Prosigo esta serie interdisciplinar, hoy dialogaré en una tarde con Francisco Mora. Catedrático de Fisiología Humana por la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, doctor en Medicina por la Universidad de Granada, y doctor en Neurociencias por la Universidad de Oxford, asimismo desarrolla su trabajo actual entre la Universidad de Iowa y España. Autor de una obra prolífica, algunos de ellos son: “Neurocultura”, Alianza Editorial, 2007, “Cómo funciona el cerebro”, Alianza Editorial, 2009, “El bosque de los pensamientos”, Alianza Editorial, 2009, “El dios de cada uno: por qué la neurociencia niega la existencia de un dios universal”, Alianza Editorial, 2011; o su último libro, “Neuroeducación. Sólo se puede aprender  aquello que se ama.”, Alianza Editorial, 2013. Un referente en español del apasionante cruce entre la matriz educativa y las neurociencias. Además de un autor consciente de las implicaciones filosóficas que conlleva el desarrollo científico: algo no tan frecuente como parece, leyendo otros autores con una perspectiva más limitada. De ahí que siempre estoy atento a su obra, escrita con una prosa clara y fluida, que no rechaza ningún lector, y que no pierde nunca rigor en su despliegue, alternando explicación y ejemplificación con gran equilibrio. Esa difícil sencillez que singulariza al gran divulgador que es capaz de salir del purismo academicista. La multiplicación y complejidad de los saberes en nuestra época-red, hará cada vez más necesarios esos puentes del conocimiento que son los grandes divulgadores. En este caso, un autor con voz propia y práctica investigadora. La multiplicación exponencial del conocimiento, conforma un nuevo contexto al qué significa dialogar en la sociedad-red. Ese contexto está interrelacionado con las nuevas tecnologías, pero va más allá de las mismas. Aún recuerdo el descubrimiento de Richard Feynman, Stephen Jay Gould u Oliver Sacks, como lecturas que empequeñecieron muchas noches: ¿qué biblioteca íntima no es una ladrona nocturna siempre? En la mía, siempre están esos autores que me abrieron estas puertas fascinantes, puertas que están más allá de la división entre ciencias y humanidades. Sintetizaré esta pequeña hermenéutica en cinco ejes temáticos.

La necesidad de la neuroeducación como una nueva transdisciplina sobre la matriz educativa. Aquí al enunciar transdisciplina, seguimos la idea de Kouzumi (Trans-disciplinarity, Neuroendocrinology Letters, 2001) de la emergencia de un nuevo campo, a través de la interacción de campos consolidados. Citando a Francisco Mora: “Neuroeducación es tomar ventaja de los conocimientos sobre cómo funciona el cerebro integrados con la psicología, la sociología y la medicina en un intento de mejorar y potenciar tanto los procesos de aprendizaje y memoria de los estudiantes como enseñar mejor en los profesores” ,(“Neuroeducación”, 2013). La utilidad de esta nueva disciplina es evidente: proporcionar herramientas desde el punto de vista del alumno y del docente, para lograr un aprendizaje más eficiente y basado en evidencia, en esa necesaria comunicación bidireccional entre ambos campos (neurociencias y práctica docente) desde ese espacio común que es la neuroeducación. Recuerdo un interesante artículo, (“Neurociencia y Educación” 2012), donde José Antonio Marina concretaba cuatro objetivos, desde la pedagogía y la práctica docente, como hoja de ruta a la investigación neurocientífica: ayudar a los profesores a entender el proceso educativo; ayudarles a resolver trastornos del aprendizaje de origen neurológico; ayudarles a mejorar los procesos de aprendizaje y a incrementar las posibilidades de la inteligencia humana, sugiriendo nuevos métodos y validando los elaborados por la pedagogía; ayudar a establecer sistemas eficientes de interacción entre cerebro humano y tecnología. Sin duda, es un horizonte de colaboración fructífero, pero para ello, como apunta Francisco Mora, será necesaria la figura del neuroeducador: un nuevo campo de profesionales que integren y sean capaces de protagonizar esta nueva disciplina. Nuestros sistemas educativos están esperando una transformación curricular, metodológica, institucional y de capital humano. Apunto una idea que será necesaria en el avance de la neurodidáctica: la necesidad de una estructura flexible de investigación y acción educativa, en todos los niveles de enseñanza-aprendizaje, que vaya aplicando y probando todas esas herramientas en su concreción pedagógica. Como se ha señalado, hay límites éticos y culturales que necesitarán debatirse, pero hay un campo de investigación apasionante en estudiar en directo aquello que sucede en los cerebros de los alumnos y de los docentes en su interacción real en el contexto de aula y centro. La acción controlada de un experimento en una laboratorio, es muy diferente de las situaciones complejas donde se desenvuelve la tarea de enseñanza-aprendizaje. La lentitud de los sistemas educativos es inversamente proporcional al avance exponencial del conocimiento en nuestro mundo-red. Esta idea necesita de una política educativa y científica que vea el medio y largo plazo, y que apoye lo que se empieza a vislumbrar como una nueva ciencia del aprendizaje.

