Hoy tengo la suerte de poder entrevistar a Carlos A. Scolari, argentino y residente en nuestro país, España, desde hace décadas: Profesor Titular del Departament de Comunicació de la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona/Cataluña), Doctorado en Lingüística Aplicada y Lenguajes de la Comunicación por la Università Cattolica di Milano, se especializará en el estudio de los medios digitales de comunicación y la ecología/evolución de los medios. Es, asimismo, el investigador principal del proyecto Transmedia Literacy (programa Horizon 2020 de la UE – 2015/18) y del proyecto Transalfabetismos (MINECO – 2015/17).

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Una biografía personal y académica que le ha llevado desde Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Cuba, Brasil, México, Estados Unidos, Canadá, Portugal,España, Francia, Bélgica, Italia, Polonia, Estonia, Reino Unido, Suecia, Austria, Suiza y Arabia Saudita, hasta ser investigador visitante en 2009 en la University of Toronto y en 2013 en la New York University

En su bibliografía podemos leer: Hacer Clic. Hacia una sociosemiótica de las interacciones digitales (2004), Hipermediaciones. Elementos para una teoría de la comunicación digital interactiva (2008), El fin de los medios masivos. El comienzo de un debate (con M. Carlón, 2009), Crossmedia Innovations (con I. Ibrus, 2012), Homo Videoludens 2.0 (2012), Narrativas Transmedia. Cuando todos los medios cuentan (2013) y Transmedia Archaeology (con P. Bertetti y M. Freeman). En 2015 publica Ecología de los Medios. En el 2004 gana el Premio Eusebi Colomer de Ensayo (Fundación Epson IbéricaGedisa), y sus artículos han sido publicados en Communication Theory, New Media & Society, International Journal of Communication, Semiotica, Information, Communication & Society, Journal of Visual Literacy, Comunicación y Sociedad, deSignis, Signo y Pensamiento, entre otras revistas científicas.

En mi blogosfera personal, nunca falta mi visita en estas dos paradas: Hipermediaciones; y Digitalismo, junto a Hugo Pardo Kuklinski, que tuvimos ya en este rincón de entrevistas.

Leyéndolo, tiene una prosa ágil, nerviosa a veces, como si quisiera reflejar esta aceleración tan contemporánea que nos singulariza. Le acompaña siempre, ese humor que evita la solemnidad del discurso academicista, y me queda la impresión de una inteligencia porosa, actualizada, que va por delante de la semiótica latina (expresión suya), sin renunciar a la especificidad de la misma. 

Se cumple en él, ese descubrimiento griego de que dialogar es un infinitivo interminable; y a la vez, una certeza posterior: un espíritu inquieto, lleno de matices, con el que ha sido un placer y un aprendizaje poder conversar.

Pasen y lean a este semiótico de talento: quince minutos deliciosos para una entrevista con Carlos A. Scolari.

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INFLUENCIAS VITALES E INTELECTUALES

Tengo la impresión de una biografía global y urgente: argentino, residente en España y profesor universitario en la Universidad Pompeu Fabra (Cataluña), simultaneando estancias y proyectos en Europa, Sudamérica y EE. UU. Contagiando la pasión semiótica, ha centrado su línea de investigación en la ecología de los nuevos medios y en las narrativas transmedia; en todo ello, hay una voluntad de vincularse al presente en su vida y su obra: una respuesta a la velocidad de nuestra época histórica. Con un apunte personal, arranca esta entrevista: ¿hay algo de verdad en esta afirmación arriesgada? ¿Cuáles son las grandes influencias vitales e intelectuales que recorren su biografía?

El tiempo y el espacio se cruzan. Vengo de un par de familias de inmigrantes italianos llegados a la Argentina a finales del siglo XIX. Después de un par de generaciones esa europeidad ya se había totalmente diluido y transformado en argentinidad. Cuando terminé la licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario el 24 de junio de 1987, el mismo día en que nació Lionel Messi, comencé a trabajar como becario de investigación y hacía algunos bolos como periodista y guionista de cómics. Era una época muy intensa, la Argentina vivía su transición a la democracia y había muchas cosas por descubrir y para debatir. En ese momento la universidad era un hervidero y en las clases se pasaba de Foucault a Gramsci y Benjamin, y de ahí a Jesús Martín Barbero y Néstor García Canclini. A finales de los años ochenta esa dinámica tan frenética se fue poco a poco frenando y comencé a buscar otros horizontes.

Los años noventa me encuentran en Italia, totalmente alejado de la universidad, diseñando hipertextos y reflexionando sobre las interfaces. Mi primer libro… ¡no fue un libro! Fue un hipertexto sobre los hipertextos publicado en diskette por una editorial de Bologna en 1995. En Italia viví en primera línea el boom de las ciberculturas, los debates sobre la web –mi página personal Modernclicks.net nació en 1996— y los desafíos que imponía el diseño de interfaces y la creación de productos interactivos. En 1998 retorno a la universidad para hacer el doctorado. Mi tesis —dedicada a la semiótica de las interfaces digitales y los procesos de interacción— fue dirigida en la Università Cattolica di Milano por Gianfranco Bettetini, uno de los padres de la semiótica italiana.

