Hoy quisiera desarrollar una observación que se da comúnmente en nuestras aulas. Este detalle sociológico lo he confirmado, en muchas situaciones, con otros compañeros y con los protagonistas: los propios alumnos. Nuestro sistema educativo no está formando sujetos con iniciativa, no está construyendo esa autonomía necesaria que posibilita cualquier responsabilidad concreta. Hay un miedo al fracaso que imposibilita muchas biografías, limitando su potencial trágicamente. Fracaso y crear se necesitan.

El fracaso en nuestra mentalidad social es peyorativo casi siempre. Desde el mismo lenguaje (eres un fracasado), hasta las actitudes que ello comporta. Muchas veces una iniciativa fallida produce vergüenza en nuestra tradición, como cultura del honor que somos. No es casual que la seguridad de un puesto de funcionario sea un objetivo extendido en nuestra juventud. Hemos construido una red que aprisiona el fracaso: lo estigmatiza. Esta mentalidad se inicia en nuestras aulas, está ahí delante de nosotros.

El fracaso es un maestro de vida. Casi todas las iniciativas creativas en todos los ámbitos: científica, artística o empresarial, tienen ese maestro paradójico y cierto que conduce nuestro aprendizaje. Me sigue emocionando la afirmación de F. Scott Fitzgerald: …hablo con la autoridad que me da el fracaso. El sueño americano tiene muchas luces y sombras, en nuestro país no pueden quitarnos nuestros sueños. Si no vemos el futuro, el presente es una triste evidencia: el tiempo se abre a través de nuestra acción.

Samuel Beckett lo dijo extraordinariamente: Siempre fracasé. No importa. Fracasa de nuevo. Fracasa mejor. Que nuestras escuelas sean y admitan ese maestro de la experiencia: el fracaso. Ese sujeto que ha puesto su talento y sacrifico en una iniciativa, merece nuestro reconocimiento siempre. La pasión de vivir es, también, la pasión de fracasar muchas veces. Un alumno debe aprender a equivocarse. No podemos evitarles la grandeza de equivocarse: ahí comienza la vida y lo que llamamos educación. Un maestro es alguien que sabe respetar ese espacio intransferible.

Quisiera compartir una escuela que admite alumnos que se esfuerzan y que, muchas veces, se equivocan. La excelencia se puede escribir de muchas formas. Es también la conciencia moral de que debemos intentarlo muchas veces, aunque nadie nos escuche, aunque nadie crea en lo que hacemos. No importa: hay una dignidad en tu iniciativa que nadie te puede quitar. La verdadera libertad supera y vence el miedo. ¿Por qué? Una verdad arriesgada: crear es una delgada línea a través del fracaso.