La memoria y el aprendizaje son dos  procesos que permanentemente están entremezclados en el argot escolar como si fuera uno. Y es que, quizás, y a tenor de todo lo que la neurología está poniendo encima de la mesa, lo son:

“Aprender y memorizar es una unidad neurobiológica”

Fco. Mora

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María Berenguer Lax

Últimamente en  diversos diálogos, debates y artículos, muchos  docentes estamos aportando argumentos en contra del excesivo culto que las prácticas de enseñanza otorgan a la memoria como valor de aprendizaje. Un exceso que hemos convertido en una cultura educativa y de la que nos está costando salir: el memorismo como arte y práctica educativa. En este intento de huída, y por efecto rebote, hemos convertido a la memoria en una proscrita de los procesos de aprendizaje que denominamos activos, pasando así de ser el centro de lo que considerábamos aprender, a ser la “olvidada” y, seguramente, errando en su concepción por “pasarnos de frenada”.

“Debemos considerar que el avance en las investigaciones de las neurociencias y los nuevos descubrimientos nos están permitiendo conocer con mucha más profundidad el funcionamiento del cerebro, sobre todo en lo referente a lo que realiza durante el aprendizaje de las personas, el almacenamiento de la memoria y el desarrollo de múltiples inteligencias, actividades conocidas como procesos de cognición”.

Víctor Hugo Guevara

Memoria,

proscrita de los procesos de aprendizaje

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Desde mi evolución profesional y  mi experiencia, creo que ha llegado el momento de retomar el papel de la memoria y asumir el reto que nos proponen los descubrimientos en neurología: encontrar métodos didácticos capaces de hacer más efectivos los procesos de memoria de un niño. ¿Te apuntas?

¿QUÉ ES LA MEMORIA?

La memoria no es más que una representación mental de una experiencia y la capacidad de poder evocarla cuando se desee o necesite. La literatura sobre la temática asume que se trata, esencialmente, de un proceso donde intervienen cambios físicos y biológicos en nuestro cerebro. Cambios que pueden ser permanentes y que pueden ser activados, evocados o rememorados por decisión del sujeto. Así, una experiencia o aprendizaje relevante puede propiciar una cascada de procesos moleculares que, comenzando por cambios sinápticos transitorios, culmina en la síntesis de nuevas macromoléculas que insertadas en los terminales sinápticos cambian el número y la fuerza de estas sinapsis, variando así sus propiedades de señalización, y formando con ello representaciones de la experiencia: el aprendizaje y la memoria enredados en una espiral sin fin a lo largo de la vida, proceso que, al mismo tiempo, va  modificando la estructura de nuestro cerebro de forma permanente.

 ¿CÓMO APRENDEMOS?

Aprender es un proceso que realiza el organismo a base de vivir experiencias, las cuales modifican su conducta. Un aprendizaje nuevo conlleva una conducta novedosa. Así, cuando una experiencia nueva se asoma a nuestro cerebro por medio de los órganos sensoriales, éste lo primero que hace es intentar relacionarla con un conocimiento que ya posee.

Para comenzar a aprender nuestro cerebro utiliza la memoria, es decir, rememora aquellas experiencias similares que tiene ancladas en su corteza, activando todo el mecanismo fisiológico y químico necesario para “visualizar mentalmente” ese recuerdo.

La emoción es la energía para aprender. Abre las puertas de lo que es aprender y memorizar. Por ello, si hemos puesto a su disposición  estas “herramientas amplificadoras” del proceso, como son la atención y la emoción, el circuito “se activa” en toda su intensidad y prepara al organismo mediante la creación de moléculas facilitadoras de procesos de transmisión sináptica, que relacionarán el nuevo conocimiento con el esquema neuronal previo.

…a base de

vivir experiencias

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Así, pone en disposición a nuestro cerebro para apropiarse de  las nuevas experiencias de aprendizaje y realizar todo el  trabajo reconstructivo que implica una nueva información que nos llega. Una nueva información que produce una desequilibrio (pone en tela de juicio las conexiones anteriores) y provoca que en cada sinapsis se produzca una generación de nuevas y más conexiones dendríticas,  capaces de asimilar, acomodar   e integrar la nueva información y, buscar el nuevo equilibrio o estabilidad neuronal.

Pero aprender no es sólo disponer  de la información. Llegar al conocimiento con esa información requiere de práctica y reflexión en una secuencia de aprendizaje adecuado.

EL VALOR DE LA REPETICIÓN

La práctica y la reflexión consiguen corregir, ajustar y  rectificar la  información que estamos transformando en aprendizaje.

La reflexión colectiva y en interacción con otros; el establecimiento de categorías y clasificaciones; la repetición convergente de los conceptos en fase de aprendizaje desde perspectivas diferentes; la confrontación de ideas mediante debates y argumentaciones… es el camino para construir el conocimiento: en ello encontramos el valor de la repetición.

No se trata de repetir por repetir, que lejos de provocar conexiones sinápticas y anclajes cerebrales, lo que produce es hastío, abulia, apagón emocional y desatención (con lo que tiramos por la borda las herramientas más poderosas que facilitan el aprendizaje). La repetición tiene, además de  fundamentos neurobiológicos, fundamentos didácticos de primer nivel: sirve para evaluar, reevaluar y aprovechar el valor del error, haciendo patente que equivocarse es parte del proceso de aprender.