Ya doctorado, en 2002 me transfiero a Cataluña para integrarme a los nuevos estudios de comunicación de la Universitat de Vic, hasta que en 2010 entro a formar parte del Departamento de Comunicación de la Universitat Pompeu Fabra, donde encontré un ámbito de trabajo excepcional a nivel humano, intelectual y académico.

Ahora puedo regresar a la pregunta… me considero un nómada, un migrante que tuvo la suerte de vivir varios pasajes: de lo analógico a lo digital, de América a Europa y de la máquina de escribir Olivetti al MacBook. Haber vivido el nacimiento de la web en una empresa dedicada a la producción multimedia me marcó a fondo. Las redes digitales aceleraron aún más los flujos de información que la electricidad —ese medio disruptivo según Marshall McLuhan— había activado a mediados del siglo XIX con el telégrafo. Me interesa mucho esta aceleración que, entre otras cosas, implica la fragmentación de las experiencias culturales, la brevedad en los formatos textuales y la emergencia de nuevas formas de comunicación. Ser nómada, moverse no sólo en sentido físico, es quizá la forma que tenemos de adaptarnos a esta nueva ecología mediática. En un entorno tan fluido quedarse quieto, no ser nómada, es como hundirse. Algunos pensadores como el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han (otro migrante…) postulan la necesidad de frenar para poder reflexionar. Nada nuevo: ya lo proponía Italo Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio. A mí no me asusta la velocidad, la disfruto, me entusiasma. Me siento muy cercano al Baricco de Los Bárbaros cuando explica que, si uno se detiene, la bicicleta se cae…

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NARRATIVA TRANSMEDIA

Una línea actual de investigación muy importante es la de las narrativas transmedia, tema en el que es uno de los más importantes expertos mundiales. En ella, como en otras prácticas, se está produciendo una transferencia del aprendizaje informal al formal; sé de vuestra perspectiva de investigación en la U. Pompeu Fabra en la definición de un transmedia literacy/alfabetismo transmedia y, sin embargo, creo que sus potencialidades aún están por explicar para la comunidad educativa: ¿qué pueden aportar metodológicamente las narrativas transmedia a la educación actual? ¿No hay, en esta línea de transferencia, la posibilidad y necesidad de un docente, un alumno y una clase transmedia para la educación del s. XXI?

Las narrativas transmedia tienen dos dimensiones que las caracterizan: por un lado la historia se cuenta en muchos medios y plataformas. Por ejemplo, un relato puede comenzar en un cómic (Spiderman), continuar en un dibujo animado, expandirse a un videojuego y terminar incluyendo largometrajes, merchandising, atracciones en los parques y cientos de contenidos. Por otro lado, y esta es quizá la característica más interesante, los fans o prosumidores (productores + consumidores) participan en la expansión narrativa creando sus propios contenidos. Estos contenidos se suelen compartir en portales específicos —como Fanfiction.net— o en las redes sociales (YouTube en primer lugar). Esta segunda característica de las narrativas transmedia, o sea, la producción de contenidos por parte de los usuarios (en inglés los “user-generated contents”), forma parte del fascinante mundo de las “culturas participativas”.

Ahora bien, ¿cómo podemos vincular esta lógica de producción comunicativa con la educación? De varias maneras. La primera es obvia: en vez de estudiar el viaje de Colón o las campañas de Napoleón leyendo un libro se podría trabajar en el aula a partir de películas, cómics o videojuegos. Esto no es nuevo y desde hace un par de décadas hay experiencias interesantes. A mí me interesan otros cruces en las narrativas transmedia y la educación: ¿por qué no pasamos de los user-generated contents a los student-generated contents? Hoy es perfectamente viable que los estudiantes desarrollen contenidos sobre un tema determinado, integrando diferentes medios y plataformas, que incluso pueden ser utilizados y expandidos por alumnos de otras clases (o en los años venideros). George Landow hacía cosas por el estilo en sus cursos de literatura a finales de los años ochenta, antes de que naciera la World Wide Web… Me parece que aquí existe un filón muy interesante para trabajar en el aula: pasaríamos de un modelo educativo todavía en gran parte centrado en el libro impreso —donde el profesor controla que el alumno repita fielmente lo que está escrito en sus páginas— a un modelo donde el contenido emerge de las interacciones entre los sujetos que participan del proceso de enseñanza-aprendizaje. Cuando el ciberfilósofo Pierre Lévy hablaba de “inteligencia colectiva” en los años noventa estaba precisamente describiendo esta situación: la construcción colectiva de saberes a través de las redes.

…de la máquina de escribir Olivetti al MacBook

Respecto a lo que en nuestro equipo de investigación denominamos “alfabetismo mediático” (transmedia literacy), para llegar a este concepto debemos realizar un pequeño rodeo histórico… El alfabetismo (“literacy”) tradicional tenía como objetivo la enseñanza de la lecto-escritura, sobre todo a los adultos y especialmente en aquellos países o sectores sociales donde la escuela pública había llegado de manera parcial o directamente no había llegado. A lo largo del siglo XX se realizaron campañas y se diseñaron estrategias de alfabetización en todo el mundo. En los años sesenta el pedagogo Paulo Freire le dio una vuelta de tuerca a estas estrategias: se trataba de leer la palabra pero también el mundo. Freire propuso una metodología que iba mucho más allá de la enseñanza de la lecto-escritura: el sujeto se asumía como tal en plenitud, como sujeto consciente, crítico y transformador del mundo.

