Lo que el lenguaje inclusivo esconde

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El lenguaje inclusivo. Pocas ideas, en el terreno lingüístico, están tan apedreadas como las que se encierran bajo esta expresión tan controvertida y necesaria a la vez.

Su amplitud, las generalizaciones y los tópicos han llevado a que se malentienda, a veces de forma intencionada, y otras no.

Vamos a intentar ver qué se encierra detrás de esta visión de la inclusión en el lenguaje, y de qué manera se puede incorporar su trabajo a la docencia.

lenguaje inclusivo

El lenguaje inclusivo

Creo que todas las personas de bien somos capaces de entender que el lenguaje inclusivo no es –al menos no únicamente– hacer un doblete entre el masculino y el femenino en la oposición binaria de sustantivos y adjetivos y otras categorías gramaticales (el ya famoso “todos y todas”), en función de su marca de género.

En todo caso, ese tipo de soluciones lingüísticas habituales en las lenguas flexivas que en ocasiones pueden resultar enrevesadas entrarían dentro del lenguaje no sexista, que es una pequeña parcela del trabajo de la inclusión a través de la lengua.

Si solo nos ceñimos a esta parcela, el colectivo de las mujeres, oprimido históricamente hasta la extenuación, es normal que intente plasmar los avances en sus derechos usurpados en el territorio lingüístico, ya que la lengua en su uso está plagada de representaciones sociales que marcan el progreso o, en algunos asuntos, el posible estancamiento de una cuestión social.

La posición más normativa y conservadora que indica que el masculino genérico es inclusivo porque “incluye” a las mujeres es, hasta cierto punto, torticera; ya que es fácil ocupar una posición de poder para decir a quiénes incluyo y a quiénes no en algo que yo controlo.

Es la misma posición del que decide, valga la metáfora deportiva, que la niña juega de suplente o al niño con discapacidad lo pongo de portero; en ambos casos, podría decir también que estas personas están «incluidas», ya que ‘formarán parte’ del partido.


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Riqueza comunicativa

La inclusión en el lenguaje, más allá de todo esto, representa la incorporación a nuestro trabajo educativo –o simplemente a nuestros hábitos– de una forma de entender la comunicación más amplia, rica, diversa y también más compleja.

Supone colocar al alumnado en un ángulo coral, polifónico, de una reflexión metalingüística que los hará crecer también por dentro en relación con su entorno social y familiar, proyectando la lengua en su pensamiento, y viceversa.

Porque la inclusión en la lengua es también no herir susceptibilidades, no herir emociones y sentimiento de personas históricamente invisibles en las expresiones lingüísticas más habituales, como las que están presentes en la publicidad, el cine, la literatura…

El lenguaje inclusivo es un asunto de identidades, de construcciones culturales del mundo al que se van a enfrentar las personas más jóvenes que tenemos en las aulas.

Ayudarlos a construir ese universo desde el ángulo del respeto a las diferencias, a la diversidad, es tarea fundamental de los docentes y, por ende, de la sociedad.

Así, hay lenguaje inclusivo también cuando evitamos el matiz peyorativo de palabras como “minusválido” y explicamos en clase su mecanismo de formación, así como lo que supone su uso para el colectivo de personas con discapacidad.

Hay inclusión lingüística también cuando reflexionamos y debatimos en el aula sobre la carga semántica del lenguaje soez y qué puede estar detrás del dolor de la persona que recibe un insulto de los que usan habitualmente las personas jóvenes de forma repetida en sus jergas.

Hay también también desarrollo de la inclusión a través del lenguaje cuando sustantivamos adjetivos como “negro”, “inmigrante” o “pobre” añadiéndoles delante un artículo.

Sustituir el nombre de un individuo por una característica asociada a una identidad cultural impostada, construida a partir de visiones estereotipadas, supone diluir los rasgos que sí definen a las personas.

Para atender a esos rasgos, una vez que les preguntemos cómo quieren que las llamemos, existen los adjetivos que se asocian a los nombres en función de lo que quiera transmitir o destacar sobre todo la persona implicada, la propietaria de su identidad.

Categorías cerradas

Y así con un sinfín de situaciones que pasan por visiones siempre dicotómicas y cerradas de las realidades con las que nos podemos encontrar.

En estas situaciones que pueden darse diariamente en nuestras aulas, siempre debemos huir de categorizaciones cerradas en el plano lingüístico, ya que estas están marcadas muchas veces por prejuicios que podrían asentarse, avivados por determinadas normas, y convertirse en estereotipos discriminatorios.

¿Soluciones? Cualesquiera que no pasen por la obsesión con la norma ni por convertir el lenguaje inclusivo en un empeño en crear compartimentos para nombrar de forma enrevesada a las mujeres, por un lado, y por otro lado nombrar a los hombres.

No se trata de eso.

No olvidemos que, como otras construcciones creadas –y el género de determinadas categorías también es un asunto creado, artificial–, la cuestión de género encierra muchas realidades que, precisamente por esa condición minoritaria, pueden no sentirse nombradas por nomenclaturas impostadas.

Porque, en definitiva, el lenguaje inclusivo, en el activismo que representa, esconde muchas realidades marginadas, pasadas a un segundo plano o borradas en el ilegítimo interés de la pervivencia de muchas de las desigualdades, y eso se ha plasmado en los usos lingüísticos y, luego, en la norma.

Y es hora de que estas realidades dejen de estar escondidas.

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