¡¡¡Viva Kafka!!! “Quien conserva la capacidad de ver la belleza no envejece”.

Si la primera pieza fue la familia, la segunda será la escuela. Pero desde una óptica diferente a la acostumbrada. La educación mira con malos ojos a la publicidad, pero mientras la publicidad comunica, la educación con mucha frecuencia solo lo intenta. Los educadores no se sienten comunicadores, y los comunicadores piensan que no educan.  Así vemos la situación.

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Más allá de los prejuicios y de las inercias nos preguntamos, ¿por qué no convertir nuestra aula, nuestros hijos e hijas en audiencias? Sí, parece que suena raro, mercantilista.  ¿En qué piensa la publicidad? Desde el primer día, cuando el cliente entrega el briefing a la agencia, hasta el último, cuando realiza el postest de campaña, tiene una obesión: la audiencia, o lo que los más entendidos llaman “público-objetivo”. Es decir, traza el perfil de sus destinatarios, según su situación e intereses. ¿Qué ocurriría si invirtiéramos los marcos curriculares (bonita palabra), eso que llaman competencias y las múltiples versiones de tipos y tipejos de evaluación?

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Es decir, la publicidad llega porque atrapa nuestra atención, tiene una historia, mueve el deseo, suscita el interés y provoca la acción (de compra, claro). Comunica en y con emociones. La educación se sumerge en los contenidos, se pierde en largas e interminables actividades encorsetadas por la obtención de unos resultados, ajenos en gran medida a los intereses y necesidades de sus destinatarios. ¿Cuánto tiempo dedicamos a preparar las clases, centrados en los contenidos, y cuánto en preparar lo que vamos a contar, lo que ellos nos pueden contar y cómo nos podemos emocionar juntos?

El célebre “yo soy yo y mis circunstancias” describe las audiencias que se producen en un conjunto de circunstancias que podemos llamar  contextos, tal y como hemos comentado en otras ocasiones. Los medios de comunicación tradicional, en su tránsito al digital, tienen aún muchas asignaturas pendientes. Todavía centrados en los contenidos, no se acercan al oyente/espectador/usuario, no escuchan, no dialogan. La escuela, después de varias décadas de programas institucionales (TIC),  basados en en la transmisión de contenidos y la clonación de prácticas unidireccionales, tampoco ha tenido en cuenta lo que ocurre fuera del aula, que es lo que interesa a los alumnos, y que  esa narración es la que debería ocupar el tiempo y el espacio escolar.

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Jenkins y Martín Barbero son dos autores que nos enseñan algunas cosas. El primero describe la comunidad fan en cinco pasos:

1 – Se ve el programa con otros;

2 – Reinterpretan, critican, elaboran algo mejor;

3 – Promueven cambios;

4 – Crean canciones y se estimula la expresión propia;

5 – Se crea una comunidad con otros grupos.

¿Qué pasaría en nuestras aulas si en vez de conjugar la activa, pasiva y perifrástica de las competencias curriculares dedicáramos algo de tiempo y de ilusión al menú que ofrece Jenkins?

Martín-Barbero propone que el eje del debate debe desplazarse de los medios a las mediaciones, y podemos añadir, de la escuela a las mediaciones. Entiende la escuela  como una instancia cultural desde la cual los significados y sentidos son producidos y apropiados por la audiencia. Las mediaciones son “ese lugar desde donde es posible comprender la interacción entre el espacio de la producción y el de la recepción”.

¿Qué está cambiando y qué permanece en las interacciones entre audiencias y pantallas? ¿Bajo qué condiciones entramos en una cultura de interlocución diferente? se pregunta Orozco.

Las audiencias, ni eran tan pasivas como se decía en las décadas anteriores (mass media), ni son tan activas (self media) como nos dicen ahora.

Por tanto, parece que hace falta una buena revisión de nuestras prácticas  docentes, en su preparación y en sus procesos. Este despiste “curricular” nos conduce por un laberinto de espejos que deforman y distorsionan la realidad de nuestros alumnos. Un conjunto de clichés, etiquetas y estereotipos que han dotado de un buen montón de dioptrías a nuestras gafas docentes.

Los medios representan con frecuencia a los jóvenes desde una crónica negra, básicamente en los informativos (asociados a la violencia y a las drogas), como han expuesto en diferentes y recientes informes el CAC 2010  o el INJUVE2010. También se presentan desde una crónica rosa, muy frecuente en las series juveniles y la publicidad con el embalaje del “cuerpo diez” y personajes populares y siempre triunfadores.

Del mismo modo, si observamos como describen los usos que hacen los jóvenes de la tecnología digital, vemos un discurso doble y falaz. O bien se asocian estas prácticas a una pérdida de tiempo, abusos o dependencias, aislamiento y trastornos educativos y sociales. O bien, enfatizan la figura juvenil del “nativo digital”, competente en el uso de cualquier escenario virtual, dotado de una alfabetización natural para resolver cualquier tipo de conflicto y expectante ante el último dispositivo móvil.

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Son discursos que obedecen a un paternalismo moral y del mercado. Moral, porque mientras los jóvenes son vulnerables y frágiles, porque sólo buscan bronca o litrona, necesitarán la medidas proteccionistas o sancionadoras de la sociedad que perpetua su sistema y su control. Mercantilista, porque mientras el eslogan siga siendo que “lo bueno es lo nuevo”, los jóvenes sólo interesarán como mercado al que le dirigen los productos tecnológicos para su consumo. Esta visión mercantilista ofrece una amplia galería de estereotipos juveniles.

Las pantallas nunca tuvieron buena prensa, los jóvenes tampoco, los usos que éstos hacen de las pantallas o bien explotan la fascinación de la tecnología o bien los convierten en víctimas que necesitan socorro. Ni los padres y madres, ni los educadores, ni los propios jóvenes necesitan estas simplistas representaciones.


José

Carmen