La evolución de los sistemas de organización familiar y su

incidencia en los hijos ante la separación de sus padres

Explicaba ahora hace dos años en una entrevista que me hicieron, también con motivo del día internacional de los Derechos de los Niños, que en esta materia no nos teníamos que fijar no sólo en todo lo que nos quedaba por hacer, que es mucho, sino también en todos los adelantos conseguidos en los últimos treinta años, teniendo como punto de referencia y –prácticamente de partida–, la Declaración de los Derechos del Niño de 1989.

Efectivamente, a lo largo de estos años hemos ido incorporando a la vida cotidiana de nuestros niños muchos elementos que ahora nos parecen muy normales; pero que, entonces, eran retos que ni tan sólo formaban parte de la cultura de la gente en países civilizados.

Me refiero principalmente a la protección y promoción de su educación y de su salud física, psíquica y emocional, en un contexto en el que el respeto hacia su persona ha devenido un aspecto troncal, y que antaño se relativizaba. En este sentido, un factor decisivo ha sido que los padres y madres actuales, de niños y jóvenes en edad escolar o universitaria, somos gente, en general, preparada, que ya hemos asimilado e implementado los valores que surgieron de aquella declaración y contamos con un nivel de información muy por encima de la que disponía la generación anterior.

Además, actualmente, también nos estamos acercando –no sin dificultades y excepciones– a una progresiva difuminación de los roles paterno y materno en el sentido de que cada vez más, ambas figuras asumen indistintamente toda clase de funciones en el ámbito familiar, superando el clásico esquema de mujer abnegada ocupándose día y noche de la casa y de la crianza de los hijos e hijas, y hombre realizando largas jornadas de trabajo para sustentar económicamente a la familia.

Depende donde vayas y a quien preguntes, encontrarás personas que te dirán que todavía estamos muy lejos de superar este modelo, y hallarás a otras que te dirán que hemos avanzado mucho en este sentido. Ciertamente no se puede generalizar en exceso.

La sorpresa que estoy experimentando últimamente en mi entorno más inmediato, es que hay personas y parejas, especialmente de perfil socio-cultural medio-alto, que optaron en su momento por crear una familia y a la vez desarrollarse profesionalmente, que empiezan a ver ventajas en el esquema «clásico» porque de repente se dan cuenta de que, igual que pasa en las empresas, en lugar de que en un equipo todo el mundo haga de todo, es mejor que cada cual tenga una función que complemente la del otro, porque de esta manera la especialización de cada uno mejora el conjunto.

A ellos les respondo, no obstante, que esto que se ve tanto claro en el ámbito empresarial, quiebra en el ámbito familiar, porque si en el primero cuando un miembro del equipo se va, se sustituye por otro mediante un proceso de selección, en el segundo, la figura del padre y la madre son insustituibles y por lo tanto hay que garantizar que los progenitores, cuando se separan, a pesar de que ya no trabajen en equipo (o se coordinen menos que antes), sepan y puedan cubrir individualmente las necesidades de sus hijos en todos los sentidos, en definitiva, sepan hacer de padre y de madre a la vez.

Si explico todo lo anterior es porque el modelo en el que estamos y sobre el que continuamos evolucionando, consistente en que los dos progenitores trabajan (y mucho) y los dos crían a sus hijos (ni que sea a salto de mata y gestionando el tiempo del niño con una hoja de cálculo):

Tiende más a ser un modelo de gestión de niños

que de acompañamiento de los mismos.

En el modelo «actual», los padres y madres disponen de poco tiempo y tienen que ser más eficientes, gestionando con solvencia los temas escolares, los extraescolares, el tiempo de ocio e incluso los momentos especiales, mientras que en el sistema más «clásico» teníamos a un progenitor que sustentaba económicamente a la familia y como mucho se ocupaba de los tiempos de ocio los fines de semana, mientras que el otro progenitor velaba por una casa en orden y por los hijos e hijas en todos los aspectos, es decir, los acompañaba en su día a día.

No se puede negar que quien defienda esta manera de organización familiar siempre podrá alegar que aporta mucho más equilibrio y sosiego para el niño, con un progenitor siempre pendiente de lo que hace y de cada paso que haga, pero por el contrario supone, entre otros aspectos, que si la pareja se separa, habrá un progenitor independiente económicamente, pero sin el hábito de atender a sus hijos, y otro, con unas capacidades más que desarrolladas para la crianza de los mismos, pero sin autonomía económica y con las posibilidades de situarse laboralmente mermadas.

