DOCENTE FINISHER

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Mi amigo Carlos Llano publicó hace tiempo un libro emocionante, «De oficinista a finisher» (Alienta Editorial) en el que nos narra su experiencia como alguien que se gana el sueldo en una mesa de oficina, pero sabe sacarle chispas a la vida participando en carreras de largo recorrido, de ésas en las que con piernas, mochila y pundonor uno recorre 200 kilómetros en una selva, en un desierto o atravesando cuatro montañas.

Como Carlos, muchos profesores hacen de su día a día una carrera de largo recorrido jalonada de obstáculos, dificultades y contratiempos. No en vano, la labor docente se desarrolla con y para personas, en proceso de maduración para más complejidad.

Es por eso que, al igual que un buen finisher, el profesional del aula ha de improvisar, convertir la complicación en oportunidad y ser flexible ante lo que se encuentra a cada paso. No hay dos días iguales en el aula; la rutina no existe si de acompañar niños y adolescentes se trata.

Instruir puede ser tedioso;

educar es siempre emocionante

De ahí que habrá que preguntarse si es válido el continuo proceso de estandarización y regulación a la que se somete la labor educativa, en aras de la calidad, con la cantinela de la mejora de resultados o del control de procedimientos. Lo planteo como duda (una duda casi existencial).

¿Son válidos los patrones uniformizadores cuando se trata de educar? Igualdad de oportunidades, sí, pero tendiendo a la equidad y no a la igualdad. El finisher, valga la metáfora, corre una distancia fija e igual para todos los participantes; sin embargo, cada cual escoge sus zapatillas, su equipamiento, su avituallamiento, su ritmo y hasta cuándo y qué va a beber o por dónde va a avanzar.

Como toda metáfora, ésta tiene sus lagunas, por supuesto, pero la aceptamos para comparar el espíritu dinámico y de superación de Carlos Llano con el de cualquier profesor que cree en la capacidad para empatizar, superarse, acompañar y amoldarse a lo que se va encontrando cada clase.

Programaciones, rúbricas, consensos, proyectos ordenados, estándares de calidad… ¡Claro que sí! No vamos a renunciar a lo que nos ofrece la experiencia acumulada y el know-how de cada organización. Mucho menos vamos a saltarnos la legislación, simplemente porque va con el contrato. Tampoco se trata de convertir los centros educativos en nidos de anarquía ni de hacer de las clases un espacio de caos.

De lo que se trata es de aceptar la improvisación como parte de nuestra praxis. Y el dinamismo frente a palabras como rutina, homogeneización o secuenciación. Y a la persona ponerla por encima de la norma, sobre todo, si ésta emana de la burocracia leguleya. A fin de cuentas, se trata de educar, no de uniformizar.

Carlos Llano sigue corriendo. Entrena cada día, muchas veces de madrugada, antes de ir a la oficina. Podría usarse su ejemplo también como metáfora de cómo la vida nos lleva por caminos que ni sospechamos, muy útil para hablar a los alumnos de Bachillerato sobre el mito de las «carreras con salidas», como si el título solo ya permitiera abrirse paso en el mundo laboral (les aseguro que yo, aunque me pusiera las zapatillas de Carlos, no sería capaz de correr 200 kilómetros en tres días) o como si todo estuviera ya planificado desde el mismo momento en el que marcamos qué estudios hacer al acabar la Secundaria.

¡Quién le iba a decir a él que acaba que acabaría de

salvaje ultramaratoniano!

Pero eso es otro tema y ya lo abordaremos. Hoy me quedo con la idea de que en el aula, como en un trail, valen de poco los tedios y el afán por lo igualitario y de mucho las improvisaciones, tener cintura, saber amoldarse, perseguir la equidad frente a la uniformidad y, sobre todo, vivir con pasión.

Sin pasión, ni se corre ni se educa, solamente

se sobrevive

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