Si el libro de texto es sólo un recurso más y debe completarse con muchos otros, me temo que las cuentas no salen.

Según ANELE, el negocio del libro de texto en la ESO mueve 187,03 millones € anuales. Si multiplicamos los 11808.502 alumnos del curso 2012-2013 por los 200 € tópicos obtenemos 361,70 millones €. Cerca de la mitad se van en alternativas pedagógicas, reutilización, uso compartido o el 10% de editoriales que no están en ANELE. Junto a estas consideraciones, pueden leerse lamentos de editores y quejas de competencia desleal (regalos a profesores, etc.), de incoherencia de las administraciones, de esfuerzos no recompensados en digitalización… El gremio está preocupado. Las familias no pueden más. Se reutilizan y comparten los libros. La apuesta digital está dando muchos más gastos que réditos. Las ventas bajan. Las administraciones presionan en sentidos opuestos. Y los septiembres siempre están a la vuelta de la esquina.

¿Alguien se ha preguntado si la inversión en libros de texto que simplemente se remodelan o se redecoran año tras año es sostenible? ¿Es una inversión educativa? Voy a polemizar.

Creo que es una inversión absurda. Cuando alguien descubre que los jóvenes no están científicamente al día y se saca de la manga una asignatura como “Ciencias para el mundo contemporáneo” para tapar el agujero, alguien más atento debería darse cuenta que es el sistema y su instrumento estrella el que falla. ¿Tal vez fallaba la “filosofía de la ciencia” en los textos tradicionales de Ciencias? ¿A qué podía deberse?

El libro de texto es una inversión administrativa, no educativa. Y los editores podrían hacer cosas mucho mejores para apoyar a los maestros que resúmenes fungibles de la cultura humana o recetas educativas de cocina rápida. Y meter los libros de texto en discos duros sería como luchar las futuras guerras electrónicas con ejércitos en línea.

El manual de aprendizaje es adecuado para enseñanzas obligatorias y especializadas. Para aquellos saberes que tienen una línea de aprendizaje conocida e inequívoca. Y no es el tipo principal de saberes que se manejan hasta los 16 años. Hasta ahí uno se educa para saber si lo suyo será el estudio concienzudo o la habilidad y el conocimiento profesional. Y lo principal será tener una “visión del mundo” que le permita ser ciudadano y personaje en esta gran película de la vida. Nada de esto se consigue con un instrumento tan caro y cerrado como el libro de texto. Repito, un material fungible que reutiliza materiales una y otra vez, que se pone al día con una lentitud desesperante (recuerden las “Ciencias para…).

¿Alternativa? Ha de haberla porque cada profesor no puede atender a las necesidades concretas de sus alumnos y encima prepararse todo el material (si no es recurriendo de vez en cuando a algún “pirateo”). Pues creo que hay alternativa. La explico.

Educación de autor

Por el monto que se dedica al libro de texto, las editoriales podrían publicar pequeños libros de divulgación, adaptaciones y presentaciones literarias y currículos murales para cada biblioteca de aula de ESO de cada instituto (¿seguirá siendo el conceptismo un tema de examen? ¿quién sabría definirlo con rigor y vendérselo a un adolescente?). Y Podría dotárselas también de cajones de murales de trabajo con mapas, gráficos, genealogías, esquemas, fotografías, pinturas, etc con su correspondiente aparato didáctico, no para mostrar, sinó para trabajar en grupo. Otro material escolar. Un negocio nuevo para sustituir el anterior.

Lectura real (no estudio memorístico), diálogo, debate, trabajo… Algo que maestros bien preparados (recuerden “AQUÍ EMPIEZA TODO”) podrían dirigir a buen puerto durante un curso.

Imaginemos un aula de 35 alumnos. Tienen una biblioteca de 2.500 volúmenes (de momento) adecuada al currículo limitado y razonable que está siempre a la vista en forma de mural (se pueden tener también en tableta o rayo cósmico). Cualquier tema que deba abordarse aquel  curso cuenta con al menos 40 o 50 libros. Son cortos, amenos y argumentados. Todo el mundo puede leer a la vez. Cada libro explica con estilo asequible (redactado “en bata y zapatillas”) un aspecto del tema sin perder de vista el conjunto (trabajo de los editores). Son libros de autor (“plumas” de la educación), voces que el profesor harmonizará con batuta experta, no productos industriales de maquetación. Breves, se leen en pocas horas. Forman una de las muchas bibliotecas de aula, cultura no fungible que crece y se actualiza. Que no depende de septiembre sino que aumenta todo el año. Que costea toda la sociedad de una forma mucho más flexible que los libros de texto. La biblioteca no la poseen los alumnos, pero no hace falta, la posee la comunidad y le dura. Cada cual puede comprar uno de los libros que le haya gustado o le haga falta (10 € a lo sumo). También lo tendrá en clase. Aproximación de cultura escolar y cultura popular. Las familias podrán implicarse en la compra, las decisiones de compra (que siempre pertenecerán al claustro o al profesor en última instancia) y en la gestión (procurando bibliotecario fuera de horas lectivas). Una manera de que toda la tribu enseñe y aprenda. Y quedará dinero para pizarras digitales, microscopios digitales y cualquier cacharro digital que pueda inventarse en cualquier futuro (al menos hasta que se implanten ordenadores cuánticos en la sién a precio asequible y cristalinos con zoom y macro en el ojo).

Son demasiadas ideas. Si me dejan, las iré desarrollando en próximos artículos.