Antes de desarrollar nuestra argumentación, dos aclaraciones: el caso de posible bullyng, matizamos posible al hallarse en investigación, de una joven ecuatoriana, con su suicidio consiguiente, y el artículo valiente de M. Fernández Enguita sobre el mismo , nos sirven de punto de reflexión para lo que desarrollamos. Conocer lo que pasó y esa intervención pública, es necesario para comprender lo que viene a continuación: lo resumiremos en dos afirmaciones sobre la situación general en que nos hallamos.

Primera idea: en España los sistemas de control no funcionan bien. La crisis política, económica y judicial continua que arrastramos es una consecuencia de lo anterior. Socialmente ocurre lo mismo: un ejemplo es el sistema educativo. La idea principal es que la mayoría de las administraciones, profesores, padres o alumnos no han interiorizado la idea de corresponsabilidad. Nadie tiene la culpa de lo que pasa, todos tenemos un discurso inmediato para que el otro sea el responsable. No hay reconocimiento de un espacio común. Tengan cuidado: si proponen soluciones, serán sospechosos…

Esto repetido en cadena significa una conclusión triste: una adolescente puede suicidarse por un problema escolar  y nadie se dió cuenta o intervino en el momento preciso. Ocurrió en este desgraciado caso educativo, pero es una parte de un todo que asola la estructura social de un país victimista donde pocos levantan la mano responsablemente, para señalar los problemas de fondo. Tenemos el récord de ninis de Europa, un sistema educativo mediocre desde hace muchos años, una universidad endogámica que queda reflejada en las evaluaciones internacionales: no pasa nada. Otros son los responsables. Realismo implica empezar a levantar la mano, realismo implica no abandonarse al fatalismo. Podemos mejorar: empecemos.

Segunda idea: en España el ejercicio del diálogo es casi imposible. Casi, pero se puede reconstruir: debemos hacerlo entre todos. La descalificación personal o profesional, el negativismo como seña de identidad, la continua reivindicación del ego frente al trabajo cooperativo, el pasotismo y la indiferencia ante lo que todos vemos que no funciona: son características que anulan de partida cualquier intercambio de argumentos con el objetivo de buscar y proponer soluciones. La educación es un ejemplo claro de lo dicho. Hay muchos factores que explican lo anterior. Hoy solo queremos enunciar lo que percibimos a raíz de este caso: esa sensación de que las víctimas siempre están indefensas. No nos resignamos, sería repetir aquello que denunciamos. Lo sentimos, hay responsables: es hora de empezar a cambiar.