Una de las consecuencias inevitables de cualquier libertad individual, es saber que tendremos que responsabilizarnos de los efectos de nuestras acciones. Esta característica es el fundamento de cualquier orden político y social que quiera definirse como democrático. Aclarado este concepto, asistimos en el debate educativo, a un fenómeno paradójico: las diferentes estrategias de negación de la responsabilidad. Paradójico porque se da en un ámbito que se supone, tácitamente, responsable. Veamos dos estrategias que se retroalimentan.

Primera estrategia: la responsabilidad es del otro. Una serie de leyes fallidas, unos resultados mediocres con algunos resultados inaceptables para cualquier interpretación, no son suficientes para que algunos de los actores de la complejidad educativa: administraciones, docentes, padres y alumnos, asuman su propia responsabilidad de lo que es innegable. Ocurre lo contrario: es el otro el que tiene la culpa de lo ocurrido, es el otro el que ha de cambiar. Resultado: un inmovilismo de fondo que justifica el victimismo continuo. Todos somos víctimas del sistema. Fenómeno interesante cuando nadie se identifica con el sistema.

Segunda estrategia: la responsabilidad difusa. Se aceptan los hechos con tristeza y amargura, para después enunciar la responsabilidad invisible: todos somos igualmente responsables. La responsabilidad difusa que paraliza cualquier solución. Esta definición de responsabilidad es muy peligrosa en sus consecuencias, ¿por qué? Porque no tiene ninguna. La afirmaciones genéricas y solemnes, esconden la incapacidad de cambio. Utilizar palabras como todos o sociedad, son universales vacíos que llevan a callejones sin salida. Al final, todo sigue igual.

Frente a las anteriores estrategias, hay una responsabilidad que todos podemos asumir: la responsabilidad concreta. Es autocrítica y difícil, pero necesaria para visibilizar la dinámica negativa de la educación en nuestro país. Un ejemplo: las administraciones y los partidos políticos se equivocan cuando no ven la política educativa como una política de Estado; los docentes podemos mejorar mucho nuestro trabajo de aula, las leyes no dan clase, somos nosotros; los padres debemos asumir que la educación es lo más importante que está sucediendo a nuestros hijos, lo más importante y ser consecuentes con ello; los alumnos reconocer que nada importante se consigue sin esfuerzo, nadie aprueba o mejorará por ellos. Era un ejemplo de responsabilidad educativa: ¿dónde estás?…