1. LA INSPECCIÓN EDUCATIVA ANTE LA MUTACIÓN SOCIAL Y CULTURAL. RAZONES PARA EL CAMBIO.

Realizar una propuesta sobre la organización de la inspección educativa, en un futuro inmediato, supone reflexionar sobre cuál debe ser su papel en los próximos años y, por tanto, previamente debe partirse de una reflexión sobre el futuro de la educación en un, sin duda, contexto social, cultural y educativo cambiante y complejo. Nos encontramos en plena transformación social y, en consecuencia, aparecen nuevos paradigmas culturales, nuevas formas de creación, distribución y acceso a la cultura. No han desaparecido los anteriores, no sabemos lo que quedará de ellos pero seguro que cambiarán, mutarán. Los nuevos esquemas, aún en ciernes, no plenamente configurados, están arrasando con parte de lo antiguo pero, a la vez, también toman prestados elementos de su riqueza. Las profesiones de la cultura y de la educación pertenecen a este campo por lo que se ven, y se verán, fuertemente alteradas, viéndose abocadas a plantear nuevas condiciones. Todas las murallas serán arrasadas, o rodeadas, pero no todo será, ni debe ser, completamente nuevo.

Estamos condenados, irremisiblemente, a una profunda revisión del modelo de la educación de los niños y jóvenes en general, así como del modelo de los centros educativos, en particular. Habrá que revisar, en primer lugar, el currículo y su organización, pero también la organización de los espacios  y tiempos escolares, que son retados continuamente por la enseñanza virtual en red que salta los espacios y devora los tiempos tradicionales.

En numerosos estudios, ensayos y reflexiones realizados en los últimos años, se argumenta, se discute y concluye que nos encontramos ante un cambio de época vinculado a un cambio de civilización. Éste se caracteriza por un universo lingüístico distinto, la rapidez, la navegación por la superficie en contra de la profundización clásica, el movimiento a cambio del esfuerzo, la búsqueda de la espectacularidad, el juego en lugar del sufrimiento, la experiencia conseguida mediante la conexión y el establecimiento de secuencias, las relaciones sociales horizontales frente a las verticales.  En definitiva, una modificación sustancial y profunda de los parámetros de referencia para vivir, es decir, del sentido con el que interpretamos la realidad y nos orientamos en ella. Estos cambios y el consiguiente cuestionamiento del estatus social, deben servir de base para una reflexión profunda de los modos de vida, de las relaciones y, por tanto, de las instituciones clásicas, entre las que se encuentra la denominada escuela o servicio educativo prestado por la sociedad a los ciudadanos. Máxime cuando en ella confluyen dos de los conceptos más vapuleados por la mutación cultural que se está produciendo: el pasado y la autoridad.

Por otra parte, no se trata tan sólo de una mutación cultural, sino también del Estado y de las relaciones de éste con los ciudadanos. Y ello afecta sustancialmente a un cuerpo profesional encargado de la inspección del sistema educativo por las administraciones públicas. En estos momentos, actúan dos tendencias que pueden ser contradictorias o constituir una paradoja; por un lado, se refuerza el discurso de la autonomía (individual para los “emprendedores”, o grupal para los centros educativos) y, al mismo tiempo, se refuerzan los mecanismos de control y homologación sobre los ciudadanos. Es decir, existen claros intentos de incremento de la verticalización del funcionamiento de las instituciones políticas y, al mismo tiempo, asistimos a una expansión irrefrenable de las redes horizontales de información, comunicación, formación y movimientos sociales. No nos cabe ninguna duda de que existe una reformulación de las relaciones de las instituciones de poder con los ciudadanos y ello afecta de lleno a las esencias de nuestro trabajo como inspectores de educación. Independientemente de análisis o posicionamientos ideológicos, la llamada Nueva Gestión Pública (NGP), de inspiración neoliberal, conduce a un Estado muy distinto al decimonónico, en el que sus funciones fundamentales, en sintonía con los cambios sociales, son la coordinación, la facilitación y una regulación mínima, unido todo ello a sistemas macro de evaluación permanente. Esto último condiciona claramente a la Inspección Educativa en su papel de evaluación del sistema en sus diversos aspectos.

