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La Guerra de las Escuelas: El Despertar del Esfuerzo

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Nos despertamos y seguía ahí, como el dinosaurio del microrrelato de Augusto Monterroso. El “yes you can” neoliberal del esfuerzo individual como motor para el mérito y el ascenso social sobrevuela otra vez el nido de las injusticias. El despertar del esfuerzo.

Retumba de nuevo a la par de un discurso solapado y monocorde sobre la exigencia, la autodisciplina y el nivel académico con el que parece no querer mezclarse –no vaya a ser que los confundan–. Pero, en el fondo, uno es consecuencia del otro.

el despertar del esfuerzo

El Despertar del Esfuerzo

La educación, al menos si quiere seguir moviéndose en términos de búsqueda de la equidad en una democracia sólida, tiene que alejarse de toda batalla galáctica que emane de la llamada cultura del esfuerzo, como por ejemplo aquella que se nutre de culpabilizar al individuo de su fracaso escolar.

Eso no quiere decir que la responsabilidad y el hábito de estudio no sean virtudes importantes en los estudiantes; ya que a través de estas sus posibilidades de mejora académica van, con más probabilidad, a incrementarse. No lo vamos a negar. Sin embargo, algo subyace en esta idea.

Cuando despierta, para volver a planear sobre nuestra sociedad, el latido de la cultura del esfuerzo, es porque se parte en él de una visión monocromática y uniforme de la persona:

Toda persona se tiene que esforzar por igual.

¿Mérito y Esfuerzo?

Hablar de mérito y esfuerzo en comunidades escolares o universitarias siempre caracterizadas por la heterogeneidad y la diversidad supone una tendenciosa generalización que perjudica a aquellos que arrancan de una posición desigual, construida a través de marcas, estereotipos e imágenes social o culturalmente heredadas que los hace partir siempre, en la vida, de una situación de desventaja.

Así, si decimos libremente que solo hay que premiar el esfuerzo, sin ningún tipo de matiz, de fondo estamos haciendo una selección basada en categorizaciones que nos lleva a privilegiar determinados roles sociales o económicos nutridos de privilegios: Los de aquellos que arrancan desde una situación de primacía a la hora de alcanzar un reconocimiento que se da la mayoría de veces en forma de título o credencial.

El mensaje basado en la cultura del esfuerzo es un golpe a los colectivos que, por cualquier cuestión de partida, han sufrido históricamente una situación de discriminación, marginación o exclusión.

Esa construcción cultural que los ha colocado desde su nacimiento en una posición injusta y desigual los conduce a una crónica fatídica sobre el fracaso de su tan traído esfuerzo individual, que no es sino la cíclica historia de una derrota perenne.

Una sociedad que promueva el clasismo y el mantenimiento de privilegios defenderá la excelencia y el mérito, y seguirá –de paso– culpabilizando a la víctima de su fracaso personal, que no es más que la perpetuación de una forma de desbaratamiento colectivo.

Y la educación, desde su perspectiva crítica y como pilar de los valores democráticos que claman por los derechos no reconocidos, lejos de validar ese discurso, tiene que luchar contra él.

  • Pudiera generar una mezcla de frustración e incredulidad, así, a una familia de origen migrante, escuchar que su hijo o hija fracasa porque no estudia lo suficiente, cuando las estadísticas de fracaso y abandono escolar en este colectivo son muy preocupantes.
  • Puede resultar estremecedor, también, para las personas con discapacidad y sus familias que se pueda entender entre líneas de determinado discurso que la circunstancia de que no alcancen en un alto porcentaje estudios superiores está debido a ese problema individual, que además alimenta el más crudo capacitismo.
  • Resulta, también, chocante que pudiera entreverse que ese esfuerzo (o la falta del mismo) determina que siga habiendo más mujeres que hombres en el paro, incluso en el rango de personas con estudios universitarios.

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Marginación desde el Origen

A lo mejor es que hay que decirle a las mujeres que tienen que esforzarse más para seguir siempre chocando contra un muro, discurso que caza además con los intereses del mantenimiento de privilegios del patriarcado.

Porque sí, hay personas que sufren marginación desde su origen, y no solamente ocurre con las personas que nacen en un entorno de pobreza, cuyo riesgo de exclusión es tremendamente acuciante.

Esa lacra persigue a muchos más colectivos y no se cura con tesón individual, sino con lucha social para la conquista de derechos y con la planificación de políticas compensatorias en forma de:

  • Más becas.
  • De mejores programas educativos.
  • De un sistema educativo inclusivo.
  • O, simplemente, del reconocimiento y la visibilización de las identidades oprimidas, protagonistas de esta tragedia.

Toda acción social, educativa o cultural que atenúe, a través de la escuela y la universidad, las brechas de origen en estas personas y conduzca a una forma de merecimiento sustentada en la justicia social, permitirá asentar nuestra sociedad no sobre la guerra por lo que siempre se las culpó, sino sobre la victoria por lo que nunca alcanzaron: una vida plena de oportunidades.

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