La difusión de la televisión hizo entrar en crisis las estructuras educativas: la escuela tenía que competir con “esa cosa” que estaba en todas las casas. Ya en los años sesenta se perfilan dos respuestas: por un lado, la televisión educativa, o sea el uso del medio como instrumento de formación; por otra parte, surge el “alfabetismo mediático” (“media literacy”): hay que enseñar a los jóvenes a “resistir” los mensajes de los medios, fomentar una mirada crítica de los contenidos, sobre todo televisivos. Los profesionales de la alfabetización mediática hablaban literalmente de “inocular” anticuerpos para resistir los demonios que aparentemente salían del tubo catódico y comían a los niños…

Hoy es perfectamente viable que los estudiantes desarrollen

contenidos sobre un tema determinado

Con la difusión de las tecnologías digitales y la web, el concepto de media literacy se quedó corto. Así fue que nacieron la Internet literacy, new media literacy, digital literacy, information literacy, hypermedia literacy, 21st century literacy, metaliteracy, transliteracy… En mayor o menor medida, todas estas nuevas formas del alfabetismo mediático proponen actualizar el conjunto de competencias que un sujeto debe conocer para moverse en la sociedad digital, desde utilizar un procesador de texto hasta saber buscar información, filtrarla y analizarla de manera crítica. Enseñar estas competencias dentro del ámbito educativo formal es necesario, deberían ser incorporadas en los planes de estudio y ejercitadas a todos los niveles, desde la escuela primaria hasta la universidad. Sin embargo, en la ecología de los medios están pasando otras cosas… ¿Qué pasa en la ecología mediática? Las nuevas generaciones están haciendo cosas con los medios fuera de la escuela. Los jóvenes están desarrollando competencias con los videojuegos, a través del uso de las redes sociales o participando en comunidades virtuales. En nuestras investigaciones encontramos jugadores muy sofisticados que compiten en red con jóvenes de otros países y se comunican en tiempo real en inglés; también identificamos adolescentes que escriben fanfiction y la comparten en comunidades como Wattpad, por no hablar de la generación masiva de contenidos en plataformas como YouTube o Instagram. En breve: si la media literacy tradicional se proponía enseñar a hacer un consumo crítico de los medios, desde la perspectiva de la transmedia literacy nos interesa investigar el componente creativo, colaborativo y extra-escolar. O sea, nos interesa investigar qué están haciendo los jóvenes con los medios fuera de la escuela. Cuando un joven no sabe cómo pasar de nivel en un videojuego, o tiene dudas sobre la aplicación de un filtro en Instagram, no le pregunta al profesor ni a sus padres: recurre a la red, por ejemplo a los YouTubers o a espacios de discusión en línea. Son estas estrategias informales de aprendizaje las que estamos estudiando en la Universitat Pompeu Fabra. En los dos proyectos de investigación que coordino, uno a nivel español y el otro internacional, además de mapear las cosas que hacen los jóvenes con los medios fuera de la escuela, nos interesa diseñar actividades didácticas para recuperar esos saberes y competencias dentro de la escuela. El objetivo final es acercar el mundo “real” de los jóvenes —ese mundo frenético de redes, móviles y YouTubers— a la escuela, acortar las distancias entre dos esferas todavía muy separadas a pesar de los esfuerzos de muchas instituciones educativas y docentes.

Desde la perspectiva de la transmedia literacy nos interesa

investigar el componente creativo, colaborativo y extra-escolar

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HIPERMEDIACIONES

En su obra Hipermediaciones1, definía ese mismo concepto que da pie al título, de esta forma: “procesos de intercambio, producción y consumo simbólico que se desarrollan en un entorno caracterizado por una gran cantidad de sujetos, medios y lenguajes interconectados tecnológicamente de manera reticular entre sí”2. Reconocía con ello la influencia de Jesús Martín-Barbero (“de los medios a las mediaciones”), en ese cambio de perspectiva que usted propone: “de los (nuevos) medios a las (hiper) mediaciones”. Me parecía muy interesante por varias razones, pero hay una que quisiera resaltar: focalizar nuestra atención en la complejidad que introduce la red. Arribando a nuestro presente, y siguiendo su interpretación: ¿cómo sintetizaría, para nuestros lectores, la novedad de los procesos de comunicación digital interactiva en su evolución vertiginosa hasta hoy?

Mapear los cambios en el ecosistema mediático no es fácil: el sistema está todavía atravesando un momento de desequilibrio que, podría decirse, comenzó con la llegada de la World Wide Web a comienzos de los años noventa. Las transformaciones afectan a todos los ámbitos, desde los procesos de producción —con la aparición de nuevas figuras profesionales (infógrafos, community managers, diseñadores de interfaces) y la extinción de otras (responsables de archivos, correctores), nuevas rutinas productivas y lógicas colaborativas de producción— hasta las modalidades de consumo mediático. La familia reunida frente a la pantalla del televisor (la imagen clásica de los Simpsons) es un fotograma del pasado: ahora cada miembro de la familia consume lo que quiere y cuando quiere, en su propia pantalla.

