El sistema educativo tradicional ha basado su éxito (su supuesto éxito), entre otras cosas, en una concepción estática de la vida. Y si no estática, sí previsible. Se nos vendió la idea de que a una causa, una consecuencia; de que a tal acto, tal efecto. Así, si se estudiaba, se obtenían buenas calificaciones; con éstas, uno accedía a la carrera que deseaba y, como resultado, alcanzaba el puesto de trabajo que quería, siendo éste «de lo suyo» y bien pagado.

La realidad actual es muy distinta. Quizás antes también lo fuera y no funcionaran las cosas como nos las vendían, pero llegamos a creernos que así era y que no podía ser de otra manera. Hoy, sin embargo, somos conscientes de que sí pueden ser de otra manera, de que la sociedad (la vida) no funciona como nos la vendieron y de que el binomio causa-efecto no es tan infalible como nos dijeron.

Como Zygmunt Bauman, el filósofo polaco, otros muchos pensadores han venido a sumarse a la corriente de pensamiento que defiende una concepción «líquida» de la vida, de la economía, de la sociedad, de las relaciones, de la educación… Esto es, una concepción en la que la incertidumbre es parte de todo y en donde no siempre a tal causa le sucede tal previsible efecto.

La vida

no funciona como nos la vendieron

Aplicado a lo educativo, lo vemos en el hecho de que no siempre estudiar es garantía de buenas notas, bien porque estudiar en el sentido memorístico y anticuado de la palabra ya no es sinónimo de desarrollo de competencias, bien porque hay inteligencias que aportan más que el mero aprendizaje enciclopedista.

Dándole la vuelta, vemos que no siempre los que sacan buenas notas son los más inteligentes, en el amplio sentido de la idea de inteligencia(s). Me explico: no siempre (es más, rara vez) una buena nota es equiparable a aprendizaje, si la buena nota es solo fruto de un examen tradicional. Hablando como hablamos de fomentar las inteligencias del alumnado y de que sus diversas inteligencias se desarrollen hasta hacerlo competente, la consecución de una nota no es necesariamente equiparable a logro. Y al revés.

Rara vez,

una buena nota es equiparable a aprendizaje

Siguiendo con la retahíla, a buena nota no siempre le sigue buen acceso a la universidad y, mucho menos, un buen empleo con un buen sueldo trabajando “de lo suyo”. Hoy se priman las habilidades, el nivel competencial, las capacidades que no siempre aparecen recogidas en un currículo y que, sin embargo, son las que el mundo laboral que ya funciona con los parámetros del XXI ha asumido.

Quedan vestigios decimonónicos, por supuesto: quedan pruebas externas sesgadas (diagnóstico, por ejemplo; PISA…); queda una selectividad absurda en la que obtener notas de corte a partir de exámenes tradicionales para alumnado al que metemos con calzador un proceso de enseñanza-aprendizaje basado en proyectos (con el consiguiente chirriar entre «trabajar las competencias» y «aprobar selectividad»); quedan universidades, las menos, ancladas en las viejas fórmulas y quedan, para desgracia del tejido laboral, empresas que priman un CV basado en títulos más que un perfil competencial del posible empleado. Queda, claro que queda.

Y dudo que la concepción tradicional-dogmática sea sustituida a corto plazo por la concepción abierta, flexible, «líquida» y humana. Pero, aunque quede, está claro que caminamos hacia una sociedad en la que, como he dicho, el causa-efecto no sea tan previsible como nos los quisieron vender hace décadas. No, al menos, para quienes vivimos esta sociedad de forma consciente y proactiva.

INCERTIDUMBRE

Es por eso por lo que hemos de preparar a las generaciones de estudiantes para la incertidumbre, en la incertidumbre, con la incertidumbre como aliada. Si, como vemos, la sociedad cambia constantemente; si la sociedad ofrece múltiples efectos a una causa y cientos de causas posibles a un resultado; si las relaciones, las emociones, incluso el conocimiento, es flexible, cuestionable y cambiante, habremos de prepararlos en el aula para afrontar esa flexibilidad, ese cambio constante; si su futuro va a estar en manos de cómo se amolden al momentosociedadespacio que les toque vivir y no a los estereotipos, tendremos que posibilitarles marcos de decisión, de superación de la duda, de aceptación del error como parte del aprendizaje y de asunción de responsabilidades a partir de sus actos.

