Dedicado a Emilio Lledó -ese joven inmigrante intelectual en Alemania en la década de los cincuenta-, a mis padres, y a todas esas generaciones que hicieron posible esta democracia con su obra y con su trabajo.

Emilio-Lledó-INED21

Acabo de leer esta expresión: “empobrecida individualidad”, en una entrevista del maestro Emilio Lledó, recientemente reconocido por triple partida: último Premio Nacional de las Letras 2014, el Premio Antonio de Sancha, y el Premio Internacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña en México. Un autor que es parte de mi memoria filosófica1: uno de los grandes comentaristas de Platón, Epicuro, y de toda la filosofía antigua. Alguien que escribe con la elegancia del que sabe que el verdadero lenguaje y el silencio habitan en el mismo hogar. Somos nosotros, el Zóon Loguikón (el animal que habla). Emilio Lledó, discípulo de Gadamer, y que representa en la tradición española ese entrelazamiento con la corriente hermenéutica. Esa filosofía que, en palabras famosas de Habermas, es la urbanización de la provincia heidegeriana, el maestro inquietante de la Selva Negra. El pensamiento tiene una génesis secreta: como una larga espera, toda una serie de ideas y conexiones se agolpan como una llamada inminente. Hay ideas que pueden resumirse en dos palabras, y de este modo prosiguen su curso azaroso e impredecible. Este artículo sigue una línea de reflexión sociopolítica que inicié hace tiempo, con un presupuesto que les sirve de hilo conductor: el pensar la complejidad social como trama silenciosa de lo político. Es uno de los grandes reduccionismos que la renovación ideológica de la socialdemocracia y el liberalismo matizado, no afronta. Dicho de otro modo: sólo desde una nueva concepción de lo social, puede dibujarse una política del s. XXI. Es más, nos singulariza una historicidad donde se están conformando nuevas sociabilidades que la modernidad no pudo predecir. Y para ello, es necesario desnudar las grandes dinámicas que funcionan en el presente. Me apropio la advertencia de Emilio Lledó: empobrecida individualidad, y la desarrollo en una de sus más peligrosas consecuencias: empobrecida democracia. Y ahí radica, en mi opinión, uno de los vínculos fundamentales de nuestra situación: ¿existe verdaderamente en la actualidad ese empobrecimiento de la individualidad? ¿Y si es así, se está ejerciendo en nuestra sociedad? Lo hago a través de dos espaciados argumentos, que remite a aquello que nos estamos jugando y el cómo iniciar otro camino democrático.

Esa empobrecida individualidad implica una ciudadanía que no ejerce su dimensión pública, como capacidad crítica de sí misma y de lo que le rodea. En esta crisis de fundamentos se forja una mentalidad extendida muy peligrosa: la negación de la responsabilidad concreta2. Se realiza fundamentalmente con dos estrategias que sirven para este fin. Primera modalidad: la responsabilidad es del otro, y aquí hay una larga serie de candidatos: la clase política, las élites económicas, o la conspiración de un capitalismo neoliberal. Todo se puede justificar mientras no se quiera fijar el foco de atención sobre cada uno de nosotros. Segunda modalidad: la responsabilidad difusa, y de este modo todos somos corresponsables de una dinámica que nos ha llevado a esta crisis que asola nuestro presente. Se vuelve a cumplir esa función: ese todos o la sociedad nos descarga de una autocrítica que implica un esfuerzo que no queremos atravesar. Dicho de otro modo: un universal vacío. Mientras una mayoría social no asuma que no hay cambio donde ella no sea la protagonista, nada cambiará fundamentalmente. Y ese cambio es imposible, sin asumir esa responsabilidad concreta. De todas las especulaciones, la especulación moral es el origen de todas ellas. Es la brecha que existe entre una autocrítica que se extiende coherentemente, y ese espejismo crítico donde nos ponemos a salvo de cualquier análisis. En esa Atenas que pierde la guerra del Peloponeso con Esparta, y que Sócrates vivió, se desarrolló el movimiento intelectual que llamamos la sofística. Cuidado, han vuelto, aunque tengan otro nombre: es el nuevo populismo que tiene la solución de nuestra empobrecida democracia. Una solución por supuesto que llena de razón a esa empobrecida individualidad que no quiere tener un espejo delante de sí misma. Toda corrupción es consecuencia de una especulación moral donde el sujeto ha perdido su dignidad. Javier Gomá nos indica que una sociedad que se escandaliza, es una sociedad que mantiene vigente ese ideal de la ejemplaridad. Tiene razón, pero ese ideal implica una autocrítica donde no sea sólo una crítica del otro, sino una autocrítica que inicie ese proceso. A veces, el escándalo es un mecanismo de defensa ante aquello que no queremos, o podemos admitir. El peligro actual radica en que se confunda el inicio de ese camino, y no tanto que debamos caminar. Sí, es inevitable un nuevo pacto constitucional, con un reformismo profundo de estructuras, elementos y dinámicas perniciosas de todo nuestro entramado político, económico, social, jurídico, y cultural. Pero que sea inevitable no quiere decir que sean necesarios redentores de bajo vuelo. Ese populismo son los nuevos sofistas de nuestro tiempo.