La neuroeducación explica y ayuda a comprender la importancia de nuestra complejidad cognitiva/emocional, esa complejidad interrelacionada con los procesos de aprendizaje. Una comprensión que nos da herramientas para su mejora. Explico dos ejemplos brevemente. El conocimiento actual de las neurociencias tiene asentada esta necesidad. Francisco Mora: “La emoción es la energía que mueve el mundo”; “En otras palabras, los abstractos o ideas, con las que trabajan las cortezas de asociación para crear el pensamiento ya están impregnadas de emoción”. Es nuestro cerebro emocional, nuestro sistema límbico, ese gran olvidado del currículo y práctica de los actuales sistemas educativos, con excepciones. Un detalle: Antonio Damasio criticaba que se localizase el procesamiento de las emociones y los sentimientos (conceptos y realidades que no son lo mismo) solamente en ese sistema, defendiendo la idea de su imbricación en varias áreas (corteza prefrontal, corteza somatosensorial y otras…). Hace años que en INED21 hicimos la propuesta de la introducción de la competencia emocional (Howard Gardner, Salovey y Mayer, Daniel Goleman), como una competencia central en una educación actualizada científicamente. Hay excepciones autónomicas, pero sin una visión de conjunto de la importancia de lo que estamos señalando. En palabras cercanas de Francisco Mora: “(…) nada se puede llegar a conocer más que aquello que se ama, aquello que nos dice algo”. Vayamos al fenómeno de la atención. Las neurociencias nos están descubriendo que hay “atenciones diferentes”, ¿cuáles son? “Hay una atención base, aquella que cuando estamos despiertos, conscientes, nos permite estar alerta o vigilantes, pero sin foco preciso; otra de foco fijo, absorbente; otra orientativa, también otra que es ejecutiva, y por último se habla de una atención inconsciente virtual, global”. Comprender esta puerta cognitiva/emocional, visibiliza una relación evidente con las prácticas educativas: saber los “tiempos cerebrales”, nos “puede ayudar a ajustar los tiempos de atención reales durante el aprendizaje en clase de una manera más eficiente.” Un ejemplo: no es lo mismo la atención de un alumno de Primaria que una alumno universitario. Pero cuidado: no hay atención sin una curiosidad que se ponga en marcha. Una lección educativa: no se trataría tanto de exigir atención, como de provocarla con esa evolutiva curiosidad. Francisco Mora: “(…) la curiosidad, (…), es el mecanismo cerebral capaz de detectar lo diferente en la monotonía diaria del entorno”. Podría seguir con el fenómeno de las memorias o las inteligencias. Un subrayado que me parece indicativo: “La neurobiología actual revela que cada área de la corteza cerebral, cada circuito neuronal, lleva intrínseca a sus redes la memoria.” Ya sabíamos de la existencia de las memorias explícitas (corto plazo, largo plazo…), como de las memorias inconscientes, pero lo que sugiere el estado actual de la investigación es algo que, inevitablemente, me parece una muestra de complejidad cerebral y de precaución cognitiva: cada área cerebral se modula su memoria específica (“Del mismo modo guardamos la memoria perceptiva visual de nuestro cuerpo en las áreas visuales”). Relaciono todo ello con David Eagleman, en una obra imprescindible: “Incógnito. Las vidas secretas del cerebro”, cuando analiza esa brecha entre, “lo que su cerebro sabe y lo que es accesible a la mente”. O su metáfora profunda: “El cerebro es un equipo de rivales”. Dejo para otra ocasión, el diálogo con este autor sugerente.

