Evaluaciones, abanicos «handmade»

y calendarios escolares

Termómetros que superan los 30 grados, folios de cuadrícula plegados simulando abanicos handmade y resoplidos que inundas las aulas desde todas las direcciones. Gotas de sudor, botellines de agua y caras de cansancio.

Esta podría ser la descripción de una clase española en estas fechas. Especialmente en el sur. Llega junio, como cada año, repleto de balances, evaluaciones y temperaturas casi infernales.

Falso papel

El desinterés comienza a ser mayor por parte del alumnado, especialmente en las aulas de Educación Secundaria; y ello me lleva a reflexionar sobre el falso papel autoritario de las calificaciones finales.

La rutina, la tradición o la «obligación» de completar boletines pueden desviarnos del camino a lo largo de curso; hasta elegir el que conduce al final pautado, en definitiva, el que marca el resultado. Pero ¿qué sucede tras llegar a la meta? ¿Qué ocurre cuando resta un camino tras esta hasta alcanzar el final de curso? Llega la eclosión.

Los alumnos conocen que las calificaciones han sido asignadas, por lo que esta «manipulación» poco coherente pierde el poder que nunca debió tener para mantener el orden en las semanas previas a las vacaciones.

Sé que es fácil escribirlo y difícil gestionarlo ante treinta alumnos que, en ocasiones, no atienden a razones, pero recurrir a la evaluación como coacción solo sirve para restarle todo su valor. Todo su aprendizaje.

Los números resultantes, en definitiva, las etiquetas, llevan camuflada la información más valiosa. La que les haga comprender sus esfuerzos o no, mejorar y reflexionar sobre el proceso.

A ello, se le suma el agotamiento que han debido arrastrar para lograr llegar al mes de junio, y, por supuesto, también el de los docentes que acompañan durante el curso en el que, entre otras tareas, además de dar clase, corrigen, planifican y organizan actividades a diario.

Sin duda, dicho esfuerzo se vería reducido si el calendario escolar copiara la distribución de países europeos como Francia.

Recurrir a la evaluación como coacción solo sirve para

restarle todo su valor

Encontrándome dentro del sistema educativo francés, he podido comprobar cómo la composición de cinco bimestres lectivos y cuatro periodos de vacaciones, uno cada dos meses, permite al alumnado completar de forma más favorable el curso académico.

La diferencia, por tanto, no se encuentra en disfrutar de un mayor número de días de vacaciones, sino en la forma en la que estas están distribuidas.

Con dicha alusión no pretendo copiar un sistema educativo diferente, pues comprendo que habría que atender a variables vitales como la forma en la que la sociedad se organiza, pero sí captar aquellas ideas que puedan resultar beneficiosas, atendiendo a los periodos de rendimiento y al desarrollo de los más pequeños, para poder adaptarlas a nuestra rutina.

Ante esto, el principal debate que surgiría se encontraría vinculado con la conciliación; con la preocupación de miles de padres ante la atención de sus hijos en periodos vacacionales.

Paradójicamente, esta es la misma duda que les surge a algunos franceses cuando conocen la forma en la que distribuimos nuestro calendario, aunque a la inversa.

Argumentan que es sencillo que los abuelos puedan ayudar durante estas pausas, así como la participación en los numerosos talleres que se organizan durante estas fechas o, para aquellos que disponen de mayor flexibilidad laboral, compartir con los niños estos momentos para realizar actividades en familia: ir a esquiar, visitar museos o, simplemente, disfrutar del tiempo juntos.

La sociedad siempre encuentra respuestas para adaptarse a los desafíos propuestos. Solo necesitamos reflexionar sobre las ventajas e inconvenientes y buscar soluciones para paliar las posibles dificultades.