La escuela tradicional, concebida como un redil de escuchantes que memorizan para repetir contenidos conceptuales de cara a obtener una nota, ha terminado. La escuela ahora ha de ser el banco de ensayos de una generación que tendrá que lidiar con la incertidumbre como elemento positivo, constructivo, inspirador y motriz. Si no, estaremos preparando jóvenes conseguidores de nota, pero nada más. Las calificaciones, tristemente, son importantes para el éxito académico, para la nota de corte, para la cualificación y consecución de un título, pero si, como defendemos, queremos, sobre todo, personas capaces, audaces, autónomas y críticas, tendremos que introducir la incertidumbre y la gestión de la incertidumbre en nuestro quehacer en el aula.

La escuela tradicional

ha terminado

Y qué mejor que septiembre, el inicio de curso, para ello. Respetemos el miedo a lo desconocido (nuevos profesores, nuevas asignaturas, nuevas aulas, nuevos compañeros, nuevos horarios…), acompañemos su vértigo, saquémosle provecho y aceptémoslo como parte de la vida.

Convirtamos su escalofrío ante la incertidumbre en un campo abonado para el crecimiento, para la experimentación, para la superación, para la exploración, para la responsabilidad, haciéndoles ver, desde nuestra propia fe en que, al final, siempre, siempre, la vida es optar, que no han de temer al error sino aprender de él, si se da; que no han de temer a lo desconocido, porque en lo conocido solo hay rutina pero no estímulo; que no han de avergonzarse por mostrar sus temores o sus angustias, porque la gestión de esas emociones, como del resto, es parte de la construcción de la persona; que no pasa nada por no sentirse cómodos en lo novedoso, porque, al fin y al cabo, a todos lo novedoso nos despierta suspicacia, pero que, a partir de ahí, podemos crecer, aprender y, en definitiva, desarrollarnos.

Empatía, paciencia y firmeza: no hay mejor actitud para convertir en un momento de oportunidades el miedo de nuestros alumnos a la incertidumbre.

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POST ANTERIORACOSO: TRISTE REALIDAD, TAMBIÉN PARA ALUMNOS DE ALTAS CAPACIDADES
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Tiene una trayectoria de más de veinte años en órganos de gestión, dirección y decisión, pero, sobre todo, con una opción personal decidida por la educación al margen de lo educativo. Eso es lo que él llama educación divergente. Crítico con el sistema educativo actual y con los principios metodológicos habituales, aboga por la educación entendida como acompañamiento, superando la mera instrucción y militando la inclusión, la emoción y los vínculos como marcos imprescindibles para educar. En colegios, sí; en aulas, sí; en la realidad que tenemos, sí. Pero con otras claves. Licenciado en Historia por la Universidad de Deusto, ha impartido clases en esta misma institución durante trece años, tanto en Filosofía y Letras como en el Instituto de Estudios de Ocio, en equipos de docencia y con alumnado de diferentes edades, sensibilidades y procedencias, como reflejan su paso por CIDE (alumnos de universidades de USA). Asimismo, lleva casi veinticinco años como profesor en Enseñanzas Medias, desarrollando su labor como docente en Bachillerato y ESO, así como en Proyectos de Refuerzo Educativo Específico y Diversificación Curricular, además de ocupar puestos de responsabilidad en Dirección. Formado en innovación metodológica, lleva varios años colaborando activamente con Innovación Educativa del Gobierno Vasco (Berritzegune), con la agencia vasca de calidad Euskalit (en donde ha sido evaluador en procesos de gestión integral) y con centros educativos en los que requieren su asesoría. Alvira cree en los vínculos como herramienta educativa, entendiendo que el currículo es la excusa para ayudar a cada alumno a desarrollar sus capacidades. Habitual de foros, cursos y encuentros, el valor añadido de Alvira es su capacidad para comunicar, reconocido como orador, su fuerza está en la pasión con la que transmite, algo que queda igualmente patente en su faceta como escritor, con varios best-sellers en su haber y su reciente “La Novela de Rebeca” (Ediciones-B) presente en España y Latinoamérica.