Todos sabemos que la inteligencia no garantiza el éxito en la vida, ni tampoco unos resultados académicos excelentes. Cuando era niña, mi padre solía repetirme continuamente una frase, a modo de sermón: «no aprende quien puede, sino quien quiere». Entonces no entendía lo que quería decir, pero ahora que soy madre esas palabras han cobrado todo el sentido.

Ahora veo perfectamente que el aprendizaje es un acto voluntario y por mucho que invierta el Estado en educación, por muy bien diseñado que esté el currículum, por muchas horas que dedique el profesorado, por muchos castigos o premios que se apliquen… Si el alumno no está motivado, si no tiene interés por lo que se le quiere enseñar, ya le pueden soltar todos los sermones del mundo que no aprenderá.

FALTA DE MOTIVACIÓN

Hoy en día, la falta de motivación los niños y su contagio a los profesores es uno de los principales problemas del sistema educativo. Hace poco estuve en una reunión de padres y esa fue precisamente la palabra que más se pronunció. Estoy segura de que esto no es más que un síntoma de que los engranajes del sistema educativo están oxidados y hay que cambiarlos cuanto antes. Sin embargo, descargar nuestra rabia contra el paradigma, como ente amorfo e intangible, no nos ayuda nada a los que ahora estamos viviendo este problema. Solo genera frustración y negatividad.

La pedagoga y especialista en inteligencia emocional, Maite Garnica, afirma que la motivación y el esfuerzo están íntimamente relacionados. Muchos alumnos (y algunos adultos también) exigen que sea el profesor o el sistema el que les motive. Aquí es donde está el error. Según asegura Garnica, esto no funciona así, porque

«No existe motivación

sin un esfuerzo previo»

Entonces, la pregunta que yo me hago es: ¿Por qué unos niños se esfuerzan y otros tiran la toalla? La psicóloga estadounidense Carol Dweck lleva muchos años investigando sobre el esfuerzo, la motivación y la perseverancia. Ha escrito varios libros sobre este tema y ha llegado a algunas conclusiones interesantes. Dweck asegura que hay dos tipos de niños en función de su actitud ante el esfuerzo:

1

Los que piensan que los logros y el éxito dependen de su talento y habilidades o de su inteligencia.

2

Los que piensan que los logros y el éxito dependen del esfuerzo, el trabajo y la perseverancia.

Según un estudio realizado conjuntamente por la Universidad de Columbia y la de Standford, en el que participaron Carol Dweck y su colega Claudia M. Mueller, los niños que piensan que los logros dependen de la inteligencia innata, evitan desafíos que consideran difíciles de lograr y se centran solo en aquellos campos en los que saben que van a destacar.

Estos niños muestran muy poca tolerancia a la frustración, ya que para ellos un error es una muestra de poca inteligencia. Sin embargo, los niños que piensan que los logros se consiguen con trabajo y esfuerzo, piensan que a mayor esfuerzo, más logros y más inteligencia.

Por increíble que resulte, el estudio concluye que esta forma de pensar de los niños depende de las alabanzas que reciban.

Durante la investigación, Dweck y otros expertos de la Universidad de Stanford ofrecieron una serie de puzles simples a un grupo de 400 alumnos de entre 10 y 12 de edad. Tras resolverlos, a una mitad de los niños (grupo A) se les elogió por su inteligencia, mientras que a la otra mitad (grupo B) se le destacó el esfuerzo realizado.

Más tarde se consultó a los pequeños acerca de cómo preferían que fuera la siguiente prueba: fácil o difícil. Entre los niños del grupo A, dos tercios eligieron la opción fácil. En el grupo B, 9 de cada 10 eligieron la difícil. Los primeros no querían poner en riesgo su condición de “inteligentes”. Los segundos, en cambio, querían saber hasta dónde podían llegar.

Posteriormente, se sometió a los alumnos a un rompecabezas tan difícil que ninguno de ellos lo pudo terminar. Pero los del grupo B lo intentaron durante más tiempo y disfrutaron más de la tarea que los del A, sin perder confianza en sí mismos -como sí les ocurrió a los del otro grupo-.

Por último, se les entregaron unos puzles con el mismo grado de dificultad que los de la primera prueba. En los niños del grupo A, el rendimiento cayó en un 20%. En los del grupo B, se incrementó en un 30%.

Según el estudio, alabar constantemente los talentos, la inteligencia y otras capacidades innatas de los niños puede generar una autoestima positiva, pero les hará abandonar ante la primera experiencia de fracaso que tengan, haciendo más difícil que quieran volver a intentar algo en lo que puedan fallar.

Esto significa que alabar las capacidades innatas de un niño lleva a una mentalidad fija, mientras que alabar su esfuerzo y su trabajo duro modifica el foco de atención a la conducta en lugar de la habilidad, generando así una mentalidad más flexible y resistente, con una mayor capacidad para persistir ante el fracaso.

Al elogiar la inteligencia de un alumno, le transmitimos la sensación de que su logro es innato. En tal caso, el alumno aspira a continuar dando la impresión de que es inteligente, lo que le evita asumir riesgos y cometer errores.

En cambio, cuando elogiamos a un alumno por su trabajo y su esfuerzo, éste refuerza su percepción de él mismo, lo que le predispone a asumir tareas más complicadas y a considerar los errores como parte del proceso.

Según Carol Dweck, es responsabilidad de los educadores crear contextos en los que este tipo de mentalidad más flexible o “de crecimiento” pueda florecer, haciendo hincapié en el esfuerzo y no en los resultados finales. Sin embargo, Dweck deja claro que el educador no debe prodigarse en alabanzas sólo para hacer sentir bien a sus pupilos.

Cuando se pone el foco en el esfuerzo, hay que demostrar claramente cómo el esfuerzo ha generado un progreso en el aprendizaje. Según afirma, los profesores que tienen sus clases llenas de niños con este tipo de mentalidad siempre apoyan las estrategias de aprendizaje de estos niños y les muestran como estas estrategias conducen al éxito.

Este estudio nos facilita a los educadores una importante herramienta para mejorar la motivación de los niños, al tiempo que demuestra científicamente aquella teoría de mi padre:

«No aprende quien puede,

sino quien quiere»

Carol Dweck, en TED.


PARA MÁS INFORMACIÓN

MUELLER, Claudia M. & DWECK, Carol S. Columbia University: Praise for Intelligence Can Undermine Children’s Motivation and Performance. Journal of Personality and Social Psychology 1998, Vol. 75, No. 1, 33-52.

THE ATLANTIC. 16 de diciembre de 2016. Gross-Loh, Christine: How Praise Became Consolation Prize. Helping children confront challenges requires a more nuanced understanding of the “growth mindset.”

  • Charly Llamazares

    Realmente muy interesante.

    El problema de nuestro actual sistema en España es que no se premia el esfuerzo. Solo se premia el igualitarismo.

    Los que van bien piensan que seguirán así siempre. Cuando llega el fracaso se creen incapaces, se hunden. Y efectivamente no son capaces de esforzarse.

    Gracias por la aportación