Hoy proseguimos nuestro análisis de los lenguajes antididácticos. En este post desarrollamos las características del lenguaje desmotivante. Éste, en verdad, habla en plural: hay una serie de lenguajes desmotivantes que están presentes en el trabajo docente. Esta presencia puede ser consciente o no. Comprender estos lenguajes, nos pueden hacer más lúcidos de su porqué, una lucidez que tiene un objetivo final: transformarlos hacia esa atmósfera de motivación que es el espacio de todo verdadero aprendizaje. Motivar y motivarse son una trama que se retroalimenta. Su imposibilidad constante es el fracaso de nuestra tarea docente, de ahí su importancia. Lo sintetizaremos en tres modalidades.

Un lenguaje desmotivante es un lenguaje, muchas veces, defensivo. En esta perspectiva, el docente interioriza una serie de factores: frustración, apatía ante situaciones que se repiten sin soluciones efectivas, autoculpabilidad de variables que se creen no dominar, situaciones de aula y de centro con gran dificultad. Hay más, es una lista aproximativa. Todo ello configura un lenguaje defensivo que se emplea en el trabajo de aula, un lenguaje verbal y no verbal que construye una atmósfera que el alumnado percibe y siente. La consecuencia es un círculo vicioso de factores externos que son interiorizados negativamente, que no ayuda y que limita la creación de buenos espacios de aprendizaje.

Un lenguaje desmotivante es un lenguaje, muchas veces, culpabilizador. Cuántas veces hemos escuchado la acusación por parte de algunos docentes, de que el alumnado está desmotivado, o que es imposible motivarse con alumnos o grupos que se muestran pasivos y que no les interesa nada. Culpabilizar constantemente es un mecanismo de defensa que justifica, en gran parte, la incapacidad o el pasotismo de nuestra actitud profesional. Motivarse y motivar van juntos. La desmotivación continua debería hacernos pensar de un problema grave que hemos de resolver. Hay atmósferas de aula donde ese clima que impregna al docente y al alumnado, hace imposible cualquier tarea de enseñanza-aprendizaje. Culpabilizar no es una estrategia que mejore esa situación; al revés, la cronifica.

Un lenguaje desmotivante es, muchas veces, un lenguaje que muestra una baja autoeficacia. Como nos enseñó Alberto Bandura, interpretar que nuestras acciones no tienen resultados o que no los tendrán, es fundamental. Al revés, la confianza en nuestra capacidad de poder realizar una tarea u objetivo, es una competencia que hemos de desarrollar. De ahí la importancia de una formación actualizada para desarrollar un oficio tan complejo como la docencia. Hay muestras y síntomas en nuestro lenguaje verbal y no verbal, que apuntan a una baja autoeficacia. Hacer un trabajo planificado y con retroalimentación continua, es empezar a solucionar lo anterior. Un detalle: las administraciones deberían cuidar mucho más sus planes de formación docente. Una formación burocratizada para acumular puntos, no resuelve los problemas de fondo. Los desvía o los enmascara, simplemente.

Todo lo anterior, junto a otras posibilidades, están o pueden aparecer en cualquier momento. No podemos soslayar estos problemas. Afrontarlos directamente, es la mejor forma de empezar a resolverlos. Está en cada uno de nosotros, esa llave que abre todo aprendizaje: motivación. Por razones profesionales y personales, llegar cada día al difícil trabajo de aula, es un reto y oportunidad para sacar lo mejor de nosotros mismos. Es más, como nos diría Abraham Maslow, la autorrealización es posible. Más allá de los necesarios debates educativos, una confesión final: una buena clase sigue siendo una finalidad por sí misma. No necesito más, se llama pasión educativa. La motivación es uno de los caminos que lleva a ella.