INCULCAR RESPONSABILIDAD

Frase de padres a hijos a la entrada de la escuela:

“Si te portas bien en la escuela,

te compro una golosina o te llevo al cine”

Con mensajes como estos nunca vamos a inculcar cómo ser responsable, ni formaremos a seres que sepan cuál es el valor de las responsabilidades.

Los límites son necesarios en todos los órdenes de la vida y más cuando estamos educando. Los límites favorecen la plena construcción de la personalidad. Los límites no son algo que el adulto pueda imponer por la fuerza pero si con autoridad.

Autoridad, no autoritarismo

TOLERAR LA FRUSTRACIÓN

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Los límites no sirven de “sentencia” —pronunciada a la ligera— por padres, maestros, psicólogos, abuelos, etc. Saber que no todo se puede conseguir cuando uno lo quiere, debemos enseñarles a tolerar la frustración, si no, tendremos nenes caprichosos.

Los niños “huelen” y saben que, si sus padres son débiles a la hora de impartir disciplina, pueden chantajearlos por cualquier medio y –sin duda– estas conductas se reproducen en la escuela.

Sabemos cómo es nuestro alumno en la casa

porque lo vemos en la escuela

Los menores precisan de límites y los grandes también. La vida no lleva implícita la anarquía como forma de conducirnos, aunque nos cueste asumirlo. Por eso, los padres debemos mostrarnos firmes y seguros frente a nuestros hijos, alumnos. El negocio de las normas por el negocio mismo no es útil, pero nunca debemos dejar que sean ellos los que marquen los límites. Los chicos pueden sentir miedo por tenerlo todo demasiado fácil y los adultos no debemos ceder ante la pedagogía del ruego.

Poner límites no es reprimir, es orientar e intervenir en un arbitraje sobre una cuestión suscitada, es una frontera a las acciones de todos en una comunidad, por lo tanto, son necesarios, son parte de un contrato social explícito y tácito que se hace por el solo hecho de vivir en una sociedad plena; porque, si no, estaríamos construyendo y viviendo una anarquía.

PRINCIPIO DE TODO

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En el tema de la educación, los límites, están expresos e incluidos con nuestra profesión, pero lo que sucede hoy día es que los adultos generalmente carecemos de límites puesto que no tenemos en claro qué es lo que queremos, a saber: ¿Qué futuros ciudadanos queremos formar? Porque no hay tarea más importante y más esperanzadora que la de educar.

La educación es el principio de todo, no es tarea solo de los docentes, es tarea de los padres, de la sociedad también; son funciones NO delegables por ningún integrante de la sociedad en la que convivimos y, como tales, nuestros alumnos serán nuestros futuros gobernantes, médicos, jueces, maestros, etc. Ellos marcarán nuestro rumbo futuro como sociedad, pero, para eso, necesitan aprender y los límites se aprenden de nuestros ejemplos, los límites son gestiones pautadas —no amparadas por la pedagogía del ruego—. 

Los padres debemos mostrarnos firmes y seguros

frente a nuestros hijos

LÍMITES DIFUSOS

Actualmente, los límites en la sociedad se presentan generalmente difusos; y, al ser difusos, no se da un mensaje claro, se carece de reglas templadas, serenas, firmes.

Hoy en día, en muchas cosas, se está actuando sin planificación, todo es ahora y, si sirve, bien y, si no, también. Se trata de una cuestión de relativismo, por lo tanto, los alumnos lo perciben, porque están constantemente probando cosas y probando a todos –a todos los que les rodean: desde sus amigos hasta sus padres y profesores–.

De esta manera, se encuentran discerniendo hasta dónde se llega y cómo se llega, no encuentran una frontera; esto es lo propio del adolescente; se carece de límites porque se experimenta, se vive, un periodo de formación. Por lo tanto, hay que ayudarlos y –para eso– estamos los adultos, ese es nuestro trabajo, nuestro mensaje como mayores como sociedad que proyecta un futuro mejor.

CUESTA PONER LÍMITES

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En los años que llevo de experiencia educativa, sé que cuesta poner límites pero desde el primer día de inicio de clases pongo las pautas claras, mis clases no son autoritarias son ordenadas y participativas, los chicos lo perciben; por eso, no se generan problemas de conducta serios, porque en los padres, tutores y docentes se genera –a veces– la idea de que si se les ponen límites, por ejemplo, los chicos se pueden escapar de la casa, no querernos, experimentar un rechazo, ponérnoslo difícil; ya que a nadie le gusta que le pauten la manera de actuar, y tampoco tener problemas.

Poner límites NO es reprimir,

es orientar

Muchos padres son inseguros y delegan esta tarea en la escuela o también sucede —y es común— que se confunda el rol de padre con el de amigo: un padre es padre, con todo lo que conlleva esa palabra y no amigo; aunque, a veces, se actúe como amigo no implica que se sea “amigos” nuestros hijos.

Por lo tanto, creo que no se ponen límites por miedo, por inseguridad en lo que decimos y, así, actuamos; también por no querer comprometernos: es más fácil que otro resuelva, en este caso, el docente y la escuela como institución; poner límites no es una tarea fácil por momentos; puede —incluso— ser dolorosa, pero es preferible sobrellevar los límites al contado y no en cuotas: a la larga, las cuotas cuestan más y los resultados son más extemporáneos.

Los limites nos previenen de hechos futuros dolorosos son una solución y es una manera sana de ejercer nuestra libertad.

Necesitamos contar con límites claros, los alumnos lo piden a diario, a la larga, más temprano que tarde, nos lo agradecerán; así me pasa a mí porque pienso como Keith Chesterton:

“El juego de ponerse límites a sí mismo es uno de los

placeres secretos de la vida”