La felicidad puede convertirse en un modo de vida

Cuando integramos el humor en nuestro trabajo, ganamos en humildad como maestros; y, entonces, nos encontramos con la humanidad de los alumnos; porque la motivación de ellos pasa por la de los docentes. Pero, como ya hemos indicado, no es suficiente con buscar la felicidad del alumno, el primer paso es demostrar la nuestra propia como docentes. Esto es, la felicidad como recurso para el maestro.

El optimismo lleva consigo más salud mental y física, y mayor felicidad. Como docentes tenemos la responsabilidad moral de educarnos a nosotros mismos; y de educar a nuestros alumnos –y compañeros– para el optimismo. La felicidad puede convertirse en un modo de vida, a través del optimismo, o en un recurso metodológico para la motivación.

El optimista es el que cambia la culpa, el miedo y la inseguridad por energía vital, prodigalidad y abundancia de bienestar. Recordemos que convertirse en optimista es el paso inicial y esencial para educar a los alumnos para el optimismo, y que solo podemos dar aquello que tenemos.

Puedes equivocarte, que lo intentaremos de nuevo

La postura física que adoptamos delante de nuestros alumnos es fundamental para que ellos puedan leer en nosotros el optimismo que desprendemos y la sensación de confianza que en ellos mostramos. Que nuestra postura diga lo orgullosos que estamos de cada uno; que indique «te escucho, sea lo que sea que quieras decirme».

Y, sobre todo, que «puedes equivocarte, que lo intentaremos de nuevo». Al igual que nosotros leemos en su postura, ellos leen en la nuestra. Como dice un buen amigo, los alumnos son pequeños, pero no tontos. Al contrario, mucho más inteligentes de lo que pensamos, entendiendo por inteligencia ‘cualquier inteligencia’.

La cara completa el mensaje que les damos. Nuestra felicidad, nuestro optimismo ayudan, sobremanera, a darles seguridad. Si tu sonríes, ellos sonríen. Si el día salió regular, para a toda la clase y cuenta algo gracioso. No eleves la voz, ellos se adaptan al tono que empleas y lo reconocen en su timbre para ‘calarte’ en un segundo. Un tono de voz agresivo coarta, un tono de voz cariñoso y adecuado al momento sigue dando más confianza.

En muchas ocasiones, no hay más remedio que ‘invadir su espacio’, con nuestro cuerpo, sentándonos en la mesa del que no para de hablar o tocando sutilmente el hombro de aquel que demanda atención.

Optimismo y felicidad

Nuestra felicidad y optimismo redundará en el suyo y ya sabéis, niños felices, niños predispuestos al aprendizaje. La neurodidáctica, neuroeducación y neurofelicidad nos respaldan en esta idea; y, además, la plasticidad del cerebro nos predispone a poder modificar para un futuro social la modificación positiva del optimismo y la felicidad.

Las escuelas tienen que ser verdaderos campos germinados de felicidad, no te olvides de regarlo y cuidar las plantas ante las plagas. Hay que producir nuevos métodos de trabajo basados en la comunicación de la motivación. Creo menos en los cambios de la institución, lenta por naturaleza, que en el de los actores sobre el terreno.

Hay alumnos que solo tienen un momento de felicidad, cuando están en el colegio, porque en sus vidas no se les permite o son un infierno. No tienen infancia, así que nosotros tenemos el deber de darles esos momentos de felicidad aprendiendo. Cuidado, no hablamos de que no trabajen, sino de que aprendan siendo felices.

Intentamos que adquieran la habilidad de generar emociones positivas, de cimentar su vida desde el optimismo, estableciendo relaciones sanas con quienes les rodean. Porque, de hecho, podemos hacer uso de la felicidad como recurso para el maestro.