Quisiera analizar una de las dinámicas más peligrosas que, lentamente, se han instalado en el debate educativo y social. Es la percepción, por una parte importante de los docentes y otros profesionales que trabajan en el sistema educativo, de estar bajo sospecha continua en su relación con la administración correspondiente. Esa percepción ha creado una atmósfera de recelo y de enfrentamiento que hace muy difícil o, en el límite, inviable cualquier reforma o cambio eficaz. Esa denominación de administraciones sospechosas debe transformarse en administraciones que confíen en su capital humano, en este caso los docentes y otros profesionales, que protagonizan junto a alumnos y familias la complejidad educativa. No hacerlo, cronificarán los problemas inevitablemente. Veamos algunos argumentos de la idea principal aquí esbozada.

Una administración sospechosa es contradictoria entre la valoración social y oficial que se dice tener de los docentes, y su práctica verdadera como política educativa. No hay sistema que pueda mejorar desde la desconfianza continua o la demagogía fácil de estigmatizar a sus docentes. Cuando una administración o cierta clase política persevera en esta dirección, cae en el cortoplacismo del titular mediático pero no comprende lo que es construir una educación a medio y largo plazo. Un detalle: no queremos ser corporativistas, se debe exigir profesionalidad desde la legalidad vigente, y existen mecanismos para que así sea. Lo que afirmamos es que esas decisiones unilaterales que buscan el impacto fácil, es lo contrario de una política inteligente. La demagogia tiene muchas estrategias, pero su evidencia no la hace efectiva para mejorar lo que se supone que se quiere mejorar.

Una administración sospechosa es contradictoria entre esa valoración social y oficial que se dice tener de los docentes, y la falta de diálogo y participación de los mismos en los pilares de su política educativa. Unos supuestos expertos casi siempre endogámicos, expertos de partido, no representan a los maestros o profesores de este país. Unos supuestos expertos casi siempre universitarios que no conocen directamente un aula de infantil, primaria o secundaria, no representan a los maestros o profesores de este país. Hay medios y mecanismos para buscar y construir esa representatividad horizontal, más allá de la política anacrónica que se perpetua en esos partidos políticos, que aún no han comprendido lo que es una sociedad-red y la nueva complejidad de la política en una sociedad del conocimiento. De ahí la proliferación legislativa en educación que no se ve como una política de estado: endogamia y estructuras cerradas son lo contrario de la ciudadanía horizontal y de la Red como espacio social de interacción.

Una administración sospechosa es contradictoria entre esa valoración social y oficial que se dice tener de los docentes, y una falta de reconocimiento efectivo por parte de sus políticas educativas. Hay muchas ideas y prácticas que se pueden construir para reconocer al capital humano que hace funcionar un sistema educativo: los docentes y otros profesionales que lo sostienen diariamente. Lo escribí en otra ocasión y lo vuelvo a repetir: los docentes son los creadores de futuro de un país. Somos, junto a esos otros profesionales que nos apoyan en los colegios e institutos, el oficio a través del cual toma sentido todos los demás. Una administración que no sepa o quiera asumir lo anterior, es una administración sospechosa que sigue con su síndrome Pisa, pero que no tiene ninguna sensibilidad real con lo que dice oficialmente. Políticas de reconocimiento y menos políticas de sospecha: hay que solucionar estos conflictos de fondo, o seguiremos con el laberinto educativo en España.

Para terminar, algo que me parece sintomático. Recibimos en INED21 decenas de mensajes por todos los canales, por parte de los profesionales (maestros, profesores, orientadores…) de este país y de Iberoamérica: nos relatan sus problemas, sus dudas, y muchas veces su desaliento frente a lo que perciben como indiferencia o sospecha de sus administraciones. Debemos ejemplificar aquello que decimos, y desde ese trabajo diario reivindicar aquello que nunca se debe olvidar: un sistema educativo debe reconocer y mejorar proporcionalmente a los profesionales que lo integran. Frente a una administración sospechosa, se puede construir otra administración y otras políticas educativas. Escuchar los problemas reales es un buen comienzo, pero esos problemas no se los dirán esos supuestos expertos. Escuchar verdaderamente, el comienzo de todo diálogo. O seguirán siendo administraciones sospechosas.