VALORES FUNDAMENTALES

El comité olímpico internacional señala tres valores como los fundamentales en competición.

1

Excelencia. Dando lo mejor de sí mismo.

2

Amistad. Evitando en lo posible las diferencias políticas, económicas, de género, raciales y religiosas

3

Respeto. Fomentando el juego limpio y la lucha contra el dopaje o cualquier otro comportamiento no ético.

A este respecto en Rio 2016, hemos visto actitudes como la del yudoca egipcio que se negó a estrechar la mano de su rival israelí, la salida nocturna acompañada de copas del gimnasta holandés, o los dopajes rusos que han sido penalizados. Sin embargo, hay otras que —en mi opinión— han pasado algo desapercibidas.

Los deportistas famosos —lo quieran o no, lo sepan o no— representan un ejemplo —sobre todo para los más jóvenes—. Son héroes respetados y admirados, “superhumanos”, una especie de modernos gladiadores romanos.

Es difícil que al ver la película Gladiator (Ridley Scott, 2000) no se sienta una especial emoción en algún momento y no por las cuidadas escenas de lucha sino por la superación de la adversidad de su protagonista, que despojado de todo resurge ante el público, consiguiendo el reconocimiento gracias a su coraje y habilidades.

Soy el más grande” autoproclamó Muhammad Allí allá por los sesenta y en su honor, Usain Bolt, lo ha repetido frente los medios en Brasil. No sé cuánto de narcisismo, euforia, inmadurez o estrategia hay detrás de esa frase, no entro siquiera a valorar que sea más o menos cierta, pero sí que creo que las personas de grandes actos no deberían necesitar hablar mucho sobre ellos mismos para ocupar su lugar en la gloria y que además no todo vale para alcanzarlo.

MÁS ALLÁ DEL DEPORTE

Hace cinco décadas, Joe Frazier, se colgó la primera medalla de oro olímpica en boxeo para Estados Unidos, fue también el primero en tumbar a Muhammad Alí. Pelearon tres veces y en la previa de la última, en Manila, Alí llegó a insinuar que su adversario estaba en contra de los derechos de los negros, que era un “Tío Tom”. Frazier —que lejos de lo que se quiso dar a entender se había criado en la cuna del racismo, empezando a trabajar en el campo a los siete años— perdió ese combate. Sus heridas cicatrizarían pero su reputación no. En una época marcada por las reivindicaciones de la Nación del Islam y grupos como los Panteras Negras, esas declaraciones —que con el tiempo Alí reconocería, arrepentido, habían sido parte del espectáculo— supusieron para él y su familia algo que iba más allá del deporte.

Hace unas semanas, Usain Bolt, sin explicación alguna faltó en representación de su país a la ceremonia de inauguración de los juegos —se quedó en la habitación— en las eliminatorias culminó sus victorias riéndose de los rivales y al terminar su participación afirmó que ya era inmortal.

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Quizás hay quien piense que en una estrella de su nivel se justifique tal endiosamiento, yo creo que no, que el tiempo nos ha demostrado que todos los récords se terminan superando y que hay otras formas de manejar el éxito.

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Andy Murray —escocés— llevó con orgullo la bandera de Reino Unido en el evento de apertura, tras ganar la final, se fundió en un abrazo de 10 segundos con su oponente, Juan Martín del Potro, gesto simbólico en lo deportivo y también en lo social, tratándose de un británico y un argentino. Momentos posteriores a haberse convertido en el primer tenista varón en ganar dos medallas en diferentes olimpiadas, contestaba así a la pregunta en directo de un periodista:

—Eres la primera persona en la historia en ganar dos medallas de oro olímpicas en tenis. Es una hazaña extraordinaria, ¿no? —dijo el periodista.

—Venus y Serena Williams han ganado como cuatro cada una —respondió Murray.

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No hay respeto por otros

sin humildad por uno mismo

Henri Frederic Amiel