El mito de la escuela como ascensor social

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¿Es la escuela un ascensor social? A las mismas generaciones a las que se les vendió que a través de la cultura del esfuerzo, muchos estudios y una excelente formación iban a conseguir un trabajo digno en el futuro, se les está vendiendo ahora el mito de la escuela como ascensor social.

De entrada, debemos reflexionar sobre el clasismo que pudiera encerrar tal afirmación, si no la matizamos. Empecemos, para ello, por el principio.

la escuela como ascensor social

¿La escuela como ascensor social?

Un ascensor es algo que traslada de forma directa a personas de unos pisos a otros por lo que se podría entender, si defendemos taxativamente esa premisa, que siempre la sociedad, de partida y en relación con una condición de origen, sitúa a unas personas por arriba y a otras personas por debajo:

La escuela será aquella institución que tenga presuntas soluciones para las dificultades de los que se encuentran abajo.

  • ¿Es realmente así?
  • ¿La gente cambia de clase cuando estudia?

Es fundamental que partamos de una realidad clave para entender el término: aunque desde determinada perspectiva vinculada a la lucha por la justicia social sea necesario seguir hablando de sociedad de clases, esta premisa no nos debiera llevar a deducir que los estudios aseguran el ascenso social.

Creo de hecho que, si lo hacemos, se está lanzando un mensaje engañoso a la población, con repercusiones en la lucha contra los desequilibrios, además de la perpetuación de determinados prejuicios.

Sí que es cierto, en cambio, que en la escuela, si se diesen unas condiciones óptimas de equidad y al menos en teoría, se debieran generar oportunidades para alcanzar la igualdad de derechos y para lograr, en definitiva, una vida más próspera; eso es lo que, al fin y al cabo, realza la labor de la educación como un bien público que desde las administraciones debe cuidarse y protegerse especialmente.

escuela como ascensor social

La cultura del esfuerzo

Concebir de manera cerrada, en una relación de causa-efecto, la escuela como un “ascensor”, pudiera llevar aparejado un mensaje distorsionado que entronca –fácilmente– con el de la llamada cultura del esfuerzo, idea que está dentro de las bases de la instauración, hace décadas, del neoliberalismo económico en el campo educativo:

Si no te esfuerzas como individuo, tendrás la culpa de tu fracaso y no podrás ascender de clase.

Vinculado a este asunto, es preocupante que en algunos contextos se asocie el papel de la escuela:

  • No solo al de ascensor social
  • Sino al de solucionador de los problemas que tiene la persona en situación de pobreza (la que se encuentra según lo mantenido, recordemos, siempre “por debajo”).

De hecho, a esa persona se le suele llamar “el pobre”, así, sin más, con una sustantivación que incorpora esa característica coyuntural a su identidad.

Si en un colegio o instituto trabajan, por ejemplo, muchas personas con ese pensamiento que asocia la pobreza a una condición identitaria, esa institución difícilmente podrá avanzar en la búsqueda del ansiado equilibrio social.

De esa manera, además, se extiende y se enraiza el siguiente estereotipo:

Tanto la persona que se encuentra en situación de pobreza como su entorno no tienen nada que ofrecerle a la sociedad, y debe ser la escuela, desde una posición hegemónica, privilegiada y guardadora del saber, la que tiene que “curar” culturalmente de esos males endémicos que traen determinados seres humanos desde sus contextos sociales y familiares.

  • ¿Es ese el mensaje que tiene que lanzarse desde la educación?
  • ¿Logran estas personas en la escuela de manera general y en el día a día despojarse de esa mirada o suelen acabar muchos de ellos y ellas arrastrando dicha marca peyorativa hasta el final?

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ascensor social

Un punto de encuentro

Porque no, con la escuela nadie asciende per se, así, sin ningún matiz ni añadido.

Un centro educativo es un punto de encuentro para los aprendizajes necesarios, un espacio de diálogo social y crítico, de fomento de valores democráticos y de respeto de los derechos humanos que debe favorecer la formación de una ciudadanía crítica, madura y responsable.

Los elementos vertebradores e ideológicos que la configuran conducen, por ley y por principios morales, hacia un mundo inclusivo que evite la exclusión social, capaz de entender y reconocer la diversidad, respetuoso con las diferencias y generador de oportunidades para que las personas, cuando salgan de ella, lo hagan preparadas para la convulsa vida que nos ha tocado vivir.

Pero eso no convierte a la escuela en una catapulta que lanza de forma directa hacia el éxito –o que mueva de una clase a otra– a la persona que menos bienes tiene por circunstancias coyunturales; la convierte, en cambio, en un motor contra la inequidad, un pilar de transformación que, si –y solo si– se generan las condiciones apropiadas, es capaz de atenuar mediante la compensación las desigualdades y las injusticias.

el mito de la escuela como ascensor social

Y son las actuaciones de las escuelas, de las personas que se desenvuelven en ellas, la clave para que se genere esta transformación.

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