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Antes del siglo XX la escuela estaba organizada en función de las competencias de los escolares y su permanencia en los diversos grupos o clases dependía de su dominio de las competencias que en estas clases se requerían. Era una escuela típicamente no graduada.

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La escuela moderna es típicamente graduada y se organiza en función de la edad, asumiendo que todos los alumnos de las mismas edades tienen, básicamente, las mismas necesidades y demandas educativas. Cualquiera sabe que la capacidad de aprendizaje de los alumnos de las mismas edades varía enormemente, incluso en los grupos considerados homogéneos. Las diferencias pueden llegar a más de dos o tres años de escolaridad.

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La escuela actual basa el desarrollo del currículo preferentemente en la acción del profesor, sobre quien recae el peso didáctico, siendo el alumno en muchas ocasiones un mero espectador. Siendo así que el ritmo lo establece el profesor, de acuerdo con el grupo, la enseñanza se convierte en una actividad grupal no individual.

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Una enseñanza grupal se orienta al alumno medio que, por definición, no existe en ninguna parte, por tratarse de una abstracción. Este modelo pone de manifiesto su deficiencia cuando pensamos en los alumnos de baja capacidad y con dificultades de aprendizaje, que lleva a hacer adaptaciones diversas del currículo para adaptarse a sus necesidades. Los alumnos más capaces raramente, si en que se da en algún caso, gozan de estos beneficios, entre otras razones porque no están identificados.

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Se habla de “cambiar el modelo de enseñanza orientándola al aprendizaje y no a la transmisión de conocimientos”. Esta es una afirmación que conviene matizar y reformular, ya que me temo que no se refiere a lo que realmente dice. Brevemente, la transmisión de conocimientos (vía profesor, libros, medios electrónicos, etc.) es imprescindible para que se pueda promover el aprendizaje. La escuela siempre ha estado orientada al aprendizaje, ¿qué objeto tiene sino la transmisión de conocimientos, más que promover el aprendizaje de quien los recibe? Lo que probablemente se quiere señalar es que es preciso promover una escuela que fomente al máximo la participación de los alumnos en la adquisición de sus propios aprendizajes, huyendo de los métodos didácticos un tanto pasivos (lecciones expositivas, por ejemplo), que le hurtan a los alumnos el protagonismo que les pertenece. Esto se relaciona además con el interés por desarrollar el aprendizaje autónomo, el esfuerzo y la autoexigencia, sin los cuales lo anterior no pasa de una mera declaración de intenciones.

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El aprendizaje siempre es personal y se produce como una conquista del que aprende. De lo que hay que hablar es de qué tipo de aprendizajes buscamos y de qué metodologías podríamos beneficiarnos para que éste fuera más flexible, más permeable, más abierto al cambio y a la modificación continua, tanta como corresponde al progreso de los saberes en cada campo de la actividad humana. Se dice que los saberes pasan enseguida, y que lo que permanece son los hábitos intelectuales que su adquisición ha promovido. Pero no caigamos en la ingenuidad de pensar que las capacidades intelectuales, particularmente cognitivas y metacognitivas, se desarrollan en el vacío. Se adquieren en el trabajo intelectual, en la adquisición de conocimientos (en sentido profundo), incluso de aquéllos que se volverán viejos pronto.

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Para llevar esto a cabo es preciso que los profesores adquieran una formación que muchas veces no tienen. Que mejoren sus técnicas de evaluación como guía del proceso de aprendizaje, que mejores sus técnicas didácticas para acomodarse a las necesidades de cada alumno, siendo capaces de adaptarse a las necesidades de cada escolar.

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La formación de los profesores tiene que darse en dos planos: uno tiene que ver con la formación pedagógica y didáctica permanente que fomente el manejo eficiente de estas técnicas de individualización. El otro con su capacitación intelectual. En cualquier profesión la formación continua es una exigencia inexcusable. En la enseñanza debe serlo más todavía. Los profesores deberían venir obligados, de acuerdo con las Universidades, a actualizarse en el área de conocimientos que imparten, para estar permanentemente “al día”. No basta con conocer lo que contienen los libros de texto de los escolares, es preciso un recorrido intelectual de mucho mayor calado. No olvidemos que “ningún sistema educativo es mejor que sus profesores”. Y unos profesores que no sepan mucho de lo que enseñan no estarán en condiciones de facilitar el aprendizaje de los alumnos, o lo harán deficientemente.

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Vicerrector de Innovación y Desarrollo Educativo en la Universidad Internacional de La Rioja-UNIR desde septiembre de 2015, soy Catedrático de Métodos de Investigación y Diagnóstico en Educación y Doctor en Ciencias de la Educación y Ciencias Biológicas. Past-President del European Council for High Ability (2000-2004) y miembro del National Advisory Board del Center for Talented Youth (CTY) de la Universidad Johns Hopkins (2003-2011). Fundé y dirigí el centro para la atención educativa de alumnos de alta capacidad CTY España, International Charter Member del CTY de la Universidad Johns Hopkins (2001-2011). He sido profesor de la Universidad de Navarra durante 36 años (1979-2015). Mi carrera investigadora en el desarrollo del talento académico en jóvenes de alta capacidad me ha llevado a ser Consultant Editor de algunas de las revistas extranjeras más prestigiosas de este ámbito entre las que destacan: High Ability Studies, Education Today, Talent Development and Excellence, Sobredotaçao, Gifted and Talented International, Abilities and giftedness; así como de algunas de las españolas más reconocidas como la Revista Española de Pedagogía, Estudios sobre Educación, RELIEVE, Bordón, Educación XXI o Revista de Educación. Soy miembro de Sociedades Científicas como: International Association for Talent Development and Excellence European Council for High Ability World Council for Gifted and Talented Children National Association for Gifted Children (EE.UU) Sociedad Española de Pedagogía He publicado más de 150 trabajos de investigación en revistas españolas y extranjeras y soy autor y coautor de 30 libros y capítulos de libros, varios de ellos dedicados a la alta capacidad y el desarrollo del talento, así como a la evaluación de Sistemas Educativos.