CAMBIO EDUCATIVO, REVOLUCIÓN PEDAGÓGICA, CAMBIO DE PARADIGMA, INNOVACIÓN DOCENTE…

Todos estos conceptos cada vez se escuchan más, y aunque donde más resuenan es en círculos pequeños y muy sensibilizados, poco a poco, se va extendiendo la idea en todos los ámbitos sociales de que en pleno siglo XXI es necesario un cambio en la forma de educar a nuestros niños.

Pero, ¿por dónde empezamos? Políticas, sensibilización, formación del profesorado, implicación de las familias… ¿Quién es el que debe “tirar la primera piedra”? ¿El Gobierno de turno, la UNESCO, la OCDE, las Universidades, las asociaciones de padres y madres, los ayuntamientos, los movimientos sociales, los centros educativos…? Mientras esperamos que alguien tome las riendas del asunto los cursos pasan, y nuestros niños y jóvenes avanzan en un sistema educativo que les prepara fundamentalmente para pasar pruebas, y no para aprender, y mucho menos para disfrutar aprendiendo.

Yo tengo claro quién debe empezar. Debes empezar .

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“Sé el cambio que quieras ver en el mundo”
Ghandi

Por eso, me ha encantado el libro de Pernille Ripp: “Alumnos apasionados: devolver nuestras aulas a nuestros alumnos” Passionate Learners: Giving Our Classrooms Back to Our Students

Pernille es una profesora de 5º grado de primaria en Middleton, Wisconsin. Una profesora que enseñaba “como siempre se había hecho”, pero que un día se planteó por qué la mayoría de sus alumnos comenzaban su curso gustándoles las clases y lo finalizaban disminuyendo esta actitud positiva en muchos sentidos.

En un ejercicio de responsabilidad y valentía se cuestionó sus métodos, y se propuso que sus alumnos en el futuro abandonarían la escuela como mínimo con una buena predisposición al aprendizaje y  con una tendencia a la curiosidad por todo lo que les quedara por descubrir. ¿Cómo lo hizo?

Aquí está el  extracto donde lo cuenta , concretamente del capítulo “Cuando sucede el cambio a los buenos profesores”:

Hace cuatro años me di cuenta de que tenía que asumir la responsabilidad por el daño que había hecho a los estudiantes que entraban en mi aula encantados con (o al menos con gusto hacia) la escuela y que salieron de allí apagados en algunos aspectos. Esos niños que amaban las matemáticas hasta que mis clases de pura palabrería sobre el proceso les dejaron confundidos y amargados. Esos niños que amaban leer hasta que mis estrictas líneas directrices en el libro de calificaciones y registros de lectura devoraron su curiosidad por las historias estupendas.

Tuve que asumir la responsabilidad de lo que había hecho. No había nadie más a quien culpar. De igual importancia, tuve que asegurarme de que mis futuros alumnos dejarían mi aula de clases siguiendo estar encantados con la escuela, con la curiosidad apasionada, sin miedo de probar algo nuevo.

¿Cómo conseguir que los niños no odien tanto a la escuela? Ahora enseño quinto grado, y en el tiempo que los alumnos necesitan para llegar a mis clases, ciertas asignaturas ya han ascendido en su lista de las 10 cosas más espantosas que deben hacer.  Matemáticas tienden a encabezar la tabla pero los estudios sociales por lo general siguen muy de cerca, y algunos incluso odian leer (aunque pueden leer muchos libros fuera de la escuela). La mayoría de los estudiantes confiesan el amor por el recreo, el arte, la música, ya veces incluso la ciencia. La educación física es siempre un favorito del público también. Pero las matemáticas y las ciencias sociales, ¡qué va!

No culpo a los estudiantes. El sistema de la escuela les ha enseñado a sentirse de esta manera. ¿Cómo me atrevo a decir esto? Porque ese sistema era yo. Pienso en matemáticas y cómo las enseñaba: repeticiones continuas, lección y lección de nuevo. Mostrarles repetidamente cómo resolver un problema, tener uno o dos estudiantes que vienen y trabajan sobre un problema similar, mientras que el resto de la clase observa (con ojos con mirada ausente). Y finalmente hacer que practiquen por su cuenta, por lo general a través de la tarea. En mi clase de esquema estricto a los estudiantes no se les permitía adelantarse en el trabajo –tenían que prestar atención esforzándose a través de todas las páginas–. No tuvimos mucho tiempo para la discusión, y mucho menos para cualquier exploración adicional.

