Reflexión en torno a los estudios de género: Las Memorias de Leonor López de Córdoba

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¿Qué aportan los estudios feministas al estudio de la literatura?

Para responder a esta cuestión partiré, en primer lugar, del análisis de Suárez “Feminismos: qué son y para qué sirven” (2000).  En él se subraya la premisa de que los estudios feministas conciben la literatura como el resultado de una actividad “discursiva productora y reproductora de ideología” (40).

Por ello “prestan atención a la connivencia entre literatura e ideología sexual” (40). Las diversas críticas feministas consideran que la ideología de género se plasma en las distintas manifestaciones culturales. Por tanto, el análisis feminista revela que:

“El género constituye una categoría universal de construcción de la experiencia y que todas las prácticas sociales están mediatizadas por la ideología de género” (40).

En consonancia con este aspecto, se llega a la conclusión de que el canon literario imperante hasta finales del siglo XX, que alberga mayoritariamente textos literarios elaborados por hombres, “genera lecturas androcéntricas” (42) que contribuyen a “la marginación de textos ginocentrados” (42).

Los estudios feministas abordan la literatura como “parte de un proceso educativo que el feminismo denuncia como “aculturación de las mujeres” (Suárez 42) y al que Judith Fetterley denominó “inmasculación” ( 42).

Durante siglos de historia, la imposición de un canon literario elaborado fundamentalmente por hombres ha conducido a las mujeres, en palabras de Suárez:

«A identificarse con el punto de vista masculino y aceptar como normal y legítimo un sistema de valores androcéntrico, aun cuando uno de sus principios centrales es la misoginia» (42).

Por este motivo, a partir de la eclosión de voces femeninas en la literatura, que se inicia ya en el siglo XIX, resulta imprescindible analizar el lenguaje y las estructuras empleadas en las diversas manifestaciones literarias por la mujer/autora (Vivero 79).

La teoría literaria feminista no solamente rescata a aquellas mujeres olvidadas o silenciadas por la historia, sino que plantea la necesidad de reflexionar desde una perspectiva crítica sobre la producción literaria de las autoras (Vivero79).

Las investigaciones de Rita Felski, Sandra Gilbert y Susan Gubar evidencian que en el proceso literario no solo convergen características estéticas y artísticas, sino que en él inciden una serie de mecanismos “extratextuales” (79), entre los que destaca el tema de la identidad (79). Actualmente:

“Los estudios de género y la teoría queer replantean el concepto de “literatura” en tanto que establecen que esta no es sino “una forma simbólico-discursiva por medio de la cual se crean, transforman o perpetúan identidades genéricas y sexuales” (81).

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Argumentos a favor y en contra de la existencia de rasgos específicos de la literatura escrita por mujeres

Como expone Richard en su análisis “¿Tiene sexo la escritura?” (1994) uno de los argumentos en contra de la existencia de rasgos específicos en la literatura escrita por mujeres es el que aportan muchas autoras por miedo a verse relegadas del canon literario que se ha constituido como universal tomando como eje el heteropatriarcado:

«Cuando se interroga la validez de la distinción entre textualidad femenina y textualidad masculina, muchas escritoras mujeres, al presentir la amenaza de verse rebajadas del rango de lo general (lo masculino-universal) al rango de lo particular (lo femenino), prefieren contestar que so1o hay buena o mala literatura o que el lenguaje no tiene sexo” (131).

En su ensayo Richard plantea la complejidad de delimitar las pautas que determinan unos rasgos específicos en la literatura femenina aludiendo a distintas variables de índole formal y temática. Para ello rescata las reflexiones de diversas escritoras:

Josefina Ludmer afirma que «la escritura femenina no existe como categoría porque toda escritura es asexual, bisexual, omnisexual» (Ludmer 275-276) (Richard 132). Este planteamiento se halla en consonancia con la teoría de Julia Kristeva, que defiende que el proceso de escritura se ubica más allá de aspectos biológicos y psicosociales y defiende “el cruce interdialéctico de varias fuerzas de subjetivación” (132).

Por el contrario, según señala también Richard, Diamela Eltit aboga por una defensa de la literatura femenina como característica para nombrar “a todos aquellos grupos cuya posición frente a lo dominante mantengan los signos de una crisis” (133) y plasmen una “modificación en el tramado monolítico del quebacer literario, más allá de que sus cultores sean hombres o mujeres generando creativamente sentidos transformadores del universo simbólico establecido». (133).

