Hace tiempo que creo que un cambio de paradigma escolar era necesario y posible en el siglo XX, sobretodo en su segunda mitad. Pero no se produjo, o no del todo.

¿Por qué?

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Lo que a principios del siglo XIX eran indicios o promesas en el XX pudieron haber sido realidades. Wolstonecraft (ella), Frobenius, Pestallozi… El amor a los niños no era la prioridad. Pero en el siglo XX se acumularon los “santos” en el olimpo educativo. Dewey, Decroly, Ferrer Guardia, Montessori, Makarenko, Vigotsky, Freinet, Freire y todos los que me dejo condenándome al infierno. Nos dieron ideas, consejo, material… Libros (con texto) había y se podían hacer.

¿Qué pasó?

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De entrada dos guerras europeas constituyendo un sólo apocalipsis mundial dilatado en una larga postguerra1. Y los niños ni destruyen ni reconstruyen el mundo. ¡Nos cuesta tanto reconocer el futuro en ellos! Al parecer.

En el siglo XX se hundió el espíritu belicista que nos impregnaba desde el feudalismo, pero algo quedó. La disciplina militar se inventó para luchar en línea. Pero se convirtió en paradigma de disciplina sin más. A todos los soldados se les dota del mismo fusil, a los niños, del mismo libro. En cierto sentido una fábrica taylorista es también un ejército en línea.

Curiosamente la nueva guerra de los cuarenta era más individualista. El teniente o el sargento debían ser una mezcla de líder y de padre de sus soldados. Cada uno sabía sus objetivos, pero al final buscaba a su superior. Fuera amado u odiado, representaba el orden la conexión con el buen mundo sin el cual el soldado sólo era víctima. Al menos ésa es la imagen que nos deja el cine. Era una lucha en equipo por el bien de la civilización. Curiosamente en la paz seguía la guerra por otros medios (económicos). Y haciendo un inciso, me parece que en el mundo árabe, en ambas guerras, ellos intuyeron que sólo eran botín. No es culpa de nadie en concreto, la humanidad pecaba desde hacía milenios.

Se suele decir que la educación tradicional responde a un mundo industrial donde sólo se ha de formar mano de obra. Pero nadie explica qué necesidad tenían los obreros de saberse las comarcas de todas las provincias de España o todas las capitales del mundo. Al menos, los conceptos sobre interés simple y compuesto entonces funcionaban y la mayoría hacía “comercio” en lugar de bachillerato. Yo creo que lo que había era una inercia funcionarial que llenaba un expediente porque la imaginación es cara.

Además la industria es lo que hace funcionar el mundo y después de las guerras, la edición escolar asentaba una industria segura. Era lo que todo el mundo podía concebir fácilmente. Daba salida a muchos sectores como la impresión, la fotografía, las papeleras, la reprografía… Siempre ha sido más fácil o al menos más agradecida la invención técnica que la filosofía. La posibilidad de inventar un transistor, un chip o toda una placa base tiene un retorno mucho más rápido y progresa a mucha mayor velocidad que investigar cómo aprende o se hace persona un niño. Los intereses ya están creados.

Se practicó una enseñanza (no me atrevo a decir educación) fuerte en información dirigida, pobre en conocimiento y ausente en sabiduría. Un modelo que sólo las individualidades podían trascender. Todo se fiaba a la suerte de los maestros que te hubieran tocado. Sólo algunos no se dejan engullir por el modelo. O se fundaban centros que tenían el modelo como máscara inevitable pero ensayaban otros modelos con más o menos acierto en la trastienda. Y la formación de maestros fue débil en un campo que requiere una fuerza y un liderazgo fuera de lo común porque trata del constructo más complejo del universo: la persona pensante.

Se podía haber promocionado el diálogo y la lectura. Se podía haber multiplicado la imaginación en material escolar con los recursos dedicados al libro de texto. Pero no se hizo. Y las generaciones siguieron sin tener “visión global del mundo” y los humanos demoramos peligrosamente el objetivo primordial para una buena democracia: hacernos filósofos.

Y así nos pilla la revolución informática. Montessoris o Freinets hay pocos por generación, pero echen cuentas de la rapidez y profusión con que se reproducen los talentos tecnológicos. No pocos serán los capaces de inventar una plataforma maravillosa que solucione mil problemas prácticos. Pero ¿cuántos podrán sacar adelante una filosofia educativa que cree consenso? La tecnología produce información y conocimiento, pero la sabiduría es mucho más cara.

Aunque es lo único que nos puede salvar

al final


1Les recomiendo la lectura de “un continente salvaje” de Keith Lowe.

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Licenciado en Prehistoria e Historia Antigua. Profesor de EGB y Primária entre 1980 y 2000. Redactor de textos escolares y enciclopedias juveniles para la editorial TEXT/LA GALERA. Autor de novela juvenil. Postgrado de Edición en la UOC. Autor del proyecto Biblioteques d'Investigació Jove y del blog LLIBRE DE TEXT: L'ANCIEN RÉGIME. Miembro de la Societat Catalana de Pedagogia y del grupo "Narració i pedagogia". Actualmente retirado.