“La escuela que aprende” por Miguel Ángel Santos Guerra

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“La escuela que aprende” pertenece a una colección de Ediciones Morata, dirigida por José Gimeno Sacristán , titulada “ Razones y propuestas educativas”. Es una serie de obras de divulgación dirigida al profesorado, a los estudiantes en este campo de la educación y a todas aquellas personas que tienen interés por uno de los sistemas que construyen el presente y determinan el futuro de la sociedad. Esta colección quiere contribuir a la reflexión ofreciendo argumentos para dialogar sobre el sistema educativo, sobre sus funciones y sus prácticas.

La primera edición de esta obra fue en el año 2000 y ya va por su sexta edición en 2020, es decir, produce interés a lo largo de 20 años. Yo he leído esta sexta edición y la verdad que su contenido está de plena actualidad y puede interesar al profesorado, es más, me atrevería a decir que es recomendable para docentes en activo.

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Sinopsis de La escuela que aprende

La escuela es una institución que enseña, pero debe ser también una organización que aprende. Se suele hablar del currículum de la escuela, o sea, de lo que los alumnos deben aprender, de la forma en que deben aprenderlo y de cómo se va a evaluar lo aprendido; pero no se piensa en el currículum para la escuela, es decir: qué es lo que la escuela tiene que aprender y por qué, cómo va a poder hacerlo, qué obstáculos existen para que este aprendizaje sea real y cómo se va a comprobar si lo está realizando de una manera efectiva y, si fuera posible, entusiasta.

Partiendo de la idiosincrasia de la institución escolar, y en el marco de la cultura neoliberal, el libro ofrece un análisis de lo que debe aprender la escuela, de los obstáculos que dificultan su aprendizaje y de los procesos, generales y concretos, que permitirán alcanzarlo. El autor hace una reflexión sobre el carácter dinámico de la institución, su compromiso social y su apremiante necesidad de adaptarse a los nuevos retos y exigencias. Este planteamiento exige modificaciones en las concepciones sobre la naturaleza y funciones de la institución escolar, en la forma de seleccionar y formar a los profesionales que trabajan en ella y en la manera de organizar la práctica escolar. (Morata, 2020)

Miguel Ángel Santos Guerra

Es Catedrático Emérito de la Universidad de Málaga. Ha sido profesor en todos los niveles del sistema educativo. Desempeñó el cargo de director en un Colegio de Madrid, en el Departamento de Didáctica y Organización Escolar y en el Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga.

Ha escrito hasta la fecha 80 libros como autor único y 85 prólogos para libros de otros autores. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas sobre organización escolar, evaluación educativa, formación del profesorado, género, participación e investigación educativa.

Desde 2004 escribe semanalmente en el periódico La Opinión de Málaga. Los 855 artículos aparecen en su blog El Adarve. Ha recibido numerosos premios y galardones. Es padrino pedagógico de diez escuelas argentinas y de cuatro escuelas chilenas. En 2015 recibió la Medalla de Oro del Ateneo de Málaga.

“La escuela tiene como misión fundamental contribuir a la mejora de la sociedad a través de la formación de ciudadanos críticos, responsables y honrados. Sería un problema gravísimo que el sistema educativo fuese en sí mismo un medio para empeorar éticamente la sociedad”.

Cada profesional que trabaja en la escuela debe preguntarse:
– ¿Qué papel desempeña la escuela en la formación de los individuos y en la
mejora de la sociedad?
– ¿A quién beneficia la escuela?
– ¿Cómo aprende la escuela para transformarse en una escuela mejor?

Las escuelas tienen que aprender no pueden quedarse en la rutina de ir transmitiendo contenidos año tras año a unos estudiantes que también están cambiando según la sociedad en la que viven.

“Las escuelas deben enseñar a los ciudadanos, formarlos en todas las dimensiones de la persona, para incorporarlos críticamente a la cultura”.

Parece obvio todo este planteamiento de que la escuela debe aprender y cuestionarse continuamente cómo se desarrolla la práctica en beneficio de acompañar a los estudiantes a ser mejores personas, mejor formados, con pensamientos propios y críticos, y con una formación que les haga participar en la transformación de la sociedad en la que viven.

Pues por muy obvio que parezca el clima de formación de la mayoría de las escuelas dista mucho de estas evidencias.
Por este motivo comentaba en un principio que esta obra está de plena actualidad y que es necesario que los docentes la lean.

“La escuela tiene que aprender para saber y para saber enseñar, para saber a quién enseña y dónde lo hace. Esta exigencia no depende solamente de la voluntad de cada uno de sus integrantes sino que exige unas estructuras que la hagan viable, una dinámica que transforme los aprendizajes teóricos en intervenciones eficaces”.

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No te pierdas la excelente review del libro “Utilidad de las desgracias: y otros textos” realizada, también, por Dolores Álvarez en INED21. Todo un lujo.


No podemos estar continuamente echando balones fuera y pensando que toda la culpa de los fracasos educativos los tiene la Administración o el alumnado, o las leyes educativas, o las familias, o el barrio en el que viven… Todo influye, claro que sí, los contextos, las ayudas de las instituciones, el ambiente familiar… pero eso no quita que yo como docente tenga que plantearme qué puedo hacer en mis clases para mejorar todo eso que está obstaculizando el aprendizaje del alumnado y cómo puedo reivindicar a la Administración para que me ayude en ese proceso.

El autor, Miguel Ángel Santos Guerra, conocedor de la escuela en todos los niveles, nos ayuda y nos hace reflexionar sobre la cultura escolar y de cómo podemos encauzar ese cambio para lograr mejores aprendizajes y mejores ambientes en los centros educativos de forma que tanto el profesorado como el alumnado se sientan en un clima de aprendizaje que favorezca la formación integral de las personas.

Un libro recomendable para el profesorado y todas aquellas personas inmersas en el mundo educativo que estén dispuestas a poner su propia práctica en la mejora de los procesos que nos puedan llevar a esa transformación deseada.

En el campus de la Universidad de Norwich los alumnos del fallecido Lawrence Stenhouse plantaron en 1982 un árbol en su memoria. Al pie del árbol colocaron una placa con un texto que reproduce un pensamiento clave de su obra: “Son los profesores los que, a fin de cuentas, van a cambiar el mundo de la escuela, comprendiéndolo”. Es, por consiguiente, la comprensión una de las claves de la transformación y de la mejora.

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