Cada vez son más los centros educativos que introducen, entre evaluación y evaluación, una inter-evaluación o evaluación intermedia. Cuando es a principio de curso, generalmente en octubre, tiende a llamarse evaluación inicial, pre-evaluación, evaluación diagnóstica o evaluación-sondeo. Su objetivo es el de tomar pulso al alumnado más o menos al mes de iniciar el curso, lo cual, además de resultar interesante para los tutores, sirve también para rematar las agrupaciones, los desdobles, los refuerzos y las medidas especiales de apoyo.

Me llama la atención cómo, quizás en una frenética búsqueda de la significancia frente a los colegios rivales, algunos adoptan nomenclaturas rimbombantes, persiguiendo con el esnobismo distinguirse de lo común, quizás absurdamente convencidos de que con la terminología estrafalaria impresionan más a las familias y a la Administración. He visto evaluaciones iniciales llamadas proto-evaluación, inter-pulso, evaluación competencial inicial… En ocasiones, la verborrea intenta tapar las carencias de cimiento.

Lo cierto es que toda medición está bien, máxime en los niveles en los que la evaluación continua es (debería ser) la tónica, por prescripción legal y por coherencia educativa.

La duda que me surge es si, tanto en la de octubre como en la de los puntos intermedios de las otras evaluaciones, esas mediciones no se convierten en nuevas remesas de exámenes con las que machacar las agendas del alumnado, perpetuando la vieja (y desfasada) idea de que aprender es ir superando pruebas.

Los fuegos de artificio de consultores y métodos de nuevo cuño transitan a menudo entre la nomenclatura sofisticada y las viejas práxis… o, dicho de otra manera, mismos perros con distintos collares; collares, eso sí, con tono publicitario o, cuanto menos, intergaláctico: junta de seguimiento inter-evaluador, sesión interna de evaluación diagnóstica.

Aprender no es eso

Ni aprobar exámenes ni superar evaluaciones. Ni siquiera lo es obtener tales o cuales calificaciones. Aprender, evolucionar, adquirir habilidades, interiorizar conceptos, desarrollar las distintas inteligencias de la persona –es decir, ser competente– no tiene que ver con los exámenes y ni siquiera con las evaluaciones e interevaluaciones, si éstas solo son repasos de calificaciones logradas.

Para que una evaluación sea útil, ha de centrarse en la totalidad del alumno, a partir de un currículo sensato, con un acompañamiento profesional y con las consiguientes medidas tras dicha evaluación. Cuánto más en una pre-evaluación o evaluación inicial.

Sin conclusiones, una junta de evaluación es una lectura de notas, cotilleos y buenas intenciones; nada más.

Quedarse en el diagnóstico es lo sencillo. Intervenir sobre él y adecuar herramientas, medidas y ritmos, lo complejo… pero lo efectivo.

De poco sirve que a un alumno se le etiquete en octubre, en la evaluación inicial, si no se toman medidas para su mejora; de poco sirve que se constate lo que, probablemente, la fama del alumno arrastre.

De nada nos servirá si en esa inter-evaluación seguimos entendiendo los exámenes como un absoluto y no como una herramienta (obsoleta) y no comenzamos a fijarnos en otras medidas evaluadoras (rúbricas, observación, acompañamiento…).

De poco servirá tener un elenco de notas por mucho que las llamemos evaluación competencial de grado uno, inter evaluación, evaluación multidisciplinar o con el nombre que el estratega de turno invente.

La evaluación ha de ser continua y formativa. Si la hace el docente, servirá para medir y diagnosticar, pero la incidencia en el alumnado no pasará de convertirse en un ulterior reparto de calificaciones.

Para que sea útil y en profundidad, habrá que sumar la auto-evaluación (o intra-evaluación), aquélla hecha por el individuo sobre sí mismo, a partir de rúbricas y en el ámbito de la metacognición, discúlpeseme la palabrejas. No hay que despreciar evaluación hecha entre iguales basándose en dinámicas concretas, reguladas y bien estructuradas.

Y, por supuesto, la evaluación integral, que proviene de distintos agentes a diferentes niveles de conocimiento. Todo ello, siempre, con el objetivo puesto en la corrección, la asunción de nuevos retos y el autoconcepto/autoestima.

Flaco favor haremos si la evaluación es en exclusiva la lectura y posterior trasmisión de resultados en exámenes. Mucho más flaco si eso es el eje de una evaluación inicial en octubre y de ella se derivan etiquetas estigmatizantes que marcarán el curso del alumno.

Dedicamos horas y horas de formación a metodologías, nuevas tecnologías, adaptaciones curriculares… pero, o pensamos más en cómo se evalúa o la labor educativa seguirá cojeando… por mucho que inventemos palabras estrambóticas:

Para llamar a lo de siempre

con nombres de aire contemporáneo

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Tiene una trayectoria de más de veinte años en órganos de gestión, dirección y decisión, pero, sobre todo, con una opción personal decidida por la educación al margen de lo educativo. Eso es lo que él llama educación divergente. Crítico con el sistema educativo actual y con los principios metodológicos habituales, aboga por la educación entendida como acompañamiento, superando la mera instrucción y militando la inclusión, la emoción y los vínculos como marcos imprescindibles para educar. En colegios, sí; en aulas, sí; en la realidad que tenemos, sí. Pero con otras claves. Licenciado en Historia por la Universidad de Deusto, ha impartido clases en esta misma institución durante trece años, tanto en Filosofía y Letras como en el Instituto de Estudios de Ocio, en equipos de docencia y con alumnado de diferentes edades, sensibilidades y procedencias, como reflejan su paso por CIDE (alumnos de universidades de USA). Asimismo, lleva casi veinticinco años como profesor en Enseñanzas Medias, desarrollando su labor como docente en Bachillerato y ESO, así como en Proyectos de Refuerzo Educativo Específico y Diversificación Curricular, además de ocupar puestos de responsabilidad en Dirección. Formado en innovación metodológica, lleva varios años colaborando activamente con Innovación Educativa del Gobierno Vasco (Berritzegune), con la agencia vasca de calidad Euskalit (en donde ha sido evaluador en procesos de gestión integral) y con centros educativos en los que requieren su asesoría. Alvira cree en los vínculos como herramienta educativa, entendiendo que el currículo es la excusa para ayudar a cada alumno a desarrollar sus capacidades. Habitual de foros, cursos y encuentros, el valor añadido de Alvira es su capacidad para comunicar, reconocido como orador, su fuerza está en la pasión con la que transmite, algo que queda igualmente patente en su faceta como escritor, con varios best-sellers en su haber y su reciente “La Novela de Rebeca” (Ediciones-B) presente en España y Latinoamérica.