VIVIR EDUCANDO

Un niño, desde que nace hasta los 16 años (edad en la que termina la educación obligatoria) vive 140.160 horas de las cuales, como mucho, solo 21.000 las pasará dentro de los centros educativos (sumando guardería, colegio e instituto), es decir, un 15% de su tiempo vital. Este dato, tan sorprendente como objetivo,  debería implicar por parte de profesionales de la educación y también de las familias, una profunda reflexión.

Porque la mayoría de esfuerzos, a todos los niveles, se destinan a preservar la calidad educativa de los centros de enseñanza (políticas educativas, formación del profesorado, proyectos e iniciativas municipales, inversión en nuevas tecnologías, ayudas para materiales escolares, surgimiento de nuevas metodologías didácticas…) pero, ¿qué pasa con el 85% de tiempo restante?

La clave para responder esta pregunta es entender el concepto “educación 24/7/360” o lo que es lo mismo, la idea de “vivir educando”.  Porque la realidad es que educamos siempre, 24 horas al día, 7 días a la semana y en 360 grados, es decir, que el aprendizaje se puede dar en cualquier dirección y en cualquier momento. Los adultos somos modelos emocionales y de conducta para nuestros hijos incluso cuando nuestro comportamiento no es el correcto. “Ten cuidado en como miras a tu hijo porque será la forma en la que él mirará el mundo”. Y la buena noticia para los padres y las madres es que para educar no se requieren conocimientos en pedagogía, ni dominio de la didáctica, ni grandes recursos económicos,  porque educar es una actitud.

LA IMPORTANCIA DEL DÍA A DÍA

Cuando se habla de educación, ya sea en foros pedagógicos, en cursos de formación, en ponencias informativas o en charlas informales de cafetería, surge irremediablemente la idea de que educar es muy difícil.

Cada vez son más los libros o los portales online que pretenden dar respuesta a las inquietudes educativas de los progenitores. Teorías, conceptos y metodologías, algunas contradictorias entre sí, se entrecruzan en las discusiones y los debates obligando implícitamente a los padres y educadores a posicionarse en cuanto a su concepto de la educación, hasta tal punto que gastan más energía justificando su posición o intentando convencer a los que no piensan igual que en la práctica educativa diaria.

Cuando se habla de educación, surge irremediablemente

la idea de que educar

es muy difícil

Por eso, tenemos que ser capaces de alejarnos de los argumentos teóricos, las etiquetas y las modas, e ir a la realidad, a los miles de instantes que se concentran en el día a día, que incluyen las comidas, el dormir, los paseos por la calle, las compras en el supermercado, la ducha, el visionado de la televisión, los trayectos en coche, los fines de semana, las tardes en el parque, la visita a los abuelos, las vacaciones y otras mil cosas más.

En definitiva, todos aquellos momentos cotidianos que, sumados, conforman el 85% de tiempo vital que los niños no están en los centros educativos. Porque es en estos momentos cuando, queramos o no, se dará el aprendizaje más significativo de nuestros hijos, tanto a nivel emocional como a nivel social.

Vivimos educando y cada día nos brinda infinidad de oportunidades educativas; entender esto es el mayor favor que podemos hacer a nuestros hijos.

¿EXISTE UNA FÓRMULA PARA EDUCAR BIEN?

Si bien hablar de una sola fórmula es un tanto osado, lo cierto es que todos los estudios realizados al respecto corroboran el hecho de que hay algunos ingredientes indispensables para la buena práctica educativa cotidiana que tienen una característica básica: están (o deberían estar) al alcance de todos. De todos ellos, hay tres que son absolutamente indispensables:

TIEMPO

Nunca en la historia los hijos han estado tantas horas alejados de los padres. Actualmente, se calcula que los pequeños están una media de nueve horas diarias sin la presencia de sus progenitores, con el desajuste emocional que esto conlleva, porque nadie puede suplir al padre y a la madre, ni profesionales de la educación, ni monitores, ni canguros; nadie.

