En el recién concluido año 2014 el premio nobel de la paz que la institución sueca otorga cada año, ha recaído en Malala, una muchacha de tan solo 17 años. Por primera vez en la historia de estos premios, una menor de edad es reconocida por su contribución a la humanidad a pesar de lo breve de su recorrido vital. La defensa de la educación femenina en su país, aún a riesgo de su propia vida, la ha colocado a la altura de Nelson Mandela, Martin Luther King, Desmond Tutú, Madre Teresa de Calcuta o Gandhi, que paradójicamente, aún habiendo sido cinco veces candidato al premio, nunca lo obtuvo.

Malala-Magazine-INED21

¿Cómo puede ser que la labor de una niña entre los 13 y los 17 años, es decir, en tan solo 4 años de vida, se pueda equiparar a la dilatada trayectoria de trabajo, perseverancia y sufrimientos de los anteriormente citados?

A mi juicio, una primera explicación de este fenómeno, la podemos encontrar en las características de la Generación Z, a la cual pertenece Malala. A nivel sociológico, los niños y jóvenes nacidos a partir de 1995 reúnen una serie de atributos que motivan que se haya dicho de ellos que son la primera generación capaz de acabar con el hambre en el mundo. Y precisamente por esta razón es fundamental que conozcamos estas características a la hora de educar a esta generación para que podamos otorgarles la oportunidad de alcanzar la talla a la que están llamados. Mencionaré tres de ellas con la intención de sacar algunas conclusiones de cara a la reflexión sobre los “cómos” de la educación.

Una primera singularidad es su conciencia global. Estos jóvenes, a diferencia de generaciones precedentes, no conciben la distancia como un obstáculo para la comunicación y la interacción. Para ellos la aldea global no es un concepto, es una realidad en la que viven, gracias a la inmediatez que proporciona la tecnología en las comunicaciones. El intercambio de experiencias en tiempo real, sin la demora del feedback que se producía hace tan solo treinta años a través del correo postal, provocan que lo que está ocurriendo en un lugar del mundo tenga repercusión en tiempo real en el resto del planeta. Hemos asistido a las consecuencias de este fenómeno en el caso de la “primavera árabe” y su contagio a las movilizaciones de 15-M u “Ocupa Walll Street”.

Malala vive en esta conciencia y hace de su lucha personal por el derecho a la educación, una causa mundial a través de una herramienta tan sencilla como su blog. Es precisamente la conciencia de que su reivindicación puede ser escuchada por todo el mundo, en el sentido literal de la expresión, lo que permite que no sea una víctima anónima más, sino por el contrario una líder de la causa.

Una segunda característica es la madurez. No esperan a cumplir una determinada edad para tener iniciativas, ser emprendedores y actuar como adultos. Muchos de ellos comienzan a trabajar antes de ser mayores de edad. En unos casos como necesidad ante la crisis que empuja hacia la autonomía prematura, en otros casos como imitación de ejemplos que pueden llegar a conocer a través de esa cultura global mencionada y sobre todo gracias a las herramientas tecnológicas que permiten poner en marcha iniciativas que en otras décadas ni siquiera hubiéramos imaginado.

La proliferación de foros de encuentro y presentación de estos jóvenes talentos nos está mostrando que no se trata de “niños prodigio”, en el sentido de casos prácticamente anecdóticos por su escasez y rareza, sino  más bien toda una evidencia de que nuestra idea occidental de que la madurez se alcanzará cuando, tras una larga formación académica bajo el amparo familiar encuentres un trabajo de aquello para lo que te has preparado y puedas independizarte, está repudiando el ingenio y extinguiendo la iniciativa, en definitiva, empobreciendo nuestra sociedad y condenándola a la repetición.

Malala estimula a toda una generación de jóvenes a creer que si con 17 años ya se puede ser premio nobel de la paz, ¿a dónde se podrá llegar con 50? El éxito en la vida no es ya algo que se consigue a modo de premio al esfuerzo, tras muchos años de dedicación, sino que es algo que puede suceder hoy, gracias a la democratización y accesibilidad que propicia de los recursos necesarios, una nueva forma organizacional denominada redarquía. La excelencia es entonces la clave para mantenerse en el éxito existencial de manera prolongada y creciente.

Un tercer elemento es la responsabilidad y su impacto social. Los estudios sociológicos realizados en Estados Unidos comparando esta Generación Z con la anterior de los Milennials, revelan que desciende significativamente el consumo de drogas y también el de adolescentes embarazadas, como datos demostrativos de mayor sensatez y juicio. A su vez, el porcentaje de jóvenes que aspiran a tener un impacto social en el mundo a través de sus trabajos pasa del 39% al 60 %, siendo además un 26 % el que colabora habitualmente en proyectos de voluntariado. Saben que pueden cambiar este mundo haciéndolo  más habitable y quieren hacerlo además trabajando en lo que les gusta, conscientes de que su granito de arena sí marca una diferencia.

Sin duda alguna, Malala representa de forma paradigmática este impacto, provocando a través de la publicación de su historia convertida en bestseller y de la difusión de los videos de sus discursos, una preocupación mundial por la educación en los países más pobres.

De todo esto concluyo que si ésta es la generación destinada a cambiar este mundo y ponerlo en una senda definitiva hacia la justicia social, la unidad de los pueblos, la paz mundial y el fin de la  miseria, la formación que les ofrecemos tiene que ser acorde con estos ideales.

Estamos llamados a ser los gigantes de los que hablaba Bernardo de Chartres para que esta generación se suba a nuestros hombros. Son ellos los que están convocados a ver más y  más lejos, alzados sobre  nuestra experiencia. Pero la mirada es la de ellos. No podemos educar a esta generación si seguimos mirando con nuestros ojos y no con los de ellos el mundo. No es una cuestión de contenidos programáticos de un currículum, es cuestión de visión.

Cada generación es mejor que la anterior porque recoge el testigo de la historia y se lanza con nuevas fuerzas hacia el futuro. El futuro ha sido y será siempre de los jóvenes. Confiar en ellos y otorgarles el protagonismo merecido es imprescindible en la tarea educativa. Necesitamos creer que su visión es mejor que la nuestra, precisamente porque la hacen sobre nuestros hombros. En palabras de Ortega y Gasset: “una generación no es un puñado de hombres egregios, ni simplemente una masa: es como un nuevo cuerpo social íntegro, con su minoría selecta y su muchedumbre, que ha sido lanzado sobre el ámbito de la existencia con una trayectoria vital determinada. La generación, compromiso dinámico entre masa e individuo, es el concepto más importante de la historia, y, por decirlo así, el gozne sobre que esta ejecuta sus movimientos”.