La cultura de la evaluación escolar

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La evaluación escolar en la escuela está muy arraigada. Es una cultura de la calificación para la toma de decisiones, pero ¿está consolidada la cultura de la evaluación? ¿Se entiende bien lo que esto supone?

Lo primero que hay que tener en cuenta es que la evaluación debe ser siempre formativa y reguladora, y en muchas ocasiones, esto no es así. Los docentes, ante determinadas inercias y con motivaciones de diferente tipo, entienden la evaluación exclusivamente como la recogida de información cuyos resultados son plasmados en una calificación.

Tal vez una de las fisuras del sistema se encuentre en la idea de que finalmente la calificación numérica, la ordenación de alumnado en un rango numérico normalmente de 1 a 10 en las distintas áreas o materias, sea el peso de las decisiones académicas que se tomen y que determinan el futuro de los estudiantes.

Hablar de equidad y justicia redistributiva en la educación choca habitualmente con el tipo de juicios -más o menos técnicos- que los docentes lanzamos sobre el alumnado, juicios que siempre debieran atender a ese carácter formativo e integrador que debe tener la evaluación en las enseñanzas básicas, pero que no siempre ocurre así: nos guste o no reconocerlo, la mayoría de nuestros juicios frustran a nuestro alumnado.

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Evaluación continua

La evaluación, además, debe siempre llevar aparejada una serie de fórmulas que permitan la retroalimentación permanente estudiante-docente. Esa interacción se plasma en un continuo (la llamada “evaluación continua), por lo que cualquier acción educativa que hagamos con el alumnado debe poder ser objeto de evaluación, ya que debe permitir la autorregulación de los aprendizajes que intentamos que este adquiera.

No es necesario afanarnos por medir, clasificar u ordenar numéricamente todo lo que evaluamos, porque ese no es el fin de la evaluación. Las valoraciones que sí debemos hacer a partir de los criterios de evaluación de nuestros currículos no tienen que ser siempre plasmadas en una calificación final, ya que lo importante es ese diálogo permanente docente-estudiante que es el que favorece tanto el progreso como la detección a tiempo de las dificultades.

Como la burocracia escolar nos sigue pidiendo una calificación numérica para cada estudiante que englobe de la manera más objetiva posible una serie de resultados de aprendizaje, aprovecharemos los propios criterios de evaluación para entresacar de ahí los aprendizajes imprescindibles.

Es ahí cuando entramos en otro terreno distinto, aunque consecuencia del primero: si hemos evaluado de acuerdo con los principios presentados (una evaluación, recordemos, continua, formativa e integradora), el resultado de la calificación final se ajustará más a la búsqueda del deseado equilibrio.

Orfebres de la educación

Es entonces cuando el docente se convierte en un verdadero orfebre de la educación, en el especialista que no solo domina contenidos de su materia, sino que es capaz, dentro de su libertad de cátedra, de identificar según las características de cada uno de sus alumnos o alumnas qué aprendizajes imprescindibles son capaces de alcanzar, siempre partiendo de sus inquietudes, contextos y potencialidades (recordemos que el centro es el estudiante, no el currículo).

Así, lo que enriquecerá la evaluación no es que el alumnado interiorice esos aprendizajes imprescindibles que vienen marcados por las leyes educativas y concretados en las programaciones, una vez los hemos desplegado a través de una serie de técnicas o instrumentos que no son el fin sino el medio para alcanzar nuestros objetivos. Lo que hará que la evaluación sea verdadera es que el estudiante, fruto de ese diálogo que se forja en la escuela, sea capaz de usar esos aprendizajes para seguir creciendo en el ser, en el sentir y en el vivir.

Es ahí donde cobran sentido las técnicas participativas de autoevaluación, heteroevaluación y coevaluación: cuanto más variadas sean estas, más enriquecedor será ese feedback que hace que un estudiante pueda aprender de la forma más autónoma posible y, por lo tanto, transferir esos aprendizajes a contextos fuera de la institución escolar: si la evaluación no nos permite asegurar de que el alumnado interioriza el aprendizaje, es que algo estamos haciendo mal.

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Herramientas de evaluación escolar

Las herramientas de evaluación que se usen, por lo tanto, deben ir en ese camino. Los instrumentos que siempre usamos para medir lo que supuestamente aprenden nuestros estudiantes dejarán paso a una evaluación cualitativa, constructiva y siempre enriquecedora. Eso lo podemos lograr a través de herramientas como los diarios de clase o los registros anecdóticos, que nos va a permitir percatarnos de los cambios que deseamos en los chicos y chicas se van produciendo poco a poco.

La cultura de la evaluación, por lo tanto, bien entendida, lo es todo.

Y no lo es solo por el hecho de que nos permitirá conocer lo que nuestro alumnado va aprendiendo, sino porque nos permitirá hacer una planificación variada de lo que los procesos de enseñanza y aprendizaje implican, como herramienta esencial para mejorar la calidad de la educación.

Es, en definitiva, la llave que le da sentido a lo que hacemos, un medio necesario para la educación inclusiva y una fórmula para entender que el logro o el desempeño son posibles en todo estudiante, independientemente de su condición o sus circunstancias.

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