTITUD

Pertenecemos a la generación del hiperpositivismo, vivimos rodeados de eslóganes y publicidad que nos bombardean con mensajes positivos y alentadores; prácticamente, nos obligan a ser felices constantemente, sin pausa y sin control.

La mente humana está diseñada de tal manera que es capaz de procesar y expresar un sinfín de emociones diferentes, como reacciones acordes a la situación experiencial vivida. Por lo tanto, ¿sería posible mostrarnos alegres como estado permanente? Otro factor fundamental de la felicidad recae en su temporalidad, la verdadera felicidad no debe sustentarse en mensajes temporales y caducos, sujetos a actos impulsivos.

La felicidad es una actitud, una manera de entender la vida y de afrontarla tanto en situaciones tristes o irritantes. No debemos confundir alegría con felicidad, pues podemos seguir siendo individuos felices a pesar de atravesar una mala etapa.

La internalización de la felicidad, considerándola como una actitud vital más que como un objetivo, está muy relacionada con la manera que tenemos las personas de gestionar las diferentes situaciones a las que nos vamos enfrentando a lo largo del camino.

Parece que solo cuando nos vemos al borde del abismo es cuando somos capaces de despertar y darnos cuenta de que las manecillas del reloj siguen corriendo. Son muchos los estandartes de marketing que nos rodean y nos recuerdan insistentemente que estamos aquí de paso: You only live once, Ahora o nunca, El tren pasa una vez, Vive como si fueras a morir mañana, Carpe Diem. Aparentemente, el mensaje queda claro, tenemos un tiempo limitado para vivir nuestra vida pero, ¿realmente somos conscientes de que nuestro tiempo es tan finito como impredecible?

Se han realizado diversos estudios cuya población objeto eran personas en la fase final de sus vidas, y en ellos las conclusiones son coincidentes en la gran mayoría de los casos:

1

Las personas en fase final de sus vidas se arrepienten de no haber dicho más «te quiero» a sus seres queridos.

2

Las personas en fase final de sus vidas se arrepienten de no haber disfrutado más y de no haber realizado más planes que les fueran agradables.

Teniendo estos datos presentes, se consolida otro componente fundamental de la felicidad, la importancia del momento presente, del «aquí y ahora». Todos nos sabemos la teoría, sabemos que «solo se vive una vez» y que debemos «aprovechar el momento», pero no lo ponemos en práctica.

Todos podemos sacarle cinco minutos al día, sin excusas, para dedicarlo a lo que más nos gusta o para pasarlo con los que más queremos. Debemos tomar consciencia, que no haga falta padecer una grave enfermedad, tener un accidente o perder a un ser querido para despertar y exprimir cada instante con total intensidad.

Por eso, de que «el tiempo es vida», debemos cuidar con mucho esmero aquello en lo que decidimos invertir nuestro tiempo, nuestra vida. Según un reciente estudio realizado por Andrew Oswald en la Universidad de Warwick (Reino Unido), la felicidad, a lo largo de la vida de una persona, parece que muestra una evolución en forma de “U”, de lo que se concluye que la felicidad suele ser mayor en la juventud y en las puertas de la tercera edad que durante el tramo central de nuestra vida (los cuarenta y cincuenta), justo aquel de más protagonismo económico y social.

La presión sociocultural y las ambiciones laborales, por ejemplo, son la cotidianeidad de este periodo donde parece que prima lo material, las expectativas impuestas o el estatus alcanzado.

Resulta curioso y revelador descubrir que sean precisamente los rangos de edad en los que somos más emocionales que racionales, en los que somos más felices; parece que dedicar tiempo a cultivar y entender nuestro mundo emocional puede que, al final, resulte una buena inversión personal.

La sociedad occidental a la que pertenecemos, nos enseña desde pequeños que existe una correspondencia causal entre la felicidad y la posesión, «cuanto más tenemos, más completos estamos», generando una dependencia inmediata entre nuestro bienestar personal y el apego o la propiedad de bienes materiales.

Pero en el lado opuesto del mapa, desde las culturas más orientales se defiende la postura de que el apego es un estado mental que distorsiona el objeto (de apego) exagerando sus cualidades, lo que nos hace vulnerables a su pérdida generando miedo e inseguridad; el desapego desde el budismo implica confiar en tus propias potencialidades para encontrar el camino a la felicidad en ti mismo.

Teniendo esto en cuenta, cabe destacar que puede que una de las claves de la felicidad sólo sea cuestión de cambiar de verbo, ya que no es lo que tengo, es lo que soy.

Quizá nos estemos complicando las cosas, y busquemos la felicidad en grandes hazañas o grandes logros, olvidando por completo su esencia. Tenemos la creencia de que cuanto mayor es el riesgo o el sacrificio, mayor será la satisfacción que nos aporte; y no tenemos en cuenta que muchas veces la felicidad se encuentra en momentos cotidianos y en metas menos ambiciosas.

Leer un buen libro en una tarde de sol, jugar con tu hijo a tu viejo scalextric o preparar ese plato que tanto te gusta oyendo tu música favorita, son situaciones que pueden contribuir de una manera muy sencilla a nuestro bienestar.

Precisamente, porque esas metas son mucho más asequibles parecen menos reforzantes, pero llenar nuestra vida de esos pequeños momentos es lo que hace que el resultado final sea el de una vida mucho más plena y feliz.

No existen fórmulas mágicas ni claves infalibles para lograr la felicidad, las diferencias individuales hacen que cada persona se sienta feliz con circunstancias y escenarios completamente dispares los unos a los otros pero sí existe un punto común: la felicidad es una actitud, una forma de ver la vida, la felicidad es el camino y no la meta.

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Licenciada en Psicología por la Universidad de La Laguna (ULL), especialización en Máster en Psicología Práctica Clínica, certificado por la Asociación Española de Psicología Clínica Cognitivo Conductual (AEPCCC) y especialización en  Máster en Psicología Forense  avalado por el Instituto Superior  de Estudios Psicológicos (ISEP). Homologación Psicología Sanitaria y Máster en Mediación civil y mercantil, experto en mediación familiar. Trayectoria profesional en el ámbito de la psicología clínica y social, desarrollando el trabajo tanto en instituciones públicas como privadas, incluyendo Hospitales en Salud Mental, Servicios Sociales, gabinetes especializados y empresas sanitarias privadas. El desarrollo profesional en el ámbito forense como perito psicóloga abarca el sector privado y además colaboraciones con los juzgados y la Administración de Justicia. Realización de cursos y talleres como docente, además de publicación de artículos y comunicaciones orales y escritas en congresos.