Hoy proseguimos una tarde con José Antonio Marina. Filósofo con una obra prolífica, desde Elogio y refutación del ingenio hasta su último título, Creatividad económica, queremos confrontar su obra desde una hermenéutica que repase varias de sus obras. Dialogar con un autor es sumergirse en sus textos directamente, evitando tanta cita indirecta y comentario secundario, que tantas veces oscurece o desvía el nervio principal de una obra en marcha: la obra de José Antonio Marina es un ejemplo de esto último.

Leerle me devuelve a mi juventud. Estudiante de la Escuela de Oviedo (Gustavo Bueno, Vidal Peña), leíamos a Wittgenstein o Heidegger con grandes especialistas en sus obras, Alfonso García Suárez y Modesto Berciano, nos introducíamos en la filosofía política con Amelia Valcárcel, o comentábamos lecturas apasionadas de Nietzsche y la filosofía francesa, todo ello conformaba mi ambiente intelectual y vital, pero había algo que definía los debates de la época: faltaba una cultura científica actualizada que, obligadamente, transformaba muchas cosas. El tiempo ha justificado esa sospecha: el presente no perdona a quien lo ignora.

Leer a José Antonio Marina fue una vacuna a la que he sido fiel desde entonces: la psicología, la pedagogía, la sociología, las neurociencias y la gran divulgación científica de las ciencias físicas, son inevitables en la buena filosofía, más allá de corrientes o posiciones. Es más, un síntoma inmediato de academicismo endogámico o purismo anacrónico, es el no tener ese marco interpretativo siempre presente. Hay un género que se llama la muerte de la filosofía, es hora de cambiarlo. Entrelazarse más allá de las ciencias/humanidades clásicas, es un buen comienzo: a nuestro mundo-red no le gustan las fronteras. Decir realidad, sea lo que sea esa palabra misteriosa, significa la porosidad de las disciplinas a esa tarea.

El proyecto filosófico de José Antonio Marina, es un proyecto sobre la capacidad de la inteligencia de abrir y expandir mundo, un proyecto guiado por la primacía de la inteligencia práctica. Leamos sus palabras: “Me parece que la inteligencia práctica es superior a la teórica, porque es capaz de pensar posibilidades y después realizarlas. Sólo la acción nos libra de la muerte” (El bucle prodigioso). La razón está basada en el fin último que anima todo su pensamiento: la mejora individual y social de nuestra inteligencia ética. Hemos vivido una postmodernidad donde el relativismo moral a través de varias formulaciones, había monopolizado el discurso moral. Actualmente se empieza a vislumbrar la inversión de aquella época, necesitamos pensar y actuar con instancias regulativas y universales. Dicho de otro modo: la saturación informacional como problema central de la cultura contemporánea, nos hace sensibles al problema de cómo evaluar la información, qué conocimiento es válido y necesario para resolver esa situación específica que un sujeto afronta. Este puede ser un criterio para enmarcar las diferentes propuestas en nuestra actualidad: necesitamos un universalismo que unifique y diferencie en nuestro mundo-red.

El proyecto filosófico de José Antonio Marina, es un proyecto educativo inevitablemente. La filosofía griega se inicia en Platón desde esta perspectiva, y también sucede en medio de un cambio tecnológico de alcance extraordinario: la transición de la oralidad a la escritura. Eric Havelock nos ha dado páginas maravillosas de este cambio. No es extraño que la filosofía vuelva a ser una filosofía de la educación, en mi juventud esa carencia se hacía evidente y, otra vez, el pensamiento de José Antonio Marina fue y sigue siendo una referencia en esta perspectiva. En este rincón, he escrito la necesidad de una nueva paideía, una nueva síntesis que integre esas dos dimensiones que, tantas veces, quieren oponerse en una falsa dicotomía: Gutenberg y la Red se retroalimentan, no son excluyentes. Las formas híbridas que están surgiendo de esa interacción, son fascinantes. Quizás una nueva modernidad empieza a dibujarse, una modernidad digital que transforma el comienzo cartesiano.