Esta fragmentación del consumo, aunque quizá sea más correcto decir atomización del consumo, es una bomba que hace saltar por los aires el modelo de negocios del broadcasting, el cual se basaba precisamente en vender gente sentada frente a la pantalla mirando lo mismo a la misma hora. Estamos entrando a ritmo acelerado en la época del post-broadcasting, y eso genera tensiones y discusiones. Por ejemplo, cada semana tenemos grandes debates sobre las audiencias de El Ministerio del Tiempo, una serie con una performance no tan buena en la pantalla tradicional pero con un consumo interactivo —a nivel conversacional— altísimo en las redes. El sistema sigue pensando y funcionando por inercia con el modelo broadcasting, les cuesta cambiar el chip y pensar en los términos que la nueva ecología de los medios reclama. Dicho en breve: si RTVE cancela El Ministerio del Tiempo por “baja audiencia” (en pantalla tradicional) puede estar destruyendo una posible gallina de los huevos de oro. Dr Who, uno de los productos clásicos de la industria cultural británica, desde hace medio siglo genera enormes ingresos gracias a sus series, películas, libros, videojuegos y miles de productos de merchandising. Desde esta perspectiva transmedia, El Ministerio del Tiempo podría ser el Dr. Who español.

Ahora cada miembro de la familia consume lo que quiere

y cuando quiere, en su propia pantalla

Volviendo a los cambios en la ecología mediática, no debemos olvidarnos de los textos. No es casual que aumente la cantidad de microtextos, desde los tuits hasta los whatsapps, pasando por el boom de la microficción, los tráilers o las webseries. Los textos breves se adaptan muy bien a la nueva ecología mediática: son contenidos intersticiales que, como dice el investigador argentino Roberto Igarza, constituyen nuestras burbujas de ocio. Los textos breves se mueven rápido en las redes. También se cruzan entre sí, dando lugar a hibridaciones textuales. Por otra parte, el texto digital es más fácil de manipular y hacer circular. Hoy cualquier chico puede ponerle subtítulos a Hitler y convertirlo en un vídeo viral en YouTube.

Los cambios en el ecosistema de medios afectan a otras esferas, desde la educación hasta el arte y la cultura. También a las universidades, donde en muchos casos todavía por inercia se siguen formando a profesionales para el viejo sistema del broadcasting.

Desde esta perspectiva transmedia, El Ministerio del Tiempo

podría ser el Dr. Who español

¿Cómo sigue esta evolución? Imposible decirlo. Podemos barajar algunas hipótesis en función de las transformaciones del pasado, pero no podemos ir mucho más allá. La ecología de los medios es un sistema complejo donde cualquier microcambio puede tener consecuencias enormes. Una nueva interfaz, un nuevo dispositivo, una nueva combinación de tecnologías puede abrir un nuevo mercado y sepultar a actores que hoy están muy seguros en Silicon Valley contando dólares. Hace quince años todas las webs tenían tecnología Flash y hace solo diez años Nokia era una de las reinas de la galaxia tecnológica… YouTube nació en 2005 y ya transformó toda la economía del audiovisual. La web tiene ocho mil días de vida. No hemos visto nada todavía.

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CONCIENCIA SEMIÓTICA

Usted ha señalado que los estudios de comunicación tienen un estatuto problemático y precario como disciplina que, a la vez que una debilidad, puede comprenderse como una fortaleza —una prueba es que, históricamente, es una disciplina importadora de conceptos y/o teorías, más que exportadora—. Esta breve introducción sitúa a los lectores para nuestra pregunta: ¿qué aporta, en general, la conciencia semiótica al mundo saturado del s. XXI? ¿Está de acuerdo con el añorado maestro Umberto Eco de la necesidad de una teoría del filtro para esa problemática —para Clay Shirky éste no lo es, lo define como deficiencia de filtrado—, que nos singulariza: la saturación informacional?

La semiótica tiene mala fama en España. En Italia, Francia o América Latina es un saber consolidado, asentado en el mundo académico y con muchas ramificaciones en el mundo profesional. A menudo me encuentro con colegas de españoles que repiten eso de que “la semiótica no se entiende” o “no sirve”. Más allá de ciertas derivas demasiado filosóficas o incluso ilusionistas —el semiótico como “mago” que desvela algún misterioso significado oculto— yo considero a esta disciplina como un conjunto de conceptos y categorías de análisis muy útiles para los profesionales e investigadores.

Dicho esto, a veces tengo la impresión de que la semiótica latina —me refiero a la semiótica que se mueve entre la obra de Umberto Eco y Algirdas Greimas, o sea, al arco que va de Italia a Argentina, pasando por Francia, España, Portugal y el resto de América Latina— necesita un upgrade teórico-metodológico. En la semiótica anglosajona se están discutiendo cosas como el big data o la teoría de la complejidad, que están ausentes en la reflexión latina, la cual sigue en buena parte anclada en las cuestiones textuales y narrativas.

Respecto a Eco, su posición frente a las nuevas formas de comunicación digital interactiva fluctuó entre la experimentación con el hipertexto —en los años noventa Eco movilizó uno de los proyectos multimedia más ambiciosos, la Encyclomedia  de la cultura europea en CD Roms— hasta las advertencias sobre la creciente infoxicación y la necesidad de aprender a filtrar contenidos. En ese sentido, Eco se encuadraba dentro de las new media literacies que mencioné antes: hay que enseñar a los sujetos a moverse en este mundo de redes aceleradas e informaciones fragmentadas. En los últimos años Eco asumió la defensa del libro impreso, un objeto “perfecto como la rueda y la cuchara”, imposible —según él— de mejorar. A su manera Eco encarnaba un modelo de intelectual libresco, entre medieval y renacentista, en franca extinción. Lo que más reivindico de Eco, además de sus textos y contribuciones teóricas, es su curiosidad casi infantil y su mirada transversal, cruzada e irónica, de los fenómenos culturales. Extrañaremos su saber infinito, esa máquina textual de espíritu borgeano.