La neuroeducación como marco de reflexión y acción sobre qué es el aprendizaje y los síntomas, trastornos y enfermedades que conlleva su dinámica. Problemas como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDHA), la dislexia, discalculia, autismo y otros, tienen otro enfoque y posibilidades desde el trabajo de las neurociencias. Gracias a la técnicas de neuroimagen cerebrales, podemos llegar a análisis como el que nos relata Francisco Mora: “Por ejemplo, la medida de un potencial evocado, el llamado componente P3, que se puede obtener durante la ejecución de ciertas pruebas, refleja tanto el proceso atencional como el control o la capacidad de inhibición frente a la conducta impulsiva, así como la mejora en la lectura y la matemática”. Hay toda un serie de programas y entrenamientos específicos que tienen una efectividad que todo sistema educativo debería tener en cuenta. Recuerdo una afirmación famosa de David Rose y Ann Meyer (The future is in the margins, 2000): “El futuro está en los márgenes”. Resumido: el impacto de las nuevas tecnologías como estrategia para los alumnos de necesidades especiales. La verdad está más allá: como paso para que lleguen a todo alumno. Ya es hora de que los márgenes se diseminen por todo el espacio educativo. Dicho de otro modo: todo alumno merece su centralidad, su singularidad como protagonista de su aprendizaje. Pocas palabras tan respetuosas y bellas con nuestra condición humana, como diversidad. Leyendo neurociencias, se justifica una intuición que siendo joven ya me obsesionaba: todo aprendizaje es plural, lo sepamos o no. Y no sólo en la perspectiva de Vigotsky, de ahí que las neurociencias abren nuevas posibilidades insospechadas. Recordando al inspirador Ken Robinson: no podemos dejar que nuestras escuelas, institutos y universidades, se cronifiquen como valles de la muerte. Ni nuestras vidas, tan extrañas y cercanas a la vez. Amo la pluralidad y la diversidad como una condición antropológica que me persigue en todo lo que pienso, actúo, y vivo. Reducirlas, es decir sí a un mundo más limitado y empobrecido.

La neuroeducación tiene una función crítica: señalar y denunciar los neuromitos. Cuántas veces se escuchan afirmaciones como las siguientes, afirmaciones que se discuten con una apariencia científica que no se sostiene por ningún lado. Parafraseando al sabio de Königsberg: en la verdadera neuroeducación, late siempre un kantismo neurológico. Un conocimiento de los límites y de las posibilidades que, con rigor, pone freno a la especulación neuro. Un ejemplo claro que expone Francisco Mora: confundir un hecho neurobiológico como “la enorme y profusa proliferación sináptica” en los primeros años de vida, con “inundar su cerebro, de modo paralelo a ese crecimiento sináptico, con conceptos, vocabularios, memorización de acontecimientos históricos, hechos aislados, (…) pensando que, de este modo, cuando estos niños alcanzasen la juventud o la edad adulta, tendrían capacidades cognitivas superiores a las de sus compañeros que no hubieran utilizado estos métodos”. Hay muchos más: el efecto Mozart; el mito de la utilización de un 10% de las capacidades del cerebro; el neuromito del cerebro derecho-cerebro izquierdo, y esas fantasiosas didácticas sobre separar a los alumnos por preferencias de uno u otro como supuesta innovación. Podríamos seguir: la matriz educativa en su ansia de cambio, se pierde muchas veces en mitologías sin fundamento alguno. John T. Bruer tiene páginas esclarecedoras sobre este peligro. De ahí la importancia de un conocimiento actualizado en el ámbito de la neuroeducación, para no caer en trampas con intereses económicos evidentes.