La obra de José Antonio Marina es, desde su inicio, una crítica de la postmodernidad. No es casual que su anatomía crítica en Elogio y refutación del ingenio, sea su entrada en el debate filosófico en español. Una época ingeniosa que desde Lyotard a Baudrillard, atravesada por su genealogía en Deleuze, Foucault o Derrida, deslumbró a tanta crítica social y política. Algo que ahora parece evidente: el lenguaje nos diferencia, pero todo no es lenguaje, no lo era en la fiesta postmoderna. Todo era discurso. El neoliberalismo de Margaret Thatcher o Ronald Reagan, que empezó su monopolio económico e intelectual en la década de los ochenta, era complementario de este pensar fragmentario y justificativo del presente. No hay pensamiento inocente, no hay educación inocente. Maticemos: incluso en esos desarrollos, hay conceptos que tienen una virtualidad crítica por explorar.

Un detalle: en otra ocasión sinteticé las características de esa educación postmoderna. La educación siempre es parte de un todo que, obviándolo, olvidamos analizarlo. Pero seamos justos, también nos legó ideas que no podemos abandonar. Enuncio una: la amplitud y profundidad de la diferencia individual y social. Pensar la complejidad, es decir no a los reduccionismos.

La obra de José Antonio Marina me ayuda a comprender esa necesidad educativa y sus nuevas modalidades. Un ejemplo, una novedad con un nombre clásico que me parece muy interesante: la necesidad de introducir los hábitos como objetivo pedagógico, un aprendizaje de los hábitos. En sus palabras: “Los hábitos son un mecanismo de la inteligencia para ampliar su eficacia”; “Todas las actividades mentales se pueden convertir en hábitos. Hay un hábito de la rutina, pero también hay un hábito de la creatividad” (El aprendizaje de la creatividad). De ahí, se pueden diferenciar tres tipos de hábitos: motivacionales, cognitivos y operativos. Pero esa novedad se basa en los descubrimientos que las neurociencias, entre otras, nos van desvelando: el vínculo necesario y fascinante del inconsciente y la memoria. Otra advertencia a aquellos que minusvaloran la importancia de la memoria en los procesos educativos: memoria frente a memorismo. Qué importante es oponerse a ciertas modas pedagógicas, que lamentablemente se introducen apresuradas en políticas educativas con carácter prescriptivo.

La obra de José Antonio Marina es sistemática, pero desarrollada ensayísticamente. Este aspecto puede pasar desapercibido, si asociamos inmediatamente sistema filosófico con una determinada forma discursiva. Su claridad tiene raíz orteguiana, pero la cortesía es didáctica, de un autor ilustrado que le apasiona compartir sus investigaciones: el filósofo como un detective privado. Al leerle, podemos estar de acuerdo o no, aunque siempre nos ha esclarecido su argumentación en una prosa fluida, con un humor y ciertas perlas irónicas que siempre agradecemos. Lean: “La vanidad humana no es una debilidad humana, sino una característica zoológica” (Elogio y refutación del ingenio). Esa falta de solemnidad, esa agilidad narrativa, su planificación discursiva, son características que le definen. Hay algo que, seguramente por influencia de la tradición fenomenológica, sobresale en su lectura: es un maestro de la ejemplificación. Qué difícil ese arte que nos alumbra un universal (concepto, idea), a través de ese particular que siempre es pertinente. Un buen ejemplo reconoce siempre el control didáctico de lo que estamos explicando.

Siempre he querido vivir en el verbo matizar. Pensar es ganar una realidad que se resiste en su complejidad. El lenguaje es una derrota maravillosa, aunque una derrota que nos pertenece. Ese universo simbólico que llamamos cultura, puede tener muchas modalidades. Obras como la de José Antonio Marina me recuerdan lo importante de haber salido de la tiranía del estímulo, de comprender nuestra acción y su fuente de energía de tres fuentes distintas: pulsión, deseo, proyecto (Las arquitecturas del deseo). O esos caminos biográficos e históricos de nuestra inteligencia individual y social. Les dejo una buena descripción que, en esta crisis que vivimos, tanto nos debería hacer pensar: “Sociedades estúpidas son aquellas en que las creencias vigentes, los modos de resolver conflictos, los sistemas de evaluación y los modos de vida, disminuyen las posibilidades de las inteligencias privadas” (La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez). No me perdonaría ese final el pensamiento de José Antonio Marina: somos un proyecto de inteligencia que, desde su origen evolutivo, nos proyectamos creativamente en la realidad, un proyecto ético en su meta final. ¿Cómo? “La educación es la encargada de transmitir este proyecto, de intentar disminuir nuestra precariedad, y de dirigir el entrenamiento necesario para que los humanos estemos en condiciones de realizarlo” (El bucle prodigioso). Sí, a pesar de todo, hay autores que nos reconcilian con nuestra condición humana: José Antonio Marina.