En el panorama descrito, los inspectores de educación, miembros de una profesión de la cultura, estamos obligados a reflexionar sobre cuál debe ser nuestro papel, a partir de ahora. La postura más cómoda podría ser enrocarnos, como figuras de ajedrez, y colaborar con aquéllos que están construyendo una muralla que, supuestamente, nos impermeabilice de las influencias de los que nos quieren conquistar. Por el contrario, los autores de este texto pretenden ofrecer claves para que la organización y el funcionamiento de la inspección educativa se adecue a los nuevos tiempos. No nos referimos a un futuro genérico, como lugar común de cierto tipo de reflexiones al uso, sino al futuro que ya es presente, que se encuentra a los pies de la muralla o ya la ha traspasado, el que ineludiblemente nos interpela. O le contestamos con inteligencia colectiva o nos puede arrasar. Por supuesto, no vamos a proponer la adopción de un cambio radical, que quizás sería deseable a la vista de los acontecimientos, pero tan necesario como imposible en el corto plazo. Lo que sí ofrecemos y exigimos es la posibilidad de dar un paso adelante, de manera que la inspección educativa se coloque en primera línea social y cultural tanto como ejemplo de organización, que puede dar una mejor respuesta a los nuevos tiempos, como por las aportaciones que pueda realizar para una mejora de la respuesta que la escuela ofrece a la sociedad de la que, no lo olvidemos, forma parte. En suma, deseamos aportar nuestro grano de arena desde un cierto escepticismo crítico convertido en necesidad y posibilidad de cambios ineludibles que debemos intentar conducir. Muchos episodios de la historia de la inspección nos permiten asegurar que podemos afrontar el futuro a hombros de los gigantes que nos han precedido.

La expansión y creciente complejidad del sistema educativo junto al protagonismo de lo que se ha dado en llamar la “educación líquida” y la educación informal y, por último, la revolución digital que afecta con claridad a nuestras formas de creación y distribución del conocimiento entierra, de una forma definitiva, el tradicional supervisor de nivel intermedio que corre el riesgo de ser sobrepasado y convertirse en un anacronismo a menos que reinvente y reformule sus funciones. Históricamente, la Inspección Educativa se ha movido en una serie de antinomias que, en ocasiones, le ha conducido a contradicciones y a una cierta falta de identidad casi genética. Nos referimos, entre otros, a las siguientes:

PROFESIONALIZACIÓN versus POLITIZACIÓN.

FUNCIONES ADMINISTRATIVAS versus FUNCIONES PEDAGÓGICAS.

FISCALIZACIÓN versus ASESORAMIENTO.

CUERPO ADMINISTRATIVO versus CUERPO DOCENTE.

INTERVENCIÓN DE NIVEL versus INTERNIVELAR.

ESPECIALIZACIÓN versus GENERALISMO.

Cualquier reforma de la organización y funcionamiento de la Inspección ha de optar con claridad entre los diversos extremos expuestos, intentando configurar una profesión con identidad, y, al mismo tiempo, con coherencia en la configuración general que determine las opciones que se elijan. Las propuestas que aquí se presentan, pretenden contener y responder a esa coherencia.

Debemos tener en cuenta, además, que en los últimos años, se ha producido un replanteamiento de la organización y el funcionamiento de la administración educativa, de forma que contenidos de la planificación y la ordenación del sistema educativo, en los que antes la inspección tenía un papel protagonista, han pasado a ser gestionados por otros servicios ya existentes o por la irrupción de nuevas instancias, como las Agencias o Institutos de Evaluación Educativa. Lo que provoca la necesidad de búsqueda de un nuevo lugar de la inspección educativa que, por otra parte, se está produciendo de forma más o menos deliberada en la última década pero, quizás, sin la suficiente reflexión de fondo, lo que da lugar a cierta desazón en muchos de los que ejercemos la profesión de inspectores de educación.

En el estado de situación descrito, las instituciones educativas deberían estar sujetas a un profundo proceso de reflexión sobre su ser y estar en la sociedad. Lejos de ser así, más bien parece que se encuentran en un estado catatónico, quizás provocado por la sorpresa o el shock que provoca el vértigo y la consiguiente inacción. Hasta tanto se produce la necesaria reflexión que de no llevarse a cabo, como de hecho está ocurriendo, la educación formal será invadida por una política de hechos consumados, queremos contribuir, con las aportaciones de este documento, a lo que podría denominarse una “avanzadilla” que los servicios de inspección educativa podrían ejecutar, replanteándose su organización y funcionamiento para dar un servicio que responda a nuevas necesidades de los ciudadanos y, a la vez, sea un ejemplo de replanteamiento y modernización administrativa.