La semiótica latina necesita un upgrade

teórico-metodológico

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NÓMADA DE LENGUAJES

La aparición de una nueva tecnología de la información y comunicación reordena siempre ese ecosistema en el que se injerta. En el caso de Internet, has afirmado: “la web no es un medio más, es un medio de medios”3. Aportando como tal, características propias: “Se apropia de lenguajes de los otros soportes: del texto, del audio, de la imagen en movimiento y le incorpora, además, características propias como la posibilidad de la interactividad inmediata, la intertextualidad, o la combinación de esos distintos lenguajes”. Quisiera compartir, conectándola, una afirmación de Roberto Calasso que, desde que la leí, me persigue por todo lo que sugiere: “El peligro es la psique del lector. No significa que un libro fuerte hoy no encuentre sus lectores. Es el tejido psíquico lo que ha cambiado. Es un tejido que rechaza muchas cosas”4. Desde lo anterior, ¿qué tipo de sujeto, nómada de lenguajes, se está creando en esta nueva y depredadora ecología comunicativa?

No soy experto en ciencias cognitivas ni en psicología, así que hablaré de prestado. En los años sesenta McLuhan, de manera polémica, dejó caer que los medios modelan a los sujetos sin que estos se den cuenta. Vivimos como peces en el agua, que no saben que existe algo llamado “agua” hasta que los sacamos de su pecera… A nosotros nos pasa algo similar: no tomamos conciencia de los medios hasta que una mañana nos despertamos y descubrimos que se cayó el wifi. Es entonces cuando el medio, el entorno tecnológico, se vuelve visible.

Los medios nos cambian, incluso a lo largo de la vida

Ahora bien, no es lo mismo una generación que crece con los libros impresos que una generación que se educa con la televisión, o una generación que vive en un entorno con Wikipedia, Google y El Rubius. En cada caso, los medios modelan la cognición y la percepción de los sujetos. Estas intuiciones de McLuhan hoy están siendo confirmadas empíricamente por las neurociencias que estudian fenómenos como la plasticidad cerebral. Los medios nos cambian, incluso a lo largo de la vida.

Para algunos —como Nicholas Carr, el autor del best seller Superficiales ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?— lo que está pasando es terrible y pone a riesgo la supervivencia del Homo sapiens.

Yo no soy para nada apocalíptico: a lo largo de la evolución de la especie humana se han sucedido las revoluciones tecnológicas y nos hemos adaptado a cada una de ellas; quizá ahora la gran novedad es que esta mutación es muy rápida y la estamos viviendo a lo largo de una generación. En todas esas revoluciones —como la difusión de la escritura hace seis mil años o la irrupción de la imprenta en la segunda mitad del siglo XV— se perdieron cosas y se ganaron otras. Muchas de las críticas feroces que hoy se hacen a los videojuegos —por ejemplo, que generan aislamiento— ya se hacían a la novela hace dos siglos. Por este motivo, conviene serenarse, mirar con ojo crítico lo que está pasando a nuestro alrededor, pero sin perder de vista una perspectiva evolutiva, a largo plazo, de estos procesos que no son precisamente nuevos ni se acaban mañana.

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GLOBALIZACIONES DIFERENTES

Manuel Castells ha definido un nuevo concepto, el de autocomunicación de masas: “la comunicación que seleccionamos nosotros mismos, pero que tiene el potencial de llegar a masas en términos generales, o a las personas o grupos de personas que seleccionamos en nuestras redes sociales”5. Y nos explica el cómo de la autonomía comunicativa de cada uno de nosotros en la Web 2.0., a través de tres características: contenido autogenerado, emisión autodirigida y recepción autoseleccionada. La migración digital de los medios tradicionales es imparable, pero quisiera aplicar este esquema al ámbito político: ¿hay ya en marcha una migración digital, asimismo, de la política contemporánea? ¿O hay diferentes tiempos y ritmos en esta globalización que parece, en verdad, una simultaneidad de globalizaciones diferentes?

A mí no me entusiasma el concepto de “autocomunicación de masas” (¿la masa se comunica consigo misma?) pero no puedo dejar de apreciar las contribuciones de Castells, quien desde hace dos décadas investiga de manera global la gran mutación que estamos atravesando. Como dije antes, los cambios en la ecología mediática afectan a otras esferas, inclusive la política. En la vieja ecología la especie dominante era la televisión: eso llevó a la consolidación de la videopolítica, un proceso que comenzó con el debate Kennedy-Nixon en 1960 y culmina con los profesionales de la comunicación televisiva asesorando a los candidatos. La política, en ese entorno, es una puesta en escena mediática. Dicho en otras palabras, la política se mediatiza, se diseña y ejerce para expresarse en los medios.

