PROFESORES COMPROMETIDOS

«Que las Facultades de Magisterio tengan proyecto, equipo y compromiso mayor que el que se exige a los centros educativos».

Es una autocita de la que voy a partir. Me llega que tener proyecto lo tienen y deben tenerlo por ley, otra cosa es cómo se siga. Y eso depende del equipo y su compromiso. Si el saber escolar está compartimentado, cronometrado y, a menudo, descoordinado, me temo que el contexto de las facultades ayuda aún menos a conseguirlo.

Oigo que todas las universidades públicas pasan grandes penurias de presupuesto.

Oigo que la contratación temporal de profesores se extiende más allá de los motivos por los que se creó ese tipo contractual.

Una y otra cosa están razonablemente relacionadas.

Muchos profesores itinerantes y con escaso compromiso.

Si para una facultad técnica es un problema para una de formación de maestros es devastador.

Lo es porque los aspirantes a maestros necesitan tener una visión del mundo sólida, una autonomía de estudio potente y una capacidad de liderazgo que requiere modelos firmes.

Sin un equipo coherente y consistente para formarlos sólo saldrán adelante los que ya saldrían por su cuenta y con poca ayuda. Alguien con una contrastadísima visión del mundo y un liderazgo extraordinario debería regir esas facultades y cohesionar el equipo.

No se trata de saberes sueltos,

se trata de formar maestros

Intermediarios entre el pasado y el futuro, representantes cualificados de la humanidad. No hay que regatear la nota de entrada. O una selección mucho más sabia. Ya no se trata de enseñar letras y cuentas, se trata del futuro de la especie. Y no es tan aterrador.

Una contratación temporal no es amor, es una cita pasajera…, a no ser que tenga sentido por sí misma. Ese profesor del que la universidad se enamoró y que se aviene a ceder su savoir faire puntualmente y no se olvidarán cuando se vayan. O ese profesor que quiere que su saber incida en esos jóvenes y la universidad se aviene al trato.

Ambos se desean.

Puede nacer de allí mucha sabiduría amorosa.

Y si la universidad no es amor, no es nada. Amor es interés permanente por el mundo o por la pareja. Ambos crecen. La universidad no puede, no debe ser una rutina. Mucho menos se puede ser maestro por rutina.

El país que regatea con su universidad pública no es un verdadero país, es un compadreo de intereses. Y si encima se decanta por la universidad privada, muy digna, pero privada, demuestra que no ama a su sociedad. Se abrirá camino, piensa, y abandona a los que no están en condiciones de competir al nivel de los «elevados». Para eso nadie necesita un país. Los «elevados» hace tiempo que viven en el mundo y el  mundo está tardando en ser el país de todos.

Si la escuela nos prepara para ver el mundo y escoger un papel, la universidad nos ha de lanzar. Es nuestro apoderado, debe conocer el mundo mejor que nadie y de ella deben salir las soluciones para alargar la película humana en un espectáculo que pueda emocionar a Dios.

Erraremos si pensamos que el principal reto de la universidad es potenciar inteligencias. Por eso una clase circunscrita, circunspecta, cerrada en su temario, fuente de apuntes cerrados, no es lo universitario per se. Por muy fluida y amena que sea.

Más importante es aún que las clases se apoyen unas en otras, se hagan referencias y conformen una visión de mundo. No hace falta que los profesores compartan ideología ni siquiera metodología, basta que se reconozcan en los mismos problemas del mundo y de la disciplina.

Que los alumnos puedan verlos debatiendo con la intención de comprender el mismo mundo y que sean capaces de atraerlos y cohesionarlos en esa comprensión.

Y eso no se logra acudiendo sólo a tu hora

y para tu temario