VOCACIÓN UNIFORMADORA

El sistema educativo nació con una vocación uniformizadora, en plena Revolución Industrial, fruto de una sociedad que convertía en absolutos tanto el trabajo en cadena como los turnos a golpe de sirena y la sistemática por repetición. No nos extraña que surgiera, al socaire del taylorismo, un concepto de escuela basado en los principios de la homogeneización y del grupo por encima del individuo.

Aquel paradigma sirvió para desatascar una situación realmente descalabrada, la del Antiguo Régimen, con cotas de analfabetismo que rondaban, según áreas, entre el 70 y el 85% de la población, con acceso muy limitado al conocimiento y con una evidente segregación en lo que a oportunidades se refiere, por no contar con que, gracias a la Escuela, se inculcaron otros hábitos con enormes beneficios sociales, como la higiene o el sentimiento de pertenencia a un colectivo, por citar dos. Como reverso de la moneda, enseguida los gobiernos, las religiones y las corrientes de pensamiento comprendieron que el aula era un perfecto espacio para el adoctrinamiento, el sometimiento, el control e incluso, en ocasiones, la manipulación. La Historia está plagada de ejemplos.

ESQUEMA HOMOGENIZADOR

Así, con ese esquema homogenizador, se ha alcanzado la época actual. Es evidente que existe una fractura entre aquellos preceptos, todavía vigentes, y lo que la sociedad hoy demanda. No abundaremos en ello. Sí en otro matiz: igual que el sistema nos ha convencido de que todos tenemos que gozar de las misma oportunidades, la perversión del lenguaje y la servidumbre a lo políticamente correcto a la que se han doblado las distintas leyes educativas han terminado por confundir igualdad de oportunidades con igualdad de resultados.

Creo en una escuela conciliadora y posibilitadora.

Creo ciegamente en que el acceso a las oportunidades ha de ser universal.

Creo en la atención a los más necesitados, a los más vulnerables y a los más alejados de los estándares, con la misma intensidad con la que creo en la atención a los más dispuestos, a los más acomodados o a los más diestros.

Creo en dejarse la piel igualmente con los dóciles y con los díscolos, con los transgresores y con los adocenados.

Cada persona merece que la sociedad le ofrezca el mayor abanico posible de oportunidades, sin duda. Es responsabilidad de la Escuela hacer que esas oportunidades lleguen a todos con la misma intensidad. Y es obligación que se trate a cada cual como un proyecto individual en el que se pueda desarrollar al máximo cada talento, cada destreza, cada inteligencia.

Pero, con la misma convicción, creo que no es competencia exclusiva de la Escuela lograr los resultados. Creo que la sociedad no debería mirar hacia otro lado delegando en una institución sin recursos ni ascendente moral la consecución del éxito. Creo que el aula no ha de ser sustituto de la familia, de los mecanismos sociales, de los medios, de las políticas, de los referentes; sí complemento, pero no sustituto.

Estamos pasando de una Escuela uniformizadora a una Escuela que atiende al individuo y procura su desarrollo. Aun no se ha conseguido. Los pasos son lentos y no siempre en la dirección correcta. Se ponen sobre la mesa más buenas voluntades, verborreas, papeleos y DAFOs que mecanismos eficaces y vías prácticas. Y, sobre todo, se exige a la Escuela no ya la igualdad de oportunidades sino la igualdad de resultados, confundiendo éxito con aprobar, equiparación con igualdad, ecuanimidad con rasero, diversidad con heterogeneidad.

No, no todos los alumnos podrán salvarse en este Sistema. No todos llegarán a lo que la sociedad a designado como éxito. ¿Es responsabilidad de la Escuela que así sea o es responsabilidad de toda la sociedad que así sea? ¿Es función solamente de la Escuela que adolescentes y jóvenes adquieran hábitos y valores para alcanzar esos logros o es también responsabilidad de familias, agentes sociales y referentes mediáticos? ¿Tenemos bien calibrado qué entendemos por éxito? ¿Es papel exclusivo del profesorado salvar a todos según los baremos de PISA, por poner un ejemplo?

Estamos pasando de una Escuela uniformizadora a una Escuela que atiende al individuo y procura su desarrollo.

Creo en que salvarse no es el vocablo. Creo que salvarse o no salvarse no tiene que ver con tales o cuales notas, con títulos o estudios, sino con la adquisición de las competencias que les van a servir en la vida. Creo que la sociedad está ciega respecto a lo que sucede en los pasillos de un centro escolar. Creo que se ha delegado en 7 horas de colegio algo que corresponde a la sociedad en conjunto. Creo que no podemos tolerar una institución que cuelga el sambenito de no-salvado a quien no transita por la cuerda floja del currículo, tanto si se cae de ella como si se le queda corta. Creo que si seguimos hablando de que se salven o no se salven, es porque no hemos entendido la grandeza humana de educar.

Porque salvar podemos salvarnos todos, pero entendiendo salvarse como abrirse camino con las máximas garantías para ser feliz; esto es, siendo competente, crítico, autónomo, flexible y creativo, sabiendo relacionarse y gestionando bien las emociones. Y eso, aunque le pese a cada ley educativa, a la sociedad y al profesorado involucionista, no es salvarse, es prepararse para la vida.

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Tiene una trayectoria de más de veinte años en órganos de gestión, dirección y decisión, pero, sobre todo, con una opción personal decidida por la educación al margen de lo educativo. Eso es lo que él llama educación divergente. Crítico con el sistema educativo actual y con los principios metodológicos habituales, aboga por la educación entendida como acompañamiento, superando la mera instrucción y militando la inclusión, la emoción y los vínculos como marcos imprescindibles para educar. En colegios, sí; en aulas, sí; en la realidad que tenemos, sí. Pero con otras claves. Licenciado en Historia por la Universidad de Deusto, ha impartido clases en esta misma institución durante trece años, tanto en Filosofía y Letras como en el Instituto de Estudios de Ocio, en equipos de docencia y con alumnado de diferentes edades, sensibilidades y procedencias, como reflejan su paso por CIDE (alumnos de universidades de USA). Asimismo, lleva casi veinticinco años como profesor en Enseñanzas Medias, desarrollando su labor como docente en Bachillerato y ESO, así como en Proyectos de Refuerzo Educativo Específico y Diversificación Curricular, además de ocupar puestos de responsabilidad en Dirección. Formado en innovación metodológica, lleva varios años colaborando activamente con Innovación Educativa del Gobierno Vasco (Berritzegune), con la agencia vasca de calidad Euskalit (en donde ha sido evaluador en procesos de gestión integral) y con centros educativos en los que requieren su asesoría. Alvira cree en los vínculos como herramienta educativa, entendiendo que el currículo es la excusa para ayudar a cada alumno a desarrollar sus capacidades. Habitual de foros, cursos y encuentros, el valor añadido de Alvira es su capacidad para comunicar, reconocido como orador, su fuerza está en la pasión con la que transmite, algo que queda igualmente patente en su faceta como escritor, con varios best-sellers en su haber y su reciente “La Novela de Rebeca” (Ediciones-B) presente en España y Latinoamérica.