…en ese claroscuro surgen los monstruos

Respecto a la situación actual, podría decirse que los partidos políticos, como en gran medida la universidad o los sindicatos, constituyen una interfaz vieja que necesita ser rediseñada. Los partidos, en tanto interfaz entre los ciudadanos y el poder, son estructuras con un DNA viejo, de la sociedad de masas industrial, que reclama a gritos su actualización. En España esta tensión entre los viejos partidos-interfaces y los nuevos es clarísima, mucho más que en otros países europeos. Es un momento apasionante para analizar el surgimiento de lo nuevo, con todas sus contradicciones, tensiones e hibridaciones. Antonio Gramsci, un viejo intelectual muy apreciado por algunos de los intérpretes de la nueva política, tenía una frase que viene al caso: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.

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EXPLOSIÓN INFORMACIONAL

El ecosistema mediático se ha pluralizado en la misma medida que ha ganado complejidad —¡qué potencia tienen las metáforas en el discurso filosófico y semiótico, imposible aquí no recordar a Hans Blumenberg!—, y somos los protagonistas de una explosión informacional y comunicativa sin precedentes históricos. De ahí que tengamos, muchas veces, un sentimiento ambivalente —para Zygmunt Bauman6 definiría este mundo líquido— respecto a nuestro tiempo: ¿la velocidad del cambio tecnológico y mediático no es un desafío y, en el límite, una imposibilidad para su reflexión teórica? ¿Podemos comprender y convivir con esta incertidumbre estructural —Edgar Morin justificaría nuestra afirmación—, o, por el contrario, nos domina ella a nosotros sin que reparemos siquiera en ello?

Como ya dije, algunos sostienen la imposibilidad de desarrollar un pensamiento crítico a la velocidad de circulación de las redes digitales. Bauman habla del mundo líquido como extrañando un mítico pasado sólido y slow donde se podía pensar con calma hojeando un libro mientras se saboreaba un café en un bar de Viena… Yo reivindico otra forma de pensar, incluso de escritura. Intelectuales como Jorge Carrión, Agustín Fernández Mallo, Eloy Fernández Porta, Vicente Luis Mora o Alessandro Baricco, formados en la mejor tradición del libro impreso, han logrado ampliar sus registros en las redes sociales, el cómic, la performance, la televisión o en formatos híbridos para adaptarse a las nuevas condiciones de la ecología mediática. El conocimiento hoy se produce, circula y se consume de otra manera. Conviene siempre mirar a las transformaciones del pasado: para un pensador medieval, acostumbrado a expresar su pensamiento a través de comentarios en los márgenes de los manuscritos, la proliferación de libros que trajo la máquina de Gutenberg seguramente le generaba vértigo y sensación de asfixia textual. Conozco intelectuales que, después de despotricar contra la televisión durante décadas, hoy la reivindican (“por lo menos antes hablábamos entre nosotros frente a la pantalla”). Nuestros nietos extrañarán esa época maravillosa donde se enviaban mensajitos efímeros con Snapchat o Auron Play criticaba a Gran Hermano. ¡Eso era cultura!

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SOCIEDAD DEL RENDIMIENTO

Persevero en el presente, cambiando la perspectiva. Sigue existiendo un malestar continuo en la cultura actual, hijo de un nihilismo que caracteriza a la cultura occidental y que —ésa es mi duda— no sé si sigue siendo contemporáneo y no sólo coetáneo como diría el pensador español Javier Gomá. Otro filósofo, Byung-Chul Han7, ha conceptualizado en esa síntesis minimalista de su escritura, un nuevo paradigma donde supuestamente vivimos y pensamos: la sociedad del rendimiento. Conozco su lectura8, y quisiera desde esa familiaridad común, hacer partícipes a nuestros lectores: ¿este capitalismo y sociedad actual, en su rostro principal, nos devuelve ese diagnóstico hipercrítico de la interpretación de Han? ¿No hay en su valoración del mundo digital un reduccionismo que, además de apocalíptico, delata un desconocimiento que afecta a una parte de la intelectualidad actual?

Me interesa mucho Byung-Chul Han porque, por el mismo precio y al mismo tiempo, concentra muchas de las tensiones y conflictos de los cuales venimos hablando. Por un lado Byung-Chul Han se presenta como un Foucault 2.0 que actualiza la reflexión sobre el panóptico. También los ecos de Lyotard y Baudrillard se dejan sentir de manera evidente en la obra de este filósofo. No resulta tan traumático coincidir con Byung-Chul Han cuando critica la sociedad positiva (“Me gusta”) o la idea de “rendimiento”. En mi universidad, la Pompeu Fabra, estamos muy contentos: ¡esta semana salimos primeros en el ranking español de “rendimiento” universitario! Por mi parte, no me siento satisfecho: en lo que va del año todavía no he publicado ni un solo artículo en el ISI Web of Science… ¡No estoy “rindiendo” lo suficiente! Eso “no me gusta”… ¿Podemos evaluar una institución educativa solo a partir de los artículos publicados o proyectos de investigación obtenidos? ¿Cómo se mide el rendimiento “social” de una institución pública? Pasa algo similar con las televisiones públicas: ¿debemos medir su “rendimiento” a partir del rating de sus programas? ¿O la televisión pública debería cumplir otras funciones y, por lo tanto, tendría que ser evaluada a partir de otros criterios más allá de su “rendimiento” a nivel de audiencias? Ya sea a nivel individual como institucional, si reducimos todo al rendimiento quedamos atados a una lógica reductiva centralizada en lo productivo. Las universidades no son empresas, ni los alumnos, clientes. Byung-Chul Han hace bien en meter el dedo en la llaga del rendimiento. Pero cuando se pone a reflexionar sobre la sociedad digital, tengo la impresión de que cae en lugares ya transitados. Llega a decir banalidades como que “el exceso de información hace que se atrofie el pensamiento”. Lo reconozco: cuando Byung-Chul Han se pone a reflexionar sobre lo digital me aburre. Su mirada es unidireccional, sólo ilumina una dimensión de las tecnologías digitales —la negativa— y termina generando una fuerza que se anula con la de los discursos positivos sobre las “nuevas tecnologías” digitales. Si sumamos Negroponte + Byung-Chul Han, el resultado siempre será cero.