Richard prefiere explicar la existencia de una literatura femenina como la inclusión de un discurso que forma parte del proceso de carnavalización emergente. En dicho discurso los límites entre el carácter femenino y masculino se desdibujan, quedando como resultado una literatura en la que confluyen, desde la polifonía, dos tipos de identidades:

  • Aquella que se sitúa en la marginalidad.
  • Y la que durante siglos se ha mantenido como imperante.

En consonancia con este aspecto, rescata las palabras de Soledad Bianchi:

Se hace necesario quebrar el ‘ghetto’ del sexo y se trataría de situarlos [los textos de mujeres] junto a los otros producidos por contemporáneos hombres y mujeres considerando semejanzas y diferencias, reconociendo logros y aportes, pero también limitaciones». (128) (Richard 134).

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Richard defiende la existencia de una literatura femenina abogando además por la clara existencia de una intertextualidad cultural que gira en torno a la “dialéctica continuidad/ ruptura” (135) y posee un carácter diverso y plural.

Alicia Redondo Goicochea también considera que se puede hablar de literatura femenina, pero su análisis parte de una perspectiva más simplista. Para ello considera solo dos parámetros:

  • Que la autora sea mujer.
  • Y que en el texto creado pueda apreciarse esa feminidad (20).

La  escritora reivindica una literatura con “marcas de origen sexual” (20) tanto en “la forma como en el contenido” (20), entre otros aspectos. De igual manera defiende la teoría de que hombres y mujeres leemos y, por tanto, interpretamos las obras literarias de manera diferente (21). Partir de este aspecto permitiría, como también plantea Richard, una reorganización del canon literario y favorecería el uso de la expresión “literatura diferente” como término opuesto a “literatura mala” (21).

Redondo enlaza este aspecto con la premisa de que no se puede alcanzar una lectura objetiva, es decir, somos seres humanos y; por tanto, sujetos condicionados por múltiples factores a la hora de realizar una interpretación del texto. En definitiva, el género es un factor más que condiciona la lectura (22). A partir de aquí, en su estudio analiza los rasgos formales y temáticos que presentaría la literatura femenina.

¿Existe una literatura “femenina”?

¿Ha cambiado la situación de las escritoras con relación a otras épocas?

Considero que existe una literatura femenina debido a diversos factores.

En primer lugar, quiero referirme a los que María Caballero Wangüemert recoge en su libro Femenino plural (1998). Uno de ellos es la eclosión del   movimiento feminista, en sus distintas variantes, dentro de la literatura (Caballero 14-21). Este aspecto ha favorecido que, desde la crítica literaria, se promueva la necesidad de reconstruir el canon y analizar el fenómeno de la literatura femenina desde “una doble vertiente de creación y de crítica” (15) como queda plasmado en la obra coordinada por Iris Zavala: Breve historia feminista de la literatura española (en lengua castellana) (2000).

Por otra parte, como plantea Richard en el ensayo al que me he referido, se puede hablar de una literatura femenina que aglutina discursos creados desde el ámbito de la marginalidad cultural y que no se identifica necesariamente con el sexo femenino. Es decir, en ningún caso nos estaríamos refiriendo a parámetros biológicos, sino a estructuras en las que convergen temáticas y fórmulas que se alejan de las impuestas por el modelo heteropatriarcal.

En las últimas décadas del siglo XX, los departamentos que abordan estudios sobre la mujer (Women Studies) proliferaron en América, concretamente en Estados Unidos, no solamente para plantear la necesidad de un nuevo canon literario, sino para debatir sobra la cuestión de género, como se planteó también en Asia durante la IV Conferencia Mundial sobra la mujer celebrada en Pekín (1995) (Caballero 16).

Actualmente, en el siglo XXI, cada vez son más numerosas las tesis académicas que abordan las creaciones literarias desde una perspectiva de género.  El proyecto Bieses buscar profundizar en el estudio de la escritura femenina y rescatar del anonimato a aquellas autoras que, debido a su condición de mujer y al contexto histórico-social en el que se inscribían, fueron condenadas al olvido literario.

La situación actual de la mujer como creadora literaria es completamente diferente a la de siglos anteriores. Por ejemplo, los textos femeninos de la época áurea ponen de manifiesto el tópico de la humildad obligada debido a la condición femenina y, especialmente, el tópico al silencio impuesto. En palabras de Teresa Ferrer Valls:

“La recurrencia a la virtud del silencio en la mujer es, con mayor o menor insistencia y pequeños matices, constante en los tratados educativo-morales dirigidos al público femenino” (92).