Esa empobrecida individualidad está formada de una privacidad limitada y dependiente, que define un vacío inquietante. Nuestra educación mediocre es un reflejo de una mayoría social que no le interesa verdaderamente el quehacer educativo y, en general, la cultura. Quehacer que implica a todos, no sólo de una docencia saturada. Intelectual, sigue siendo una acusación acomplejada muchas veces en nuestro ambiente. Lo siento, pero no hay educación mejor que su sociedad. Y aquí vamos a ese espacio privado que es una interacción de muchos factores. Voy a enunciar dos consecuencias: una privacidad limitada, y una privacidad dependiente. Una sociedad que tiene unos bajos niveles de lectura, una sociedad que entroniza una televisión de mal gusto y llena de podedumbre moral, es una empobrecida individualidad y, de ahí, esa privacidad limitada y que no amplía horizontes vitales. Ello se relaciona con una privacidad dependiente, que sustituye una soledad elegida mediante una soledad hiperconectada; que busca un otro en el asentimiento o en la hipercrítica, pero raras veces en ese espacio intermedio que llamamos diálogo; ese sujeto interacciona en busca de un tiempo monótono, el instantaneísmo que ilustra su vacío individual y social. Este sujeto nunca se quedará a solas con la temporalidad íntima e intransferible, que nos singulariza como existencia. El presentismo es la negación de ese presente que mantiene vínculos con su pasado y su futuro. Que esa huida de sí mismo se haga a través de la Red, de una televisión pasiva, o de un placer de fin de semana que se repite como una noria adictiva, da igual. Es una huida, y no una profundización de ese sujeto que somos cada uno. No hay ningún elitismo en la posibilidad que les muestro, está ahí y depende del has de cambiar tu vida, el verso maravilloso de Rilke que da título a la última obra de Peter Sloterdijk. Quizás ese sea el desafío silencioso que se juega en la privacidad contemporánea: repetir y justificar esa empobrecida individualidad, o atreverse a esa aventura de la transformación de nuestra identidad. En una obra en marcha, me enfrentaré a ese dilema. La pasión filosófica nunca es abstracta, es una pasión entrelazada.

Soy un hijo histórico de esta democracia frágil: mi vida se ha desarrollado en ella. Lo vuelvo a repetir: no la dejaré sola, y eso implica pensarla otra vez. Y llenarla de ciudadanía, una hermosa palabra que vale más que cualquier solución definitiva. Tengo razones públicas, y razones íntimas que valen más que cualquier utopía. Porque amo lo imperfecto y toda democracia compleja lo es, frente a ese populismo salvador que ya está entre nosotros; porque amo la libertad que me permite no tener miedo de escribir artículos como este, y que comparto en este ágora digital frente a tanta negatividad constante; porque seguiré afirmando una igualdad de oportunidades que posibilite muchas biografías, y que debe ser un ideal permanente en una globalización moldeable frente a la globalización acrítica que sigue su curso; porque esa empobrecida individualidad, esa empobrecida democracia, no son ningún destino personal o nacional. Quien cree en cualquier destino, está minimizando y, en el límite, negando el poder de su pensamiento y de su acción. Y es que todos sabemos una ley secreta en este oficio: educar y destino son términos contradictorios. De pronto, me asalta una imagen en la dictadura que fragmentó nuestra historia: mis padres caminan lentos, llenos de tristeza, por una estación francesa donde vagan sin entender nada. Se van a trabajar a Alemania porque su país no les quiere, ese país cainita que nos iluminó Antonio Machado. Mi educación en esta democracia, viene del trabajo duro de esos inmigrantes. Como muchos, condenados por un analfabetismo que llevaron con una resignación que me sigue emocionando. Sin ira, sin revanchismo, con una humanidad que no necesita gritar, buscarán una nueva época histórica de convivencia: democracia. Que no nos reescriban lo que logramos, la demagogia es una tentación que acaba siendo muy cómoda. Mi memoria lleva ese rostro cansado de unos padres que me enseñaron una ética silenciosa llamada trabajo. Me niego a un destino que se llame tristeza. Por todo ello, les convoco a la transformación de cada uno de nosotros y, en consecuencia, de nuestra democracia. Es un camino doloroso, porque todos los espejos lo son. Este presente tiene un nombre individual, pero también es un plural necesario. Sócrates morirá condenado por su polis, pero tenía razón. Aunque muchos no quieran escucharlo, esa muerte en una cicuta voluntaria es su último acto filosófico. Ningún populismo vale más que una responsabilidad concreta.