Byung-Chul Han se presenta como un Foucault 2.0

Una cosa me llamó la atención: si bien Byung-Chul Han critica la configuración que está adoptando la sociedad contemporánea, desplegando una mirada que nos recuerda a la de los pensadores nacidos en el siglo XIX que se confrontaron con la naciente cultura de masas, su producción está más que en sintonía con los ritmos, polifonías y fragmentaciones de ese mundo. Me explico: sus libros son breves y de fácil lectura, hilvanados con frases cortas, casi tuits, que vuelven una y otra vez sobre los nudos conceptuales de su pensamiento: el panóptico digital, la auto-explotación, la fragmentación, el rendimiento, la positividad, la falta de silencio… Byung-Chul Han critica el caos y la velocidad acelerada de las sociedades contemporáneas, pero compone textos totalmente adaptados a ese ecosistema. Si bien encarna un espíritu adorniano, a la hora de escribir Byung-Chul Han se acerca mucho a McLuhan —el gran creador de aforismos/tuis sobre la cultura de masas— pero aún más a los bárbaros de Baricco. Quizá la suya sea una filosofía para bárbaros… o para dummies.

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INNOVACIÓN SIMULACRO

Al igual que ocurrió en otros ámbitos, la irrupción digital ha llegado y está ocupando ese sistema educativo heredero de una sociedad industrial: son las condiciones de un nuevo contexto histórico que exige una transformación educativa en todas sus estructuras, procesos y elementos; en verdad, la historia nunca pide permiso. Aprovechando esta necesidad, existe una innovación simulacro que no está avalada por ninguna evidencia y que prolifera con su jerga novedosa, de ahí lo importante de diferenciar entre aquellas nuevas condiciones históricas -inevitables, son nuestro presente-, y estos espejismos que siguen teniendo un gran impacto mediático: ¿cuáles son, en la perspectiva histórica de la Web, esos cambios que han revolucionado el ámbito educativo (y lo siguen haciendo)?

El discurso de la innovación, junto a la galaxia semántica que lo acompaña (pienso en conceptos como emprendedor, startup, etc.), no sólo se expresa en el ámbito educativo sino que atraviesa todo el campo cultural. Quisiera ser claro: no estoy contra la innovación. Pero, ¡no caigamos en las trampas del innovacionismo! He escuchado muchas veces a personajes conservadores, cuando no directamente retrógrados, llenarse la boca hablando de innovación, internacionalización y creación de empresas… para seguir al día siguiente inmersos en las mismas lógicas rutinarias y reproductivistas. Este tema da para varias entrevistas, es muy rico: por una parte, el discurso económico —en su versión neoliberal— se convierte en filosofía, asume una centralidad en la esfera cultural que lo posiciona como el eje articulador de toda la vida social. Esta centralidad del discurso económico la sufrimos durante un par de décadas en la Argentina, un período bastante oscuro donde gobernaban los ministros de economía y sus tecnócratas. En ese contexto, cualquier “emprendedor” está legitimado para dar lecciones a cualquier otro profesional o en cualquier otro campo. Existe gente que nunca pisó una universidad, pero hace conferencias explicando cómo debe ser la universidad. Es como si yo me metiera en una fábrica de Vic a explicarle al Sr. Tarradellas cómo debe introducir la carne picada en el fuet… La hegemonía de este discurso termina generando la obligación de innovar, eso que llamo innovacionismo. Y vuelvo a aclararlo: hay que cambiar las cosas, en más de un caso de manera radical, pero ese proceso no puede estar en manos de un par de tecnócratas ni realizarse bajo las banderas del “rendimiento” y de una “positividad” cargada de la retórica típica de los libros de autoayuda.

…si reducimos todo al rendimiento quedamos atados a

una lógica reductiva centralizada en lo productivo

¿Cómo se expresa este discurso en la universidad? Bueno, se ha difundido bastante la idea de que la universidad debe formar “emprendedores” y acoplarse a las lógicas productivas y profesionales. Estoy de acuerdo en que la universidad debe romper la endogamia y el ensimismamiento, pero debería acercarse a toda la sociedad, no sólo a algunos de sus actores. La universidad española, de frente a la crisis, ha sido un actor mudo, replegado sobre sí mismo, que solo atina a lamerse las heridas y no mover demasiado las aguas.