Si queremos fortalecer una memoria muy rígida y consistente, es necesaria la repetición. La repetición consolida. Pero cuando se trata de adquirir información flexible la clave ya no es la repetición, entonces la estrategia es la repetición mediante  el contraste y la comparación.

MEMORIA

“Memorizar es grabar lo aprendido”

La memoria necesita de excitación continua. Por ello, los mejores aprendizajes memorizados tienen también la característica de la cotidianidad. La aplicación de lo aprendido a situaciones reales y constantes (diferentes a la “situación aula”) y la (auto y hetero) evaluación permanente, es la vía  que  transforma al aprendizaje en conocimiento.

El verdadero conocimiento se adquiere cuando se es capaz de explicar, exponer a otros, o difundir mediante un producto virtual el conocimiento propio. De todos es sabido que enseñar es la mejor forma de aprender, ya que en el transcurso de la enseñanza no sólo repetimos el aprendizaje y modulamos su conocimiento, sino que creamos repeticiones mentales de aquello que vamos a compartir,  ordenamos la secuencia, priorizamos los objetos metales de comunicación y visualizamos el elemento placentero de sabernos escuchados y comprendidos, activando así los recursos emocionales de nuestro cerebro:

Memorización reconstructiva

=

Comprender + Usar + Explicar

En términos neurobiológicos, se ha comprobado que una sinapsis que se usa repetidamente se hace más eficaz, entendiendo por eficacia el descenso del “umbral de estimulación para que una señal se transmita de una neurona a otra”. De esta forma  se necesitan estímulos cada vez menores para conseguir la evocación de un recuerdo o la respuesta conductual o motora deseada. La capacidad del cerebro para aprender  va unida a su capacidad  para recordar: fortalecer la memoria  es la base para asegurar un aprendizaje óptimo.

En definitiva, parece evidente que memoria y aprendizaje son dos procesos interdependientes. Memorizar implica “introducir cambios en las uniones o conexiones entre neuronas, en esa parte de contacto que llamamos sinapsis” y por medio del aprendizaje creamos “huellas neuronales” que transformamos en memoria mediante un proceso único: Memorizamos aprendiendo y aprendemos memorizando.

MEMORIZAR Y APRENDER VS APRENDER Y MEMORIZAR

La enseñanza directa se ha concretado en los últimos años en una actividad de tipo transmisora que podemos describir como  un proceso en el que el docente presenta los contenidos, los alumnos practican con ellos y finalmente, demuestran que han aprendido mediante una prueba reproductiva, lo más fiel a lo presentado en el inicio, o mediante una  actividad basada exclusivamente en aquello que se presentó. En esta dinámica memorizamos primero y constatamos que hemos aprendido después.

Parece evidente, conforme avanzamos en conocimiento sobre el cómo memorizamos, que con ese tipo de enseñanza erramos tanto en el momento que elegimos para poner el foco educativo en la memorización como en el modo . Así, el reto propuesto de encontrar métodos didácticos susceptibles de provocar una mejora en los procesos de memoria, se transforma en una obligatoriedad ineludible para cualquier docente del siglo XXI.

Estudiar no es lo mismo que aprender. Si estudiar tiene el objetivo concreto de responder a un examen, y lo hacemos releyendo documentos, activamos las memorias implícitas. Se trata de aprendizajes que tienen su obsolescencia programada, utilizamos la memoria a corto plazo y nos  sirve para retener una secuencia de aprendizaje durante un corto periodo de tiempo, pero que luego olvidamos. La información se ofrece hoy, se memoriza mañana y se olvida pasado, después de ser  rememorada durante la prueba: todos los circuitos se apagan al final del examen.

Estudiar no es lo mismo que

aprender

Pero si el aprendizaje lo desarrollamos comparando y contrastando informaciones diversas, se activan las memorias conscientes, explícitas o declarativas, memorias que se arraigan en el hipocampo y sus zonas adyacentes para —luego— consolidarse en la corteza cerebral, sede de los aprendizajes auténticos y verdaderos. Estudiar es diferente al concepto de aprender: ‘aprendizaje’ no es lo que se demuestra en las preguntas de un examen o de una prueba.

A este simulacro de aprender, que llamamos estudiar, nunca lo podremos transformar en conocimiento, pues le faltan dos ingredientes básicos: la repetición, que se da desde la  aplicabilidad a contextos diversos y habituales,  y la emoción de compartir y socializar el conocimiento.

Posiblemente, la consolidación (‘memorización y anclaje’) de lo aprendido no se dará sin una secuencia donde los procesos de memoria conlleven un sistema de cooperación entre los sistemas conscientes y los no conscientes; algo que solo será factible dirigiendo el aprendizaje con base en preguntas guía y propuestas investigadoras. Una propuesta enlazada con la realidad, que facilite el repaso frecuente del conocimiento mediante el uso cotidiano, reposado y reconstructivo de lo aprendido. Entonces, habremos cerrado el ciclo: aprender primero y memorizar después. Sin duda, hay mucho por debatir, por investigar y por descubrir, pero, como comenta Deheane (2015):

“Nadie debería conocer mejor que los docentes  el funcionamiento  del cerebro, es decir, la leyes del pensamiento en pleno desarrollo, los principios de la atención y de la memoria”

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Fuentes consultadas