1Algunas obras imprescindibles de Emilio Lledó: Filosofía y lenguaje (1970), Crítica, 2008; Lenguaje e historia (1978), Dykinson, 2011; La memoria del logos (1984), Taurus, 1996; El epicureísmo (1984), Taurus, 2003; El silencio de la escritura (1991), Espasa-Calpe, 2011; El surco del tiempo: meditaciones sobre el mito platónico de la escritura y la memoria (1992), Crítica, 2000; Memoria de la ética (1994), Taurus, 1995; Elogio de la infelicidad (2005), cuatro ediciones, 2013; El origen del diálogo y de la é Una introducción al pensamiento de Platón y Aristóteles, Gredos, 2011; La filosofía, hoy. Filosofía, lenguaje e historia, RBA, 2012; Los libros y la libertad, RBA, 2013; Ensayos, junto con C. García Gual y Pierre Hadot, en Epicuro, Filosofía para la felicidad, Errata Naturae, 2013.

2Esta doble estrategia ya la había analizado en el debate educativo (RESPONSABILIDAD EDUCATIVA: ¿DÓNDE ESTÁS?), una parte del debate social. Aquí lo amplio, y lo matizo dentro de la dualidad: sujeto y responsabilidad concreta/populismo.

  • Pingback: EMPOBRECIDA INDIVIDUALIDAD, EMPOBRECIDA DEMOCRA...()

  • Pingback: EMPOBRECIDA - INED21 | Informática Educa...()

  • Josep Maria Turuguet Salgado

    Creo que tiene un nombre popular: energumenismo, superficialidad. Creo que hemos avanzado desde Atenas pero a un ritmo del 0,007 % anual. Al remedio le llamo formación de una ciudadania ponderada, capaz de sopesar y decidir con criterio. Eso, me temo, tiene enemigos tácitos dispuestos a minimizar la fusión de ciencias duras y humanidades. Para ellos la escuela ha de formar emprendedores o “recursos humanos” (estos mayoría, ya les está bien). Yo creo que la escuela ha de formar socios de la humanidad. Pero creo que hay que precisar, precisar y precisar, desbrozar caminos concretos.

  • Pingback: EMPOBRECIDA INDIVIDUALIDAD, EMPOBRECIDA DEMOCRA...()

  • Daniel Reichardt

    Hola. No me parece del todo lícito utilizar el nombre de Emilio Lledó y su prestigio, para, al fin, atacar a Podemos, aunque su nombre no se exprese de forma explícita.
    Se puede estar a favor o en contra de ellos, pero nunca antes desde la Transición se había implicado tanto la ciudadanía en la vida pública. Por lo tanto no me parece correcto hablar de individualidad empobrecida precisamente ahora.
    Por lo demás, lo que se llama populismo por desgracia no hay un sólo partido que no lo utilice. No se dice la verdad, se dice lo que no pierde votos.

    Como ejemplo maestro de empobrecida individualidad sí me parece el caso del PP, que ganó unas elecciones generales (y por mayoría absoluta!!) con una sóla promesa, no bajar las pensiones, cosa que finalmente sí hizo, pero sin absolutamente ninguna otra propuesta programática.

    “Zapping político”, qué triste.

    Y pase lo que pase con Podemos, que ni yo mismo lo sé, ni sé a ciencia cierta si les votaré, pero al menos le han dado un buen meneo a esta nuestra totalmente empobrecida democracia de los últimos años.