Los resultados mediocres de nuestro sistema educativo son un diagnóstico común en todas las evaluaciones internacionales y en los estudios comparativos. La publicación del primer informe PISA en el año 2000, supuso un cambio mediático y político en la concienciación de las políticas educativas. El informe PISA con todas sus limitaciones de objeto y perspectiva, ofreció un indicador para iniciar un  debate que, muchas veces, no existía.

La evolución del sistema educativo español es desalentadora. Ninguna de las soluciones legales que se implementaron ha servido para frenar lo que es una evidencia: no funciona. Cuando en un problema complejo como el que analizamos, no se inicia un cambio de dinámica después de largo tiempo, se produce un fenómeno que no nos podemos permitir: su cronificación e irrelevancia posterior.

Hoy solo queremos enunciar dos ideas que nos parecen importantes y vitales desde INED21, que son consecuencia de su análisis: “Desde la igualdad a la excelencia”, respecto al necesario cambio en el sistema educativo. Como cualquier aportación al debate, solo ofrecen dos dimensiones del mismo: somos conscientes de la complejidad causal que tiene el fenómeno educativo. Aún así, las ofrecemos como inicio del diálogo necesario que todos debemos hacer.

Primera razón, cualquier política educativa que quiera mejorar nuestro sistema deberá afrontar este factor principal diferencial: quién da clase, quién es el docente en la tarea de enseñanza-aprendizaje. Sabemos del malestar de nuestra profesión por el contexto en que nos hallamos, pero ello debe ser una oportunidad para iniciar un cambio en el sistema de selección del profesorado. No hacerlo será olvidar un factor fundamental. El actual es anacrónico e inoperante, solo hay que compararlo con el que existe en los mejores sistemas educativos del mundo. Sobran los argumentos.

INED21 en el citado análisis, formuló y desarrolló su propuesta contextualizada: el DIR como nuevo sistema de selección y formación del profesorado actual. Es discutible como toda propuesta, pero es una propuesta de partida para el debate: realismo significa aportar soluciones posibles y viables, algo que falta muchas veces en las discusiones educativas.

Segunda razón, cualquier mejora de nuestro sistema educativo implicará un cambio en el qué se hace en el trabajo de aula. Para ello el factor anterior, unido a todo un contexto que favorezca y reconozca esta labor, incluida una cultura evaluativa adecuada y que recompense coherentemente, será fundamental. Un buen profesor es una de las mejores inversiones sociales y económicas que se pueden hacer. De ahí que muchas leyes educativas fracasen, porque no identifican estas dos razones: quién y el qué. Lo repetiremos las veces que sean necesarias, el síndrome lampedusa no puede seguir en nuestro sistema educativo: que todo cambie para que todo siga igual.  Como siempre, el lector decide.