Desde el siglo XIX, con la incorporación de la mujer a la vida activa, se reivindica la creación de un espacio propio destinado a la creación literaria y se ensalza la autonomía de la mujer. Este aspecto queda plasmado ya en el siglo XX en el célebre libro de Virginia Woolf Una habitación propia (1929). No obstante, en la actualidad todavía  se lucha contra la imposición de un canon eminentemente masculino que erradique la misoginia que ha perpetrado el discurso heteropatriarcal durante tantos siglos de historia.

Reflexión sobre las relaciones de género, personales y “de poder”, que Leonor López de Córdoba mantiene con hombres y mujeres, según su autobiografía

La autora plasma su identidad a través de la literatura. Mediante su relato incide en el linaje noble de su ascendencia y destaca la importancia que tuvo en su vida su padre (Martín López de Córdoba) desde una perspectiva personal. Leonor dedica palabras cargadas de emotividad a la última etapa de la vida de su padre y argumenta la traición que este sufrió.

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También relata en su autobiografía la vivencia de su matrimonio con Ruy Gutiérrez de Hinestrosa, aunque esta figura acapara una parte menos importante de su narrativa y deja de aparecer en el relato en el momento en que pierde sus bienes materiales. De ello se deduce que la figura del esposo no tuvo una importancia relevante a nivel personal para la escritora, ya que se trataba además de un matrimonio acordado desde que Leonor tenía siete años de edad.

La autora deja constancia de la magnífica relación que tenía con su tía materna y cómo esto desencadenó los celos de las criadas y el distanciamiento emocional de sus primas, hecho que se vio agravado tras el fallecimiento de su hermano y de su hijo. Ante la sensación de orfandad emocional, Leonor construye su identidad a través de la religión y toma como referente a la Virgen María. Con ella establece un diálogo a través de los constantes rezos.

Con respecto a la intención de sus memorias, podría advertirse la posibilidad de recuperar su influencia dentro de la Corte después de que Catalina de Lancaster le hubiera impuesto un alejamiento forzado con respecto a ella y también la necesidad de justificarse ante la elección de determinadas decisiones o de apoyar la beatificación de su hermano mayor.

“En sus Memorias, Leonor López de Córdoba es al tiempo el sujeto de su discurso y el centro de su texto. Sin embargo, la autora no construye su identidad refiriéndose únicamente a sí misma sino que recurre a la identidad de otro ser” (Hinger 641). Por tanto, el discurso femenino se construye desde la otredad y aprecio que dicha otredad viene determinada por la conflictividad en sus relaciones con otras mujeres de su familia (sus primas), así como por el distanciamiento de la regenta, hechos que subrayan que tome como referente de identidad a la Virgen María.

De igual manera el profundo afecto que sentía por su hermano y sus hijos (tanto el biológico como el judío acogido) ponen de manifiesto su plena identificación con el rol de madre ejemplar y abnegada que sufre las traiciones y desprecios de otras mujeres de su misma condición social, tanto en el ámbito familiar como en la Corte.

La búsqueda de una identificación identitaria con la Virgen se aprecia especialmente en las oraciones de Leonor, “lo que pragmalingüísticamente se expresa sobre todo en los pasajes de función apelativa” (Hinger 641). Según expone Hinger:

A esta manera femenina de construir su propia identidad Mary Mason la ha llamado ‘alteridad’. Más tarde, Milagros Rivera Garretas llamaría al mismo fenómeno “escribir en relación” y propone una lectura intertextual de varias autobiografías femeninas al comparar los textos de Kate Millett, Margery Kempe y Leonor López de Córdoba (641).

Con respecto a la construcción de una identidad femenina a través de la literatura, cabe destacar “la descripción de lo cotidiano y lo personal” (Hinger 642) presente en las Memorias de Leonor López de Córdoba, ya que “la teoría de los géneros define a las mujeres como seres sociales e interpreta las experiencias femeninas dentro de un marco social” (643).


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A través de la tensión emocional surgida en el ámbito familiar con otras mujeres (primas y criadas de su tía María García Carrillo), así como mediante el conflicto surgido en el círculo de poder debido a su relación con las figuras de Catalina de Lancaster e Inés de Torres, se configura el desamparo emocional de la autora, pero también se subraya la autonomía de la misma. La muerte de sus hijos y de su padre, así como una relación emocional inexistente con su marido, conduce a la autora a construir su identidad tomando como referente a la Virgen.