Sustituya «estudios sociales» por «matemáticas» en el párrafo anterior, excluya los problemas en la pizarra, y tendrá un buen resumen de lo que eran mis clases de estudios sociales. En el momento en que acababa la enseñanza, mis alumnos eran buenos en poner sus nombres en las hojas de trabajo, rellenarlas, y seguir las actividades a lo largo del libro de texto. ¡Qué lástima para su curiosidad! Simplemente no teníamos tiempo para atenderla.

Así que cambié. Y si usted quiere cambiar, pero no lo ha intentado todavía, repare en mis palabras para ello: ¡usted también puede! No soy tan especial, un montón de maestros están cambiando la forma en que enseñan y en cómo hacen la escuela. De hecho, muchos no esperaron un permiso, sino que se «han transformado» por su cuenta. Si desea obtener permiso de alguien, aquí tiene el mío. Comience a crear su propia aula de alumnos apasionados.

Debo admitir que no todos los niños salen de mi aula de clases habiendo readquirido el encanto por la escuela. A veces, son necesarios años para que ese daño  se deshaga. Pero, sobre todo, les hice «volver» hacia el camino del gusto por el aprendizaje. Asumo la responsabilidad de mis propias acciones como una maestra y me doy cuenta del daño que puedo hacer. Voy a la escuela sabiendo que cada día puedo ser la diferencia entre un niño motivado o descorazonado. Acepto que lo que hago hoy en día puede constituir la diferencia que se producirá, de aquí a unos pocos años, entre un niño o una niña que abraza su aprendizaje, y un niño o una niña que abandona.

Yo creía que había una sola manera de enseñar a los niños. Ahora sé que la escuela tiene que cambiar, y tenemos que cambiarla “desde dentro”. Parte de ese cambio tiene que ser la inclusión de las voces de nuestros estudiantes. La enseñanza ya no puede impartirse ”hecha” –como un producto cerrado– a nuestros hijos, ellos deben experimentarla y poseerla.

Cuando emprendí este camino de cambiar mi forma de enseñar, yo no sabía a dónde me llevaría al final. Todavía no lo sé. Con cada niño que entra en mi aula, y con todos los padres que vienen con algo que compartir, cambia la trayectoria, y yo también lo tengo que hacer.

Opté por “devolver” el aula a los estudiantes, y esta sigue siendo mi misión, pero no he logrado todas las metas que me propuse. Con cualquier cambio, llega resistencia, y encontré mi “parte más justa”. Estudiantes que no entendían por qué no se les podía simplemente decir cómo hacer algo. Padres que sentían que no daba suficientes tareas o número suficiente de calificaciones. Profesores que pensaban que yo no estaba haciendo un buen trabajo en la preparación de los niños. Mis propias dudas escondidas cada vez que una idea no funcionó.

Sin embargo, si queremos hacer un cambio, debemos suponer que lucharemos por lo que creemos –incluso, a veces, contra nosotros mismos–. Hay maneras en que podemos cambiar nuestro sistema escolar desde dentro, a pesar de que puede parecer que muchos legisladores trabajan en contra de nosotros.

Así que ¿cómo podemos cambiar?

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La pregunta que los maestros parecen hacerme con más recurrencia es la siguiente: ¿Cómo se cambia?

La respuesta para mí siempre ha sido: comenzar desde donde estás. Una vez que acepte la idea de que tiene que haber algo mejor, va «camino de conseguirlo». Haga un balance de lo que le inspira y lo que le hace parar. Lo que le molesta  y sobre qué tiene control. Hay muchas cosas que “agotan” porque escapan a nuestro control. Así que trato de concentrarme en las cosas sobre las cuales puedo tomar decisiones. ¿Qué es lo que está bajo mi control? Las tareas, calificaciones, el castigo, la información sobre las maneras de hacer presentaciones, la construcción de la comunidad, la propiedad compartida.

Entonces, me centro en las pocas cosas en que me siento lista para cambiar ahora. Nunca apruebo una idea a priori, la analizo probándola. Año tras año, mis ideas deben evolucionar para que coincidan con mi creciente conocimiento y experiencia. No voy a atascarme. Sólo tengo que mantener la concentración en mi propósito definitivo: hacer que a los estudiantes les encante la escuela. El cambio siempre puede ser una constante, y estoy en armonía con esto.

Pernille Ripp es profesora de 5º grado en Middleton, Wisconsin, cofundadora de EdCamp MadWI y creadora del Global Read Aloud Project, un proyecto que tiene como finalidad enseñar a los niños a colaborar y conectar “globalmente” mediante un libro con personas de otros países, transmitiendo la idea de que ellos forman parte de algo “mucho más grande”. Autora del blog “Blogging through de fourth dimension”.