EL SABER

No se ofendan, puede ser que las religiones vayan como las instancias políticas, por niveles. Quizá aquí, en sentido contrario: primero religiones de base, universales y por encima, religiones de tradición. Como humanos, deberíamos empezar por lo obvio y lo que nos distingue, el saber.

Me refiero a la visión coordinada y ordenada de todo lo que puede conocerse a través del espacio y a lo largo del tiempo. Aquello para lo que sólo los humanos tenemos cerebro. Y ligarnos a ello fuertemente con el objeto de que un día todos lleguemos a adultos como filósofos y cosmopolitas (Lucca SCUCCIMARRA, Los confines del mundo. Historia del cosmopolitismo desde la antigüedad hasta el siglo XVIII, KRK, 2017). Más arriba están los niveles de la fe divina, aunque creer en la Humanidad como posibilidad ya requiere mucha fe (a veces, pienso que  mucha más que la fe en Dios).

Ya ven que me limito a insinuar cosas que me vienen con más fe que ciencia. Estoy en un viaje místico hacia algo en lo que pueda creer y confieso que me falta mucho para llegar a Dios.

NOSOTROS MISMOS

De Él sólo sé lo que me cuentan los que dicen saber algo, aunque no puedo evitar la sospecha de que lo sacan de dentro de sí mismos sin más. Un ex-obispo de mi ciudad hablaba de Dios con la misma pasión con que yo me sumerjo en la historia o las matemáticas, así que pienso que bebemos de la misma fuente, nosotros mismos.

O sea, que todos juntos, los humanos, bien podemos ser objeto de fe. No deja de parecerme absurdo que gente que se dice muy cristiana manifieste una franca desconfianza en el futuro de la Humanidad. Si negamos la realidad del Infierno es porque el Juicio Final espera a que estemos todos reunidos y Caronte, sin trabajo, se convierta en el último de los bienaventurados. Habrá que retocar la Capilla Sixtina y como Miguel Ángel resucitará no tendremos problema.

Me cuesta creer que Dios no sea inclusivo

SÓLO LA ESCUELA

Creer en la Humanidad como posibilidad ya requiere mucha fe.

Fíjense en que todos los filósofos han tenido como principal preocupación el Bien como base de la vida buena. Y el saber tiende a demostrar que no hay vida buena si no es para todos. Por eso, me parece que el mural curricular es un buen ídolo intermedio. Porque la institución escolar educa para la primera fe, la fe en la Humanidad, enseñando a participar en ella. Y el mural curricular no dirige, sino que indica el camino y es de todos, por lo que entre todos lo podemos modificar. Para bien. Y sabemos que el camino del bien está plagado de obstáculos y contradicciones porque es natural, no como el del mal, que suele enlosarse y parece bueno hasta que llega al precipicio, como aquella autopista de un dictador africano que, según me contaron, acababa abruptamente en la selva. Es un camino que se hace muy poco a poco y se rehace constantemente, pero mejora firmemente según se va haciendo. Y sólo la escuela puede acelerar ese proceso.

La escuela está para enseñar la vida buena que se basa en el saber. En el saber de los hechos del mundo y sus relaciones que demuestran continuamente que cuantos más participen mejor será esa vida.

Si las diferencias sociales se agrandan continuamente, la posibilidad de saber, también. Pero hay que saber bien. Y el buen saber es un saber que lo comprende todo.

UN CAMINO AL CIELO

Por eso, un currículo cuarteado y muy detallado es un mal currículo. El mural curricular representa el esfuerzo por destilar el saber plasmando «visión de mundo». Cuando seamos capaces de resumir visualmente en una imagen compuesta lo que pretendemos de nuestros alumnos de manera que les intrigue, les seduzca y les motive, la educación estará en un nivel superior. Es que sabremos mucho más sobre el Bien.

¿Es el mural curricular una infografía? Sin duda, es lo que sabríamos hacer ahora mismo y por ahí empezaremos seguramente. Pero debería llegar a más y es posible que ahora mismo no podamos imaginarlo. Ha de contener los símbolos que guíen, inciten, pauten y recuerden –día a día–, a los niños y al profesor, cuál es su camino sin perjuicio de discutirlo y modificarlo con buenas razones.

En cierta manera, es un camino al cielo. Igual que las imágenes divinas pueden resignificarse poniendo santos específicos, cirios y plegarias escritas, el mural curricular admite añadidos que puedan enriquecerlo a lo largo del curso: cumplimos contigo y, además, hemos añadido conocimientos de arquitectura. O Marina ha aprendido taquigrafía y se ha ofrecido a enseñarla a todo el que quiera. O Tomás ha aprendido a distinguir las setas y lo enseñará el viernes.

AGENDA DEL SABER

El mural no lista lo que hay que aprender en un curso, pero lo sugiere todo de manera que en cualquier momento uno lo mira y sabe si va muy atrasado. Y admite avisos, tachaduras y ampliaciones.

El mural es amigo pero se le trata con respeto, sólo está permitido enriquecerlo, no degradarlo. Si está clavado a un corcho, los añadidos han de estar a su altura estética. Él preside el templo y remite a todos los adminículos que están dispersos por la escuela: bibliotecas, ficheros, láminas, mapas, diccionarios, tutoriales, webs…

El mural curricular compromete a todos los alumnos. Cada cual lo complementa con su cartilla curricular, su agenda del saber.