La conclusión es simple: si no estás dispuesto a tener tiempo para tus hijos, no los tengas. Así de claro y así de contundente. Existen más de 50 estructuras familiares distintas en nuestra sociedad actual con maneras de organizar el día a día muy dispares, pero aquellos que no priorizan pasar tiempo con sus niños tienen muchas más posibilidades de que estos no crezcan armónicamente.

Nadie

puede suplir al padre y a la madre

Y no estoy hablando de aquellos que, por necesidades laborales, llegan a casa a la hora a de cenar (muchos de ellos padres y madres excelentes que priorizan el bienestar de sus hijos por delante de todo), sino de los que, aun pudiendo, prefieren invertir el tiempo en otras cosas.

Está comprobado que las familias que comparten actividades agradables con sus hijos consiguen aumentar en éstos el nivel de autoestima, la capacidad de motivación, la seguridad en sí mismos y la calidad de la comunicación familiar.

Y hay que entender el concepto “actividades agradables” como aquellas cosas cotidianas que todos podemos hacer: jugar a juegos de mesa, compartir un paseo, mirar la televisión, comer y cenar juntos los fines de semana, una excursión al bosque, un partido de fútbol o reír con aquel youtuber que tanto les gusta. Es la suma de estos pequeños momentos lo que comportará que nuestros hijos tengan un entorno educativo de calidad.

«Actividades agradables»,

aquellas cosas cotidianas que todos podemos hacer

CALMA

Somos modelos emocionales para nuestros hijos, que nos quieren y nos admiran incondicionalmente. Nuestros pequeños nos miran todo el tiempo, incluso cuando no nos están mirando. Somos sus ídolos y, por lo tanto, quieren ser como nosotros. Por eso, es paradójico que intentemos exigirles comportamientos y actitudes que nosotros no tenemos.

Si queremos fomentar el gusto por la lectura, nada mejor que nos vean leer.

Si pretendemos que sean solidarios la clave es que nos vean practicar la solidaridad.

Si nosotros no respetamos a los demás, es utópico pensar que ellos lo harán.

Los profesionales de la educación nos seguimos sorprendiendo de cómo la mayoría de comportamientos y maneras de relación interpersonal que vemos en el aula por parte de los niños son copias de los que tienen la madre y el padre (la forma de hablar, de moverse, expresiones faciales, actitudes, curiosidad, niveles de tolerancia, capacidad de frustración, motivación, afectividad…); por lo tanto, los adultos debemos ser muy conscientes del poder de transmisión y modelaje que tenemos con nuestros hijos, tanto cuando nuestra manera de comportarnos es impecable, como cuando por el motivo que sea (prisas, nervios, dificultades, enfados) no seamos capaces de ofrecer un buen modelo.

Debemos ser capaces de reflexionar con ellos en todas las circunstancias y ayudarles a construir su personalidad y escala de valores. Todos los momentos cuentan. “Si no puedes ser un buen ejemplo, sé una peligrosa advertencia”

¿Y NOSOTROS?

Pero atención! Todas nuestras buenas intenciones serán en vano si no cuidamos de lo más importante en todo proceso educativo: nosotros mismos. Pretendemos ser tan buenos padres y buenas madres que hemos puesto el bienestar de los pequeños por delante del nuestro, y les cuidamos tanto que nos descuidamos a nosotros.

Pero lo cierto es que necesitamos tener energía y tranquilidad para afrontar el inmenso reto que es criar a un hijo e igual que ellos, nosotros también necesitamos momentos de ocio y diversión en nuestro día a día.

Les queremos tanto que hemos eliminado nuestra individualidad y nos hemos convertido en los padres de, o las madres de, y hemos olvidado que nosotros también tenemos (o teníamos) una vida llena de motivaciones; nos haremos un gran favor y por consiguiente, a ellos también, si recuperamos aquellos momentos de ocio, o aquellas motivaciones personales que teníamos antes de ser los mejores papás y mamás del mundo. Pensad que no hay nada más complaciente para un hijo que ver a sus padres felices.

Es, sin duda, el primer paso para que él también llegue a ser, el día de mañana, una persona autónoma y feliz.