MURAL CURRICULAR

Me arriesgo a empezar a hablar del mural curricular, un objeto de papel o cartulina plastificado que significa mucho más de lo que dice. Al menos así lo creo.

Empezaría diciendo que el mural no es un bando ni un decreto del BOE. Es un ídolo. Y debe ser amigo. Tiene que ver con la Administración Educativa, con el Currículo, con el claustro y con toda la comunidad escolar, con la evaluación, con la cultura, con el mundo y, sobre todo, con los niños.

Debiera ser uno de sus ídolos. Es un culto que el maestro debería popularizar como gurú, porque el mural es como el final del laberinto, como una prueba superada en el ritual total de iniciación.

Llegados aquí, quizá todo el mundo tendrá alguna idea de lo que es el mural curricular y, sin embargo, yo debo confesar que aún no la tengo. Probablemente, ni ustedes ni yo lo sabemos porque es mucho más de lo que parece.

RENDIR CUENTAS A LA REALIDAD

El mural curricular es la imagen de un compromiso parcial, temporal, entre la sociedad adulta y la sociedad joven que llega. Una especie de contrato flexible, amigo y visual frente al que tradicionalmente se redactaba desde arriba, se publicaba en el BOE y se expresaba en libros de texto. Los jóvenes no tenían más que asentir fuesen las que fuesen sus inquietudes, su personalidad y sus posibilidades.

El mural curricular es revisable, ampliable, corregible hasta el infinito, pero al final debe rendir cuentas a la realidad.

Hay una diferencia entre los libros de texto de bachillerato y formación profesional (y los separo sólo por costumbre), y los de primaria y ESO (que yo generalizaría como educación para la ciudadanía).

En bachillerato y formación profesional se trata de un compromiso con la ciencia y la técnica y en esos campos, los estudiantes han tomado opción y se comprometen con saberes bastante unívocos.

Saben que hasta que no empiecen a dominar la Química o la Historia ellos tendrán poco que decir y ni siquiera lo pretenden. Bien publicados están sus términos en la lista oficial que sea.

Pero la educación para la ciudadanía, sin tener que olvidar los rudimentos de todas las ciencias y las disciplinas, indispensables para poder tomar opción, se resuelve mejor en el campo de la persuasión y el diálogo en los que el niño no se sienta impelido antes de poder comprender el impulso social.

Una lista curricular oficial para alguien que apenas ha aprendido a leer, se siente más como una pena que como una seducción. Y al fin y al cabo, la motivación suelen traerla de casa. Si tus padres son profesionales competentes, te has dado cuenta de que la sociedad espera algo de ti y, si eso pasa por una pena que para ti será leve y además encontrarás en casa multitud de lociones. Los otros niños, o reciben el impulso de unos padres esforzados o sufren la pena a palo seco con dos opciones: escaquearse o sufrir.

«RELIGIÓN DEL SABER»

Un mural curricular, como todos los ídolos, es sólo una imagen de Dios, del dios del saber, un recordatorio una seducción religiosa para la religión del saber. Creo firmemente que hay que levantar esa religión que da frutos a todo el mundo independientemente de su credo.

El mural curricular no debe parecerse a una lista, debe contener imágenes de lo que no debe desconocerse al final de un período, a la salida de un laberinto. Por poner un ejemplo, un alumno de diez años debe poder explicar a otro de ocho años lo que le espera en el ciclo que ha terminado a la vista del mural.

Con imágenes, signos y las mínimas palabras, el mural ha de sugerir al alumno que lo ha cumplido un largo discurso sobre cosas del mundo que ya no han de sorprenderle a él, a su compañero de ocho años, sí.

Para el niño de ocho años, el de diez se ha convertido en maestro gracias a su fe y su dedicación de dos años a ese ídolo del que al fin se puede alejar para entregarse a otro nuevo. No es un programa, no es un currículo, es un ídolo, el del saber del mundo y del pueblo humano.

¿Y cómo se crea un ídolo

y se le conquista un mundo de creyentes?

De momento sólo se me ocurren soluciones obvias: formar un clero sabio, convencido y tenaz; crear templos amplios, amenos y concienzudos (escuelas e institutos que no se parezcan demasiado a los actuales); que la comunidad guste de acceder a ellos fuera del horario de los novicios y discuta con seriedad y respeto de todos los ídolos, incluso con los sumos sacerdotes (inspectores tal vez) que los distintos consejos (incluido el del Estado) puedan enviar y envíen a menudo (sin cara de señorita Rottenmeier a poder ser) para velar por la salud de ese dios del saber en toda la comunidad a todos los templos para departir con amenidad (me gusta esta palabra).

El del saber es un dios difícil, pero debe ser muy transparente y comunicativo, y mostrarse profusamente en libros y multitud de artilugios y representaciones (gracias a sacerdotes que llamamos editores y profesores) que beben de los grandes teólogos que habitan los altos laboratorios, consejos, empresas, mecanismos y parlamentos del planeta.

Espero que las metáforas resulten claras y que no se me quiera ver como un místico sin remedio, sino como un intuitivo que trata de meter un poco la nariz en algún futuro. Y para que no se me tache de especulador en el vacío, les muestro una somera plantilla, poco imaginativa, lo reconozco, de lo que podría ser un mural curricular. El diseño no es lo mío. Si alguien se tomara en serio esta plantilla, le sugeriría que evitase las líneas de separación.

Es evidente que no podemos cortar amarras con todo lo que parezca un currículo y sé que esto parece, en cuanto currículo mural, al Bueno de Cuttlas (el dibujito de Calpurnio, mucho más creativo que yo en sus guiones, pues yo sólo llego al monigote, aún he de crear su universo).

Pero algo es empezar. Y apenas estoy empezando a definir esta religión que, no por existente, no deja de ser nueva. Lo siento, pero seguiré hasta que me corráis a gorrazos (y lo tendré bien merecido).