Ya ha pasado el tiempo suficiente del nuevo curso como para que aparezcan planteamientos que manifiestan la incapacidad de la mayoría de los docentes de cambiar sus métodos, sus dinámicas de trabajo en el aula y su forma de evaluar. La imposibilidad casi metabólica de moverse un ápice de las posiciones metodológicas tradicionales: libro de texto, actividades del mismo, algunas fotocopias de refuerzo, exámenes por un tubo, trabajo individual en el aula, propuestas pueriles de mejora en las sesiones de evaluación, etc., etc.

Y es cierto, como en el estribillo de la canción, que parece que hay un mantra repetitivo entre buena parte del profesorado: no, no, no nos moverán. Ni un milímetro.

En mis entradas anteriores y en otras mucho mejores de los extraordinarios colaboradores de este magazine, se destaca la necesidad de cambiar la mirada, de entender y concebir la educación de una forma radicalmente diferente de cómo la mayoría de los docentes la entienden y la conciben. Porque sigue predominando una concepción “industrial” de la educación: los alumnos tienen todos que superar el mismo programa, todos desarrollar el mismo currículo, todos tienen que tener el mismo libro, todos deben hacer las mismas actividades, todos hacer las mismas pruebas. Es decir, una educación homogénea, segura, sin sobresaltos, donde el docente ejerce la autoridad disciplinaria y académica. Producción en serie y cadena de montaje, al más puro estilo taylorista.

Sin embargo, estamos en la era digital, en pleno siglo XXI. Internet, la red de redes, ha modificado sustancialmente este modelo. Y la Escuela, una institución falta de reflejo no se ha enterado o no se ha querido enterar. Porque ya existe otro paradigma completamente diferente donde el alumnado puede conseguir herramientas para un aprendizaje autónomo y para toda la vida, que puede fomentar la personalización de la educación y que puede mejorar su capacidad crítica. Pero, todo esto supone un cambio de mentalidad docente que no se da, ni se dará en mucho tiempo por muchos motivos. Uno sería las peores condiciones laborales de los docentes, otro es la falta de perspectiva y decisión de la administración. Estos dos motivos han hecho mucha mella en el profesorado, cansado de tantos cambios y de que se hayan empeorado sus condiciones porque se siente desbordado por una realidad que no termina de asimilar dentro de los esquemas tradicionales de escuela.

Y otro es el miedo y el desconocimiento y, por lo tanto, la desconfianza de profesorado y familias ante ese nuevo modelo basado en la sociedad digital y líquida, donde nada hay seguro y donde el aprendizaje es ubicuo, expandido y aumentado por las propias redes sociales. Se sale de las cuatro paredes del aula. No se controla.

Por eso no nos movemos. O si lo hacemos es más bien hacia atrás, replegándonos ante el avance inmisericorde las tecnologías e intentando doblegar una realidad que no controlamos y que va en una dirección contraria a los intereses de la Escuela tradicional.

Hace falta tiempo, formación, mejores condiciones laborales y leyes educativas que fomenten este modelo. No vamos muy bien.