¿Violencia en Educación? Nos plantamos: a los docentes NO se les pega

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La Violencia en Educación –en el aula, hacia quien enseña– implica una deshumanización absoluta del ejercicico de la docencia. Nuestra profesión de ser docente, queda en entredicho, abandonada, desamparada; y la consecuencia de esta situación se refleja en el número creciente de Docentes con miedo.

No se debe ejercer violencia contra nadie: no se le pega a un médico, a un anciano, a un niño, etc.

La violencia se construye sobre la desigualdad y se legitima –a sí misma– en el abuso de poder. Esto no lo podemos permirtir. Se trata de un comportamiento culturalmente aprendido que se debe corregir. Distintos episodios de carácter violento vienen afectando de un tiempo a esta parte la vida escolar en todo el mundo.

Pareciera que los humanos hemos «salido» de un periodo de pandemia peor que como «habíamos entrado». De hecho, antes estábamos mal, pero después del confinamiento en el ámbito educativo sólo hemos crecido en violencia.

El docente teme ser increpado o enfrentar las consecuencias legales en caso de responder a las provocaciones; a veces, so pena de que su integridad física pueda estar en riesgo.

Se ha perdido el respeto por el que piensa distinto, y esto desemboca en una conducta que siempre termina –de forma abrupta– en un choque violento.

La ignorancia y la falta de orden en el pensamiento son los problemas de quienes confunden las categorías, los conceptos y los significados de las palabras.

«Autoridad» se confunde con «autoritario»; y «orden» con «represión».

Tanto en una familia como en una empresa –o en una escuela– debe haber reglas comunes de urbanidad y funcionamiento. Tristemente, en el grueso de la sociedad argentina prima el desorden. De otro modo, donde no hay reglas, no hay orden –porque nadie sabe a qué atenerse–; y, donde no hay orden, hay caos. Y este es un grave síntoma de debilidad de la institución que conocemos como Escuela, institución que  funciona –las más de las veces– como mera caja de resonancia de los problemas de los que adolece nuestra –quién lo diría– ya madura sociedad.

Violencia en educación, golpeados y humillados

Los docentes están siendo golpeados y humillados.

¿Puede ser posible que los mismos padres quieran a sus hijos ignorantes y violentos? La mayoría de los padres cuando van al colegio, no van a dialogar, van a presionar, a insultar –y ahora– van a pegar.

«Me tenían como un perro en el piso», dijo la docente golpeada por los familiares de una alumna que desaprobó la materia.

Aplaudo a la comunidad de Necochea en Argentina por salir a brindar apoyo a la docente y a la comunidad escolar.

«Un padre en Neuquén, provincia de Argentina un padre le pegó una piña (‘un puñetazo’) a una docente que se luxó dos dedos al intentar defenderse».

En la provincia de Buenos Aires hay sanciones, por ejemplo, el artículo 74 bis al Código de Faltas, contempla:

«Será sancionada con arresto de cinco a treinta días o multa de entre el 50% y el 100% por ciento del haber mensual del Oficial Subayudante del Agrupamiento (…)».

Pero, ¿en la realidad? Letra muerta.

violencia en educacion

Los hechos, ingratos y penosos, reflejan lamentablemente un contexto signado por niveles de violencia en educación crecientes. En casos extremos los actos violentos provocan la total destrucción de nuestra identidad profesional y personal.

La escuela, no es ya un lugar para aprender, porque se ha convertido en una prolongación del hogar y de todos y cada uno de los lugares de ocio; y, por tanto, los alumnos no diferencian entre las conductas que se pueden adoptar dentro y las que se pueden adoptar fuera de la escuela. Nadie les ha hablado de la palabara decoro. No saben qué es ni lo que implica, y no faltan padres que de buena gana reaccionarían de manera violenta cuando se les intentara explicar.

Ausencia de autoridad y crecimiento exponencial de la violencia

La casi total ausencia de la autoridad docente está trayendo como consecuencia el hecho de que bastantes alumnos durante las clases hayan normalizado conductas inadecuadas, a saber:

  • Escuchar música mostrando total desinterés hacia las explicaciones y figura de sus compañeros y docentes
  • Interrumpir las clases por su frecuente impuntualidad, llamando en voz alta a algún compañero, haciendo comentarios inoportunos a voz en grito
  • Insultar a compañeros y docentes como si el centro educativo fuera un tugurio tabernario

Piénsese que pegar a un docente es un delito contra la autoridad. Y, sin embargo, la realidad del asunto es que sale muy a cuenta agredir a un enseñante: a tal punto hemos llegado que el sistemas brinda impunidad a muchos agresores de docentes, personas cuyas acciones nunca se ven castigadas.


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Una realidad cotidiana pobremente reconocida de manera pública, resulta conveniente que las autoridades educativas y la representación sindical desarrollen protocolos y estrategias que protejan al personal docente de situaciones que amenacen su integridad física y psicológica.

Solo hay palabras vacías de compromiso que se brinda a los enseñantes, pero en la realidad del aula a los docentes NOS PEGAN, NOS AGREDEN y estos agresores se van de rositas. Evitar la escalada de violencia implica poner límites, y responsabilizar de manera punitiva el delito de los agresores.

Los docentes estamos pendientes de cuidar, de proteger, de dar confianza, de comprender, de llevar tranquilidad. La violencia es nuestro enemigo. Vivimos en una sociedad «conflictivizada», y el caldo de cultivo de los conflictos se encuentra en las necesidades insatisfechas de la población que requiere:

  • Más salud.
  • Más educación.
  • Más programas sociales complementarios.

En definitiva, las herramientas necesarias para construir una sociedad más inclusiva que no «fermente» en el odio ni en el rencor. Sin embargo, en la calle, en el día a día de muchas personas, la violencia es la ley.

Para finalizar me gustaría dirigirme a toda la sociedad:

Permítannos a los docentes que enseñemos, y ustedes –como padres– permitan que sus hijos vayan a aprender a la escuela, porque todos para ellos queremos lo mejor.

Cuando el grupo consiente la violencia en Educación (en este caso hacia los docentes) –y no reaccionamos–, se da carta de naturaleza al violento y es entonces cuando –irremediablemente– nos hemos vuelto bestias.

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