SILLAS

He hablado en artículos anteriores de la labor del docente, el concepto de escuela, el paradigma educativo, la gestión de emociones, el liderazgo, las etiquetas…, cuestiones mucho más actitudinales, etéreas e intangibles que el tema que me ocupa hoy. Me echo al monte de lo prosaico y vengo a hablar de sillas.

Sí, de sillas.

De sillas y mesas.

Nuestros alumnos pasan siete horas al día sentados en sillas incómodas escuchando a adultos contando cosas que no les interesan. ¿Significa eso que habría que contar a los alumnos solo lo que les interesa? No; habría que hacer que les interesara lo que han de aprender. ¿Y significa que sobramos los adultos? No, no, en absoluto; no hay plataforma digital o libro electrónico que sustituya a un buen profesor (remarco lo de “buen”); pero sí  es verdad que el rol del adulto en el aula ha de cambiar, pasando de impartidor de contenidos a facilitador de aprendizaje.

¿Y lo de las siete horas? ¿Es que la clave está en un horario lectivo más reducido? No… o sí… Mientras la sociedad no concilie vida familiar y vida laboral, parecerá que las jornadas escolares de seis o siete horas son el menos malo de los males; si además las podemos prolongar con particulares, academias y deberes, salvamos el día hasta la cena, lo cual no concluye que se aprenda más sino que se esté más ocupado.

¿Entonces?

¿Qué tienen que ver las sillas?

LA ANÉCDOTA

Las sillas y mesas son la anécdota del sistema educativo. Sillas estandarizadas que no tienen en cuenta si el alumno es alto o bajo, gordo o delgado, de 6º o de 2º de Bachillerato.

He visto alumnos de Primaria con los pies colgando y bachilleres que no caben bajo su pupitre.

Sillas rígidas porque se entiende que estar cómodo es incompatible con atender, como si fuera más sencillo aprender cuando uno no sabe cómo estar sentado, como si aprender tuviera que seguir unido al “con sangre entra”, como si el aprendizaje real no tuviera que ver con la sensación de confortabilidad.

Sillas con respaldos bajos para que no se recuesten, como si todo cuanto se les cuenta desde la pizarra fuera suficientemente excitante como para mantener la concentración durante 50 minutos hora tras horas.

Sillas duras donde no arrellanarse, porque tienen que aprender a estar bien sentados, a comportarse, a mantener la atención.

Sillas y mesas que dificultan el movimiento y las agrupaciones flexibles.

Sillas y mesas con cajones o rejillas donde les es imposible acumular la colección de cachivaches escolares (libros, cuadernos, estuches, flauta, diccionarios, calculadora, bloc de dibujo…).

Sillas y mesas convertidas en altares de la ignominia, en las que la palabra ergonomía se quedó pendiente en algún punto del diseño.

Comportarse, sí. Estar bien sentados, sí. Aprender a cuidar el mobiliario, sí. Respetar los turnos, las formas, las reglas básicas de convivencia, por supuesto. Pero… ¿por qué en sillas estandarizadas, mal ideadas y dispuestas en hileras hacia la pizarra?

Lo sé: con cambiar este concepto de silla estándar romperemos algunas de las señas de identidad del paradigma vigente, como la uniformización, la estandarización, la disciplina, el orden basado en la jerarquía impuesta, el silencio basado en el miedo, el control externo (versus al autocontrol), la idea de que es en el profesor donde nace el conocimiento…

NUEVOS AIRES

Pero quizás vaya siendo hora de que en los elementos estructurales de la escuela se empiecen a notarse los nuevos aires, y no solo en la cegadora cantinela de sirena que supone la tecnología.

Hablo de sillas, pero podría hablar de pizarras presidiendo aulas (me da igual clásicas o digitales), de ventanas y persianas que no cierran o que no consiguen oscuridad para usarse los proyectores, de pasillos anodinos o atiborrados de estímulos puestos sin criterio de aprendizaje, de muros y “espacios del no”, de cristaleras opacas por culpa de pósteres que evitan adrede que se vea lo que ocurre al otro lado, de patios colonizados por el fútbol y el baloncesto…

He visto centros con presupuestos estratosféricos para dotaciones electrónicas (tablets, pizarras digitales, ordenadores, wifis, chromebooks…) en los que nadie se plantea revisar la adecuación de las sillas y mesas, los sistemas de ventilación de las aulas, la calidad de los baños o el disparate de algunos sistemas decimonónicos de iluminación.

Se trata de que

ellos aprendan

Me gusta visitar colegios, a los que acudo a dar charlas, a compartir experiencias, a descubrir heroicidades, en los que se ha roto la baraja, y se ha apostado por el cambio a todos los niveles,  también el del mobiliario, también el del arquitectónico. No solo, pero también.

Cada vez son más los centros que abogan por soluciones creativas, por agrupaciones, por aulas dinámicas, por derribo de muros; por mobiliario actual, adecuado y atractivo; por espacios de aprendizaje no necesariamente vinculados al concepto tradicional de mesas en fila; por la alternancia entre lo tradicional y el  uso de zonas de cojines, sofás, taburetes altos, mesas de trabajo para varios alumnos, murales, incluso labores de pie o en el suelo en determinadas asignaturas.

Al fin y al cabo, no se trata de enseñar, se trata de que ellos aprendan, se hagan adultos, se desarrollen como personas y vivan su presente como algo estimulante y no como un mero trámite hasta alcanzar ese puesto de trabajo, permítaseme la ironía,  maravilloso, estable y  bien remunerado  a partir del cual serán felices y en el que tendrán sillas cómodas.

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Tiene una trayectoria de más de veinte años en órganos de gestión, dirección y decisión, pero, sobre todo, con una opción personal decidida por la educación al margen de lo educativo. Eso es lo que él llama educación divergente.
Crítico con el sistema educativo actual y con los principios metodológicos habituales, aboga por la educación entendida como acompañamiento, superando la mera instrucción y militando la inclusión, la emoción y los vínculos como marcos imprescindibles para educar. En colegios, sí; en aulas, sí; en la realidad que tenemos, sí. Pero con otras claves.
Licenciado en Historia por la Universidad de Deusto, ha impartido clases en esta misma institución durante trece años, tanto en Filosofía y Letras como en el Instituto de Estudios de Ocio, en equipos de docencia y con alumnado de diferentes edades, sensibilidades y procedencias, como reflejan su paso por CIDE (alumnos de universidades de USA). Asimismo, lleva casi veinticinco años como profesor en Enseñanzas Medias, desarrollando su labor como docente en Bachillerato y ESO, así como en Proyectos de Refuerzo Educativo Específico y Diversificación Curricular, además de ocupar puestos de responsabilidad en Dirección. Formado en innovación metodológica, lleva varios años colaborando activamente con Innovación Educativa del Gobierno Vasco (Berritzegune), con la agencia vasca de calidad Euskalit (en donde ha sido evaluador en procesos de gestión integral) y con centros educativos en los que requieren su asesoría.
Alvira cree en los vínculos como herramienta educativa, entendiendo que el currículo es la excusa para ayudar a cada alumno a desarrollar sus capacidades. Habitual de foros, cursos y encuentros, el valor añadido de Alvira es su capacidad para comunicar, reconocido como orador, su fuerza está en la pasión con la que transmite, algo que queda igualmente patente en su faceta como escritor, con varios best-sellers en su haber y su reciente “La Novela de Rebeca” (Ediciones-B) presente en España y Latinoamérica.