Para nuestro análisis nos basaremos en presupuestos y principios tradicionales aunque reformulados, en un intento de modificación, aunque sea parcial, del lenguaje comúnmente utilizado en nuestro ámbito. La construcción progresiva de nuevos términos y lenguajes será una condición si no previa, cuando menos simultánea, para provocar los necesarios cambios. En primer lugar, se hace necesario afianzar determinadas funciones y modificar otras, vemos imprescindible replantear la dependencia funcional y orgánica, de la inspección educativa, unido a los procesos de jerarquización y coordinación, dando lugar a cambios en la  organización interna y las relaciones con otros servicios o departamentos de la administración educativa. Y, por supuesto, lo anterior debe ser coherente con un nuevo modelo de organización del trabajo.

autores-inspectores

  • José Luis Castillo

    Creo que caben dos enfoques. Uno, mirar a la función inspectora; otro mirar al cuerpo de inspección.

    Si se atiende a la función inspectora, está claro que sus funciones administrativas son exclusivas. Y no van a desaparecer. Otra cosa es si eso hace feliz a quien lo ejerce. En este caso hay una identidad plena entre función inspectora y cuerpo de inspección.

    Pero si el cuerpo de inspección quiere abordar en profundidad otra vertiente, de servicio, que es la de ayuda, colaboración, asesoramiento, tiene que saber que no es en exclusiva. Que la identidad entre función y cuerpo no es plena. Que en ayuda, asesoramiento, colaboración caben más, muchos más agentes. Es más. Tiene que saber que encontrará a gentes docentes, o personas que participan como familia del alumnado, mucho más formadas, más preparadas, con más capacidad de ayuda, colaboración, asesoramiento, que el promedio del cuerpo de inspectores. Pero no se trata de una competición a ver quién aleja más. Es pura estadística. También encontrará docentes con menor nivel.

    ¿Qué sucede entonces? Me refiero a qué sucede cuando un cuerpo con jerarquía administrativa (como docente, el inspector de mi centro es mi superior jerárquico) intenta jugar un rol horizontal que ya está bien cubierto por mucho (y cada día más) profesional no inspector. Para la inspección va a ser una tensión muy fuerte jugar en dos planos. En uno en el que hay superioridad administrativa, en otro en el que no solo no la hay, sino que, además mucho inspector tendrá que ponerse al día en cuestiones como aprendizaje invisible, formación no formal, aprendizaje por indagación, aprendizaje por proyectos, socialización rica y colaboración, MOOC, realidad aumentada, aprendizaje emocional, lenguaje y plan audiovisual, aprendizaje social, acompañamiento educativo, evaluación democrática, portafolios, bilingüismo, comunidades virtuales de aprendizaje… Y quedan más cosas…

    ¿Se verá debilitada la posición jerárquica si se demuestra que la capacidad asesora, de colaboración, de ayuda, es más débil que la que pueden ofertar otros agentes educativos? ¿Se ve eso como un riesgo o se acepta como una oportunidad?

    Mi sensación es que el cuerpo de inspección llega tarde a la cuestión asesora, colaborativa, de ayuda. Es algo que, ahora mismo, está cada vez más y mejor cubierto de forma autónoma por el profesorado. Como anécdota, acabo de salir de una sesión de formación sobre aprendizaje en proyectos con 70 docentes y ningún inspector; y hemos confirmado la voluntad de continuar trabajando juntos en septiembre, a iniciativa de la Administración (ojalá) o no. Pero desde luego que para nosotros sería una sorpresa que en septiembre se incorporase al proceso alguien de la inspección… Agradable, por supuesto. Conveniente, por supuesto. Deseable, por supuesto. Pero no necesario. Ya nos bastamos. Hemos tenido que aprender a hacerlo, no nos ha quedado otra, no ha sido por gusto.

    Pero sí que tiene una función horizontal que podría cumplir con más eficiencia que cualquier docente. Porque la inspección conoce diversos centros. Y puede dinamizar sinergias.

    Creo que la inspección, intentando hacer lo que ya se hace no va a lograr mejorar sus perspectivas profesionales. Pero sí caben roles más horizontales que no están bien cubiertos. Ojalá llegue a tiempo, antes de que, también por necesidad, queden satisfechos.

    • José Luis Castillo

      De todos modos me parece un debate interesantísimo, bien planteado, con muchos aspectos que se pueden ir hablando. Y que va a ser muy útil. Felicidades por el post.

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