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JÓVENES EMOCIONALES

¿Aprenden igual los jóvenes que aprendemos los adultos? En parte sí y en parte no. Y creo que la diferencia está en el motor, que en los jóvenes tiene aún un componente emocional muy alto. Ellos necesitan mucha más carga de emoción para comprometerse en un esfuerzo. Nosotros “sabemos” lo que necesitamos y vamos a ello. Ellos necesitan ser seducidos. Nosotros vamos al dato y lo añadimos a un mobiliario ya creado. Ellos empiezan a amueblar un piso vacío, no saben ni qué estilo va a tener.

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Aprenden igual porque la relación dato, conocimiento y sabiduría funciona con procesos similares. En la metáfora del vaso o la llama, los adultos ya tenemos una llama piloto (o se nos ha apagado y sólo esperamos el partido del domingo), y podemos llenar el vaso con regularidad. Ellos están encendiendo llamas que demasiada agua puede apagar. Es lo que pasa con los currículos apretados, esos en los que no se llega nunca a la Revolución Francesa o a a la Guerra Fría y lo demás, además, se olvida. Aún así, los editores publican “síntesis” de tal o de cual que es justo lo que los jóvenes no necesitan.

Empiezan a amueblar un piso

vacío

El otro día, dos chicas me comentaban que habían empezado la Edad Moderna y la Contemporánea tres o cuatro veces entre la primaria y la universidad, sin acabarlas jamás. Una descubrió después la Revolución Francesa como algo fascinante, pero ya adulta. La otra aún se preguntaba de qué demonios trató la guerra fría que aún vibra en las conciencias. Nacieron en el 83. Alguien podrá argumentar que al menos les sonaba porque venía en el libro de texto o que en algún momento de la escolaridad (mejor, en tres momentos) se trató.

Si cuando son adultos se mueven en ambientes donde se baraja un mundo cultural más o menos amplio (y no hablo de cultura de escaparate), su razón les lleva a los datos y los conocimientos (a los estudiantes “les llevan”). Si uno se mueve, la ignorancia pincha. O sea que seamos realistas, adultos y todo, primero está la emoción, la necesidad de comprender, la destemplada sensación de que en nuestro mapa mental falta algo sin lo que no podemos responder adecuadamente al mundo.

Es frecuente que los jóvenes, cuando les preguntas qué están “estudiando” (¡qué forma de pervertir los conceptos!) se refieren inseguros a “objetos” raros, cosas que citan como cogidas con pinzas o guantes de látex. O peor, a partes del “libro”, mientras intentan rememorar la ubicación concreta en el papel. Algunos se refieren a los “powerpoints” que les pone el profesor. Hemos hecho tan nuestra esa herramienta que podríamos incluirla en un diccionario cañí como “pogüerpóin”. Pero reconozcamos que los esquemas no son muy emocionantes. Y están los powerpoints de ESO, los de bachillerato y los de la universidad, que el “pogüerpóin” es de todos.

En otro artículo me explicaba a mí mismo por qué demonios la educación se repetía tanto a sí misma como se quejaban mis amigas. Será porque estamos en oposición continua y la emoción no se considera.

Hace un tiempo que no paramos de hablar de emoción, pero como no tenemos claro cómo aplicarla a tanto currículo, los esquemas y la materia siguen mandando. Porque la emoción es algo muy personal y los profesores aún no la identifican del todo con “la materia”.

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Tal vez toda la sociedad debiera hacer una reconsideración emocional de “la materia que hay que dar”. ¿Qué es al fin y al cabo la Aritmética? Pues la maravilla de las cantidades de cosas (¡Dios mío lo que hay!). Y de las que entran y salen. Y de las que se clonan o se dividen. Un óvulo fecundado es muy aritmético. Y si supiera hacer un uso aritmético de mis asignaciones semanales… porque, ¿cuánto gana un niño al año? ¿Cuánto se le va a ir realmente en golosinas? ¿Y què pasarà si el quiosquero les sube el precio? Si hacen sus presupuestos hasta podrían decidir cobrarse impuestos a sí mismos para gastos generales. ¿Cómo pueden conseguirse ingresos extra? ¿Debería tributar Lucy (la amiga insoportable de Carlitos) por las limonadas que vende o por las sesiones de psicoanálisis que realiza? Yo creo que los tebeos de Charlie Brown enseñan antropología que a mí me parecería la asignatura más importante en la escuela.

El “pogüerpóin” es de todos

¿Es necesario hacerlo todo dos o tres veces de la misma manera pero cada vez más gordo? ¿O podrían buscarse infinitas maneras de hacerlo? ¿No se justificarían mejor los gastos del ministerio en hacer eso que en inventar currículos que todos se parecen, al fin y al cabo, cualquiera que tenga libros de texto en casa podría hacer?

Y los editores podrían publicar libros “de conocimientos” más emocionales para jóvenes, sin subterfugio, trampa ni cartón.