La exigencia de que la universidad deba formar “emprendedores” no es muy seria: hace unas décadas, en algunos países latinoamericanos, se le exigía a la universidad que formara cuadros políticos revolucionarios… Son siempre necesidades coyunturales: la universidad es una institución que tiene mil (sí, mil) años de vida y es anterior al capitalismo y a las revoluciones sociales.

Hoy la universidad, como ya mencioné, es una interfaz en crisis que debe ser rediseñada.

INNOVACIÓN  INNOVACIONISMO

¿Puede venir ese cambio de adentro? Lo veo complicado. La universidad es un mecanismo diseñado sobre todo para reproducir el conocimiento… y a sí misma. Tiene protocolos, rutinas y lógicas muy asentadas y difíciles de transformar. La universidad se mueve más por inputs externos —como el Plan Bolonia— que por sus propios vectores internos. Por otro lado, no creo que la universidad sea un aparato totalmente inmóvil: evoluciona lentamente, pero evoluciona (de otra forma no hubiera podido sobrevivir tantos siglos). Sin embargo, y volvemos otra vez al tema de la velocidad, la universidad debe acelerar su adaptación si quiere ser relevante en el nuevo ecosistema educativo.

Dado que tampoco en este caso podemos hacer previsiones detalladas sobre la evolución futura de la universidad, lo que sí podemos afirmar con una cierta seguridad es que la universidad, al igual que las instituciones educativas tradicionales, no tendrá más el monopolio de la enseñanza. Así como la ecología mediática se pobló con nuevas especies –obligando a las viejas especies mediáticas como la prensa, la televisión o el cine a adaptarse si querían sobrevivir—, también la ecología educativa se está poblando con otras especies, desde los MOOC hasta plataformas como Khan Academy o la P2P University, o el mismísimo YouTube. También en esta esfera debemos estar atentos a las nuevas lógicas, procesos y actores que entran en juego. No está todo dicho.

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EDUCACIÓN EN EL S. XXI

Termino con una pregunta que condensa una larga reflexión y que otros autores en esta línea de entrevistas han respondido; una pregunta necesaria para tener claridad de lo que pensamos: ¿cómo sintetizaría en tres claves la educación el s. XXI?

Continua: no soy original, lo sé. La formación no se puede reducir a un número predeterminado de años. Hoy no conocemos los saberes que se necesitarán dentro de diez años. Esta educación continua pasará por diferentes espacios, formatos e incluso fuera de las instituciones tradicionales. En este contexto, discutir si la universidad debe ser tres más dos o cuatro más uno, es irrelevante. Es como ir en tren de Barcelona a Moscú y discutir si iremos a La Jonquera en AVE o Cercanías.

Colaborativa: intercambio de roles entre alumnos y profesores. Todos enseñan, todos aprenden. A lo mejor tenemos suerte y dejamos de citar a Paulo Freire para comenzar a aplicarlo.

Flexible: procesos centrados en los sujetos más que en los planes de estudios del Ministerio. Quizá somos aún más afortunados y el único Ministerio que sobrevive es el del Tiempo.

SCOLARI-09-INED21

Gracias por sus respuestas, Carlos. Hay autores que, al leerlos, nos producen una sintonía que pocas veces se da: saben captar el ritmo de lo contemporáneo, y nos han hecho partícipes de ello. Algo extremadamente difícil porque es necesario ese olfato del que se vanagloriaba Nietzsche: pocos lo tienen, y Carlos A. Scolari es uno de ellos.

Aunque el presente es la trama más laberíntica de todas, estoy seguro que pronto nos volveremos a encontrar: gracias, personalmente y desde INED21, por su amabilidad y su implicación en la entrevista. Todo nos delata, como sabe la mirada semiótica.


NOTAS

1Carlos Alberto Scolari, Hipermediaciones. Elementos para una Teoría de la Comunicación Digital Interactiva, Editorial Gedisa, Barcelona, 2008.

2Carlos Alberto Scolari, op. cit., pág 113-114.

3La nueva ecología de medios y el gran desafío de sobrevivir.

4 Entrevista a Roberto Calasso en El País.

5 Pág. 88, Comunicación y poder, Alianza Editorial, 2009.

6 Hace tiempo en la serie Una tarde con, desarrollé una interpretación de la obra completa de Zygmunt Bauman.

7 Byung-Chul Han es un filósofo alemán actual, de origen coreano, con un éxito imparable a nivel internacional; en español, tenemos gran parte de su obra traducida en Herder Editorial, la última que ha sido publicada es: Topología de la violencia, Herder Editorial, Marzo 2016.

Así lo confirman dos buenos artículos de su blog sobre la obra de Byung-Chul Han: TRANSPARENCIA, CANSANCIO Y PSICOPOLÍTICA (I) y FILOSOFÍA PARA DUMMIES? (II).

  • Cristian Parodi

    Súper interesante! Lo único que me llamó la atención fue sentir un tono que no estaba en sincronía con el resto de las reflexiones, cuando toma el ejemplo de personas que dicen cómo deben ser la universidad sin haberlas pisado. La producción de innovaciones no pertenecen a un contexto determinado, de hecho se alimentan de distintas Fuentes. Pienso en dos ejemplos : Orson Wells y Steve Jobs. Dos personas que transformaron entidades muy establecidas (narrativa cinematográfica , entretenimiento) sin haber sido miembros de esos clubes.
    Excelente entrevista !!

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