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Pero dicho referente se constituye también como la excusa perfecta para recrear con voz propia, en una sociedad que imponía el silencio femenino y el código de la moral religiosa, la situación histórica que le tocó vivir desde el plano personal y político, convirtiéndose así en la primera autora española de una autobiografía en la que se relatan numerosos detalles históricos.


N. del E.: Reflexión en torno a los estudios de género – Las Memorias de Leonor López de Córdoba. Trabajo realizado por Ángela María Ramos Nieto para el módulo impartido por el doctor Jorge Luis Peralta en el Máster en Estudios Avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana.


Referencias consultadas.

Amasuno, M. “Apuntaciones histórico-médicas al escrito autobiográfico de Leonor López de Córdoba”. Revista de Literatura Medieval, 8, pp. 29-72, 1996.

Bianchi, «Lectura de mujeres», en Ver desde la mujer, Olga Grau, ed., Ediciones La Morada, Santiago de Chile: Editorial Cuarto Propio, 1992

Caballero Wangüemert, M. Femenino plural. La mujer en la literatura. Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra, S. A, 1998.

Eltit, D. «Cultura, poder y frontera», en Literatura y libros, núm. 113, Santiago de Chile: La Época, 1990.

Ferrer Valls, T. “La ruptura del silencio: mujeres dramaturgas en el siglo XVII” en Mujeres, escrituras y lenguajes: (En la cultura latinoamericana y española) /Sonia Mattalía, Milagros y Aleza Izquierdo (coord.); págs. 91-108, 1995.

Hinger, B. “En torno a las memorias de Leonor López de Córdoba: Una aproximación lingüística”. Acta Historica Te Archaeologica Mediaeval , Núm. 23, enero de 2002, p. 629-44.

López de Córdoba, L. “Vida y tragedias de Leonor López de Córdoba. Memorias. Dictadas en Córdoba entre 1401 y 1404”. Edición virtual al cuidado de María Milagros Rivera Garretas, 1401-1404.

Disponible en http://www.ub.edu/duoda/bvid/obras/Duoda.text.2011.02.0003.html.

Ludmer, J. «El espejo universal y la perversión de la formula», en Escribir en los bordes, p. 275-276.

Navas Ocaña, I. “Las Memorias de Leonor López de Córdoba y el canon”. Iberomania: Revista dedicadas a las lenguas y literaturas iberorrománicas de Europa y América, 69-70, pp. 61-82, 2009.

Redondo Goicoechea, A. “Introducción literaria. Teoría y crítica feministas” en Feminismo y misoginia en la literatura española. Fuentes literarias en la literatura española; Cristina Segura Graiño (ccord). Narcea S.A. de Ediciones.  Págs. 19-45.

Richard, N. “¿Tiene sexo la escritura?”. Debate feminista, 9, pp. 127-139, 1994.

Rivera Garretas, M.M. “Leonor de Córdoba: la autorrepresentación”. En Textos y espacios de mujeres (Europa, siglos IV-XV), Barcelona: Icaria, pp. 159-178, 1990.

___. “Las prosistas del Humanismo y del Renacimiento (1400-1550)”. En Breve historia feminista de la literatura española, 4. La literatura escrita por la mujer: Desde la Edad Media al siglo XVIII. Coord. Iris Zavala. Barcelona: Anthropos, pp. 83-129, 1993.

__ .  “El pensamiento feminista contemporáneo: Categorías de análisis de la sociedad y de la historia”. En Nombrar el mundo en femenino. Pensamiento de las mujeres y teoría feminista. Barcelona: Icaria, pp. 57-86, 1994.

Súarez Briones, B. “Feminismos: qué son y para qué sirven”. En Feminismos, cuerpos, escrituras. Ed. Iris Zavala. Madrid: La Página, pp. 35-48, 2000.

Vivero Marín, C. E. “De la teoría literaria feminista a la teoría queer”.  Revista de investigación y divulgación sobre los estudios de género GénEros, Número 12 / Época 2 / Año 19. Septiembre de 2012, págs.73-83.

Zavala, I (coord.). Breve historia feminista de la literatura española (en lengua castellana). Universidad de Puerto Rico: Anthropos, 2000.

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