El último eje temático que quiero abordar, desemboca en dos problemas de la cultura contemporánea: la influencia del nuevo ecosistema digital en nuestro desarrollo cerebral y cognitivo-emocional; segundo, esa nueva antropología que las neurociencias empiezan a vislumbrar, junto a otras ciencias en nuestro siglo XXI. El debate apasionante de cómo y en qué sentido nos están transformando las nuevas tecnologías, no ha hecho más que empezar. La controversia entre aquellos que avisan de los efectos perniciosos del nuevo mundo digital (el más famoso: Nicholas Carr con su determinismo tecnológico basado en Mcluhan) y los que defienden las ventajas de las nuevas tecnologías, es un debate abierto. Francisco Mora matiza algunas cuestiones desde el sentido común, y basadas en la ambivalencia de sus efectos según el contexto y el uso: “Con todo, internet es una realidad de la que se puede obtener el máximo provecho como complemento para la enseñanza”, pero, “Internet, sin embargo, puede ser un instrumento que entraña ciertos riesgos si no es utilizado adecuadamente”. Dejo tres consideraciones que tienen una fundamentación que sobrepasa este escrito: primera, hay en las posiciones más radicales, una falta de matices que no ayudan a la naturaleza de lo que se debate; segunda, es un debate sobre una realidad inevitable, el mundo-red, de ahí que la condena de este último, sólo demuestra un rechazo que es reincidente en la propia historia social y tecnológica: esa tecnofobia que siempre vuelve, un romanticismo insostenible en el fondo. Tercera: la perspectiva más fecunda será explorar la complejidad de la interacción social, ahí es donde se están produciendo cambios vertiginosos en nuestras formas de relación con los demás y con los diferentes contextos en que nos hallamos, contextos que son ese ambiente donde nos jugamos nuestra realidad humana. Será una investigación pormenorizada con varias variables de control (edades, tipos de información, usos, estrategias) las que nos irá iluminando la inevitable nueva plasticidad del mundo digital en nuestros cerebros. Hay un campo aún inabarcable por recorrer aún. El mismo Francisco Mora en una entrevista, lo declaraba explícitamente: “Yo creo que estamos entrando en el siglo que pasaremos del genoma al ambioma”. La complejidad de la interacción entre naturaleza y ambiente, como complejidad de nuestro mundo-red. En verdad, una falsa dicotomía, por su entrelazamiento y retroalimentación continua. De pronto, recuerdo al maestro de la complejidad: cómo crece la importancia del pensamiento de Edgar Morin, según avanza nuestro mundo-red. El segundo problema es filosófico: ¿qué concepción del ser humano se está elaborando en el desarrollo de las ciencias actuales? Dos ideas que se pueden asumir desde la neurocultura: la superación de cualquier dualismo (alma/cuerpo) a la hora de enfrentarse a la realidad del ser humano, esta superación nos sitúa más allá de la modernidad cartesiana; una segunda línea, es comprender filosóficamente lo que implica la plasticidad cerebral: sea cual sea nuestra respuesta, hay un dinamismo que debe ser asumido. Hay una antropología que está emergiendo de las cenizas de una modernidad subjetivista. Dos apuntes finales, uno como advertencia, el otro como reto: hay un riesgo de caer en el cerebrocentrismo, otra modalidad de reduccionismo en las perspectivas más simplistas; sigue abierto el problema principal que ya apuntó Michael Gazzaniga: cómo el cerebro hace posible la mente. Francisco Mora es plenamente consciente de ambas en su obra en marcha.

Finalizo con una visión de conjunto: la neurocultura está impregnando el desarrollo de nuestro siglo XXI. Hace décadas que el genial Roger W. Sperry nos iluminó con sus trabajos pioneros sobre las funciones de los hemisferios cerebrales, una investigación con una ilustre herencia de sus problemáticas en la historia de la psicología y neurología. Ernst Kandel, Joseph E. Ledoux, Antonio Damasio, M. Gazzaniga, Antonio M. Batrro, David Eagleman, Judi Willis o Sarah-Jayne Blakemore/ Uta Frith y muchos otros nombres de la primera línea mundial de investigación de diferentes campos, nos están replanteando qué significa pensar, sentir, y fenómenos como la conciencia y el inconsciente, o cómo todo ello condiciona los procesos del aprendizaje. Francisco Mora es uno de ellos, y nos proporciona unas primeras claves para poder relacionar adecuadamente esos dos mundos que están relacionados: nuestro cerebro y nuestra capacidad de aprender en este mundo hiperconectado. Dos mundos que son un mundo en un bucle de interacción constante. Leer a Francisco Mora, es comprender el impacto del descubrimiento progresivo de ese órgano evolutivo maravilloso y que nos singulariza: el cerebro, y sus efectos en nuestra realidad individual y social. Dicho de otro modo: tú, yo, nosotros. Ojalá se sumerjan en sus obras. No puedo evitarlo: tengo sueño, les aseguro que las noches se hacen más cortas.