Mi papá no me pega, con la mano abierta…

«Mi papá nunca me ha pegado con la mano abierta, siempre con el puño cerrado» fueron las palabras de Ronaldo; de hecho, fue más allá y preguntó como suele preguntar él, abruptamente, sin un mínimo de temor o miedo al qué dirán. Con todo, se ve en sus ojos esa sinceridad con la que a veces te reta; otras veces, escucha atento, siempre diciendo lo que piensa –sin saber a quién le pueda doler–, bajo el prisma de quien sufre el maltrato como norma.

Ese día «Rony», como le dice el resto del grupo –a quienes por cierto agrada y se sabe ganar–, preguntó, al hablar de maltrato infantil: «¡eh, profe! ¿Usted sí les pega a sus hijos?». Mi respuesta, a decir verdad, fue dudosa; pues no sabía si estaba en lo correcto abrirme con mis estudiantes de algo personal; pero, por otro lado, sabía que no podía quedarme callado después de escuchar que su padre lo golpeaba desde muy pequeño y, sobre todo, de ese modo.

–Si, lo he hecho y me he dado cuenta que no es la mejor manera de reaccionar, mucho menos de educar.

Luego, surgió un sentimiento encontrado en mí, un tanto de culpa y otro tanto de compasión por él. Me pregunté en silencio: «¿qué le están diciendo estas palabras? ¿Ayudarían a que tuviera más resentimiento hacia su padre o le ayudarían a perdonar?».

el maltrato como norma

Mi papá, maestro también por más de 30 años, siempre mencionó que su padre le golpeaba, que su infancia se había arruinado por tener que trabajar y aguantar los golpes injustos de mi abuelo. Para él, el maltrato como norma era algo inherente a su infancia. Por años, vi cómo con un nudo en la garganta contaba, una y otra vez, las mismas historias; hasta que un día comenzó en él un proceso de sanidad que le llevó a perdonar; y no sólo a perdonar, sino también a cuidar a aquel que le había forjado a base de golpes e insultos.

Rony ¿debía perdonar?

Pero Rony ¿debía perdonar? O ¿debía culpar por años a su padre de sus indisciplinas? No sólo es el más indisciplinado de la clase; también, es uno de los más inteligentes. Se ve a leguas que le encanta retar a la autoridad, lo ha hecho incluso con la directora, a quien los estudiantes respetan como a su propia madre –e incluso más–.

Rony ha pasado de escuela en escuela, con un expediente tan gordo como su ego. El mismo que no le permite ver que se le quiere ayudar, el mismo que no le permite ponerse en los zapatos del otro para entender sus reacciones, sus sentimientos y tener mejores relaciones.

En el momento que me preguntó si yo también golpeaba a mis hijos, no tuve más remedio que decirle también que debía perdonar a su padre, aunque fue quizá la peor respuesta de mi parte. Tengo que reconocer que fue mi impulsividad la que se lo dijo, en ese instante no vi otro camino más acorde a lo que se predica en esta escuela, «hacer cosas diferentes».

Quizá Rony no lo entendió, quizá ni siquiera lo recuerde, pero, en ese momento, él guardó silencio como aceptando tal hecho; pues es de suyo que cuando algo no le agrada él no se lo queda. Jamás, ni siquiera enfrentando algún castigo, logra quedarse callado y, por primera vez, Rony no reaccionó como yo esperaba.

el maltrato como norma

Desde ese día a la fecha, debo confesar que mis canas han aumentado, en parte gracias a él y, en parte, a que no he sabido dar con la manera de ayudarlo. Sé que tiene las ganas de aprender y su mamá me lo ha dicho; pues ella misma tenía que llevarlo hasta la puerta de la escuela, pero hacía tiempo que ya no, que –según ella– él ya tenía las ganas de estar ahí.

Sin embargo, las ganas sé que no le alcanzan –muchas veces– para comprender algunos temas; otras, para poder autorregularse y respetar normas y, muchas más, para convivir como los demás.

Si está escuela es diferente, Rony también lo es; y es por eso que mi frustración aumenta cuando veo que no consigo ver avances significativos en su conducta. Más sabiendo que, en su día a día, reconoce el maltrato como norma. Con todo, hay días que llego a mi casa satisfecho y más, hay otros en los que, definitivamente, no quiero llegar, entre actividades y contenidos que sé que mis alumnos jamás recordarán y que tampoco implican un impacto a su realidad me veo atrapado en el rol de «un profesor más» que no puede canalizar de la mejor manera el potencial de sus alumnos.

De hecho, hoy es uno de esos días. Hoy, Rony me retó y, por más que traté de guardar la calma, no pude, la impaciencia me ganó y terminé por llevarlo al psicólogo. Justo estando frente a él Rony comenzó a defenderse como suele hacerlo, deja de lado los modales y, simplemente, no puede reconocer su falla: es como si él no tuviera el «chip de la humildad», de ese respeto por la autoridad.

El psicólogo comentó que se debía canalizar al neurólogo, pues en el expediente decía que tenía déficit de atención, problema que ha arrastrado desde muy temprana edad según el diagnóstico.

  • ¿Sería esa la solución?
  • ¿En verdad unas pastillas le harán despertar de su realidad?
  • O, más bien, ¿lo meterán a un sueño más profundo del que ya está?

Se puede hacer mucho para cambiar a Rony

el maltrato como norma

No lo sé, pero creo que aún se puede hacer mucho para cambiar a Rony, quizá ese sea mi problema: me niego a aceptar el maltrato como norma y, como un soñador furtivo, quiero cambiar a mis alumnos. Quizá debería enfocarme en quienes sí quieren y dejar de lado a los «niños problema»; pero, cuando recuerdo las clases donde ha dicho «hoy no me quisiera ir a casa hasta terminar» o «esto sí me gusta» me vuelvo a ilusionar pensando que todo es posible y que la educación será la mejor herramienta para llevar a un alma hacia la luz.

Pero no lo sabré hasta que lo haya intentado todo…

Por lo pronto, Rony seguirá retando, pero, también, aprendiendo; rompiendo reglas, pero también participando; terminando rápido, pero también planteándose preguntas y debatiendo mejor que nadie. Quizá él se convierta, el día de mañana, en una de las pruebas más fehacientes de nuestro proyecto y su impacto en la vida de los estudiantes.