En consecuencia, la organización «clásica» podría ser un buen modelo en un contexto en el que culturalmente se tenía muy asumido que el matrimonio era para siempre pero no si normalizamos que puede terminarse en cualquier momento.

Prueba de ello es que durante los 25-30 años posteriores a la legalización de la separación y el divorcio en 1981, los procesos de separación y divorcio culminaron en la mayoría de los casos con los hijos e hijas viviendo con la madre porque era la única que sabia atenderlos, con un régimen de visitas a favor del padre quien se limitaba a intentar pasárselo lo mejor posible en el poco tiempo que los tenia y llamando con urgencia a la madre al más mínimo contratiempo, con la madre apurada porqué tenia que reincorporarse o mejorar su situación laboral y además cuidar exclusivamente de los hijos, sin margen alguno para su desarrollo personal, y con el padre que con sus ingresos de antes mantenía a toda la familia, ahora no le alcanzaba ni para su propio alquiler.

Fueron, las de estos años, separaciones muy traumáticas, en que la vida de todas las personas que integraban aquella familia quedaba sumamente desajustada, con una incidencia muy directa y perjudicial en el posterior desarrollo de los niños, que frecuentemente pasaban de vivir en un entorno estable (en términos estándares) a alternar convivencia con uno y otro progenitor, totalmente superados por las circunstancias y sólo centrados en salir adelante en lo más elemental.

Por eso, todavía hoy, tenemos muy interiorizado que la separación va a causar, por sí sola, un gran trauma en nuestros hijos e hijas, y no me canso de repetir que ya no es así, que lo que hoy puede causar el trauma no es la separación en sí, sino que no se les preserve del conflicto entre los progenitores de manera sostenida en el tiempo.

Por el contrario, el sistema «actual» tiende a reconocer sin pretenderlo que las relaciones de pareja, con o sin matrimonio, son etapas que, como todo en la vida, son finitas, y que dicho final no tiene porqué coincidir con la muerte de uno de los miembros de la pareja, y garantiza, en general, que los progenitores que se separan son personas preparadas para asumir por sí mismas (y sin perjuicio de la colaboración que eventualmente puedan recibir del otro).

La crianza de sus hijas e hijos, tanto desde el punto de vista personal como económico, lo que supone que el impacto de la separación en los niños se vea minimizado de forma muy considerable. Hoy, en la mayoría de los casos, el hijo o hija de padres separados visitará a un psicólogo si le ven triste o vagamente deprimido, dispondrá de dos viviendas perfectamente acondicionadas, de la misma ropa en un lado u otro, de progenitores que les sabrán cocinar y sabrán ayudarles en sus tareas escolares, que acudirán a todas las reuniones del colegio y a eventos en los que participen, les llevarán al médico indistintamente, y probablemente tendrán vacaciones más variadas que si sus padres siguieran juntos.

En la actualidad, además de progenitores independientes económica e intelectualmente, existen mediadores, abogados y jueces especializados (aunque menos de los necesarios), terapeutas especialistas, abuelos implicados y, sobretodo, una progresiva normalización y asimilación de que el único modelo de familia no es el compuesto por un padre (hombre) y una madre (mujer) juntos.

A modo de conclusión, debo manifestar que, a pesar de que me he referido a dos maneras de organizar la familia como «clásico» y «actual», y de una generalización que no pretende excusar los múltiples matices que presentaría este debate, no sabría distinguir entre el mejor o el peor, señal inequívoca de que cada familia adoptará el que sienta que es mejor o el que sus circunstancias aconsejen, pues yo mismo he transcurrido por distintas etapas en las que, de ser posible, hubiera optado por uno u otro modelo según el momento.

Lo que sí me parece claro es que un modelo en el que ambos progenitores tienen la capacidad de asumir todas las competencias en relación a sus hijos (génesis de la custodia compartida), sin ninguna relación de dependencia personal y económica del otro progenitor (lo que no quiere decir que no aspiren a coordinarse), supone una de las grandes ventajas si los progenitores se separan y una garantía de estabilidad para los niños que, una vez superado el duelo por un circunstancia que no deseaban, podrán seguir con su vida, desarrollándola en su integridad.

Este es sin duda uno de los grandes logros en beneficio de nuestros niñas y niños, consolidados en los últimos diez años y que acredita que nuestra tendencia es orientarse siempre a colocarlos en un plano preeminente en nuestra sociedad, protegiéndolos prácticamente de cualquier circunstancia que no les corresponda afrontar por sí mismos.