Déficit de

naturaleza

En el año 2005, Richard Louv introdujo la expresión “trastorno de déficit de naturaleza” en Last Child in the Woods, para describir el distanciamiento entre niños y naturaleza. Louv definió el término como:

“Una atrofia de la conciencia, una disminución de la capacidad para encontrar sentido a la vida que nos rodea, tome la forma que tome. Este encogimiento de nuestra vida afecta directamente a nuestra salud física, mental y social”.

Louv, R. 2012, p.24

Fatiga

mental

Al hablar de vínculo roto, Louv pretende relacionar el distanciamiento con la naturaleza con las nuevas tendencias del siglo XXI, que incurren en la sobreexposición a multitud de estímulos fugaces.

Esta relación ha sido apuntalada en diversos estudios científicos, impulsados, en sus principios, por los investigadores Rachel y Stephen Kaplan.

Los Kaplan trabajaron en torno a la fatiga mental y los procesos de atención. Dichos investigadores argumentaron cómo el contacto directo e indirecto con la naturaleza ayuda a disminuir la fatiga mental y a recuperar la atención. Con el tiempo, los Kaplan desarrollaron su teoría de la fatiga de la atención dirigida. La fatiga mental afectaría a los procesos inhibitorios que explican la irritabilidad, la impulsividad y la distracción, factores que denotan un déficit de las funciones ejecutivas y que, por tanto, acarrean toma de decisiones erróneas.

Fascinación

El antídoto contra este tipo de fatiga, provocada por la atención dirigida excesiva, sería la atención involuntaria, que ellos denominan fascinación (Louv. 2012, p.45). La atención involuntaria se desencadena en situaciones o entornos novedosos que estimulan una sensación de amplitud y potencian la exploración

Naturaleza

Pero, ¿qué es Naturaleza? Desde la perspectiva antropocéntrica y etnocéntrica occidental pensamos que el constructo Naturaleza es universal. Este pensamiento es explicativo de nuestra relación jerárquica con el resto de elementos del Cosmos. Como se indica desde la antropología cognitiva (Tomé, P. 2009), el entorno ambiental y el mundo son constructos socialmente elaborados, por lo que “aquello que es tenido por natural en ciertos modelos culturales, puede aparecer definido de forma muy distinta en otros”.

La distinción Naturaleza-Cultura puede deberse a un pensamiento antropomórfico asentado en la cultura occidental. En este sentido, partiendo de la experiencia etnográfica de Eduardo Viveiros (1998) entre grupos amazónicos, se puede explicar cómo desde la mirada indígena “el mundo está habitado por diferentes tipos de sujetos o personas, humanos y no-humanos, que aprehenden la realidad desde distintos puntos de vista”. Desde el perspectivismo amerindio las relaciones sociales no se limitan a los seres humanos, sino que incluyen también a animales, plantas, elementos muertos, santos, divinidades y ciertos objetos.

La dicotomía construida por la sociedad occidental hunde sus raíces en las interpretaciones de las tesis filosóficas que se elaboraron en el Renacimiento, la Ilustración y, anteriormente, en la tradición judeocristiana. Por ejemplo, cuando René Descartes expone en su Discurso del Método “la capacidad natural del hombre (res cogitans) de conocer objetivamente la totalidad del mundo físico (res extensa)”, está cimentando la estructura del pensamiento moderno (Quintero, P. 2005).

El paradigma diseñado durante la modernidad opone elementos de una misma esfera, Naturaleza y Cultura, convirtiéndolos en realidades independientes. Las implicaciones de este sistema de ideas se traduce en la necesidad última de dominar el medio (perspectiva antropocéntrica), y en el dominio sobre otras culturas ‘salvajes’, cuyo entendimiento del mundo era distinto al nuestro (perspectiva etnocéntrica).

Así, es normal que durante el Renacimiento, período de globalización de las rutas comerciales, se considerase la colonización y evangelización de América un derecho y un deber como ‘cultura avanzada’. Por su parte, el pensamiento Ilustrado se dedicó a divulgar en entornos académicos europeos dicha dualidad (Naturaleza-Cultura), penetrando profundamente en el imaginario colectivo.

Más allá del concepto darwiniano de evolución, como afirma Coronil (2002): “La modernidad no es el resultado inexorable de la evolución de las sociedades, sino, más bien, un estilo de percibir, conocer y pensar el mundo; es decir, un paradigma particular que, desde su perspectiva, concibe la naturaleza como un bien inagotable del cual apropiarse”.

En la misma línea de pensamiento de Coronil, Xesús Jares (2005), expone la idea de un sistema socialmente construido en pro de intereses particulares y perpetuado a través de un entramado de violencias ocultas. Por su parte, Carlos Taibo (2002) explica cómo grandes empresas transnacionales ejercen, hoy día, sus presiones a través de los estados correspondientes en pro de beneficios particularistas, y sin tener en cuenta, o al menos no de manera proporcionada, los efectos sociales y ambientales. No es de extrañar, pues, la actual crisis medioambiental y sus mutaciones correspondientes, entre ellas una crisis identitaria que explicaría el desplazamiento de algunos valores y confusiones en los modelos de crianza.

Por tanto, podríamos hablar de un proceso de re-naturalización sin obviar la necesidad de un cambio en el imaginario colectivo respecto a nuestra relación con la naturaleza.

Existen resultados científicos que apuntan en la línea de cómo la exposición al mundo natural mejora nuestra inteligencia, agudiza los sentidos y mejora los procesos atencionales presentes en el resto de funciones cognitivas. Consecuencia de esta mejora es el salto cualitativo en el bienestar social y emocional de los seres humanos.

En consonancia con las investigaciones para la paz, es un deber favorecer el desarrollo pleno (derecho), no sólo de los niños, sino de cualquier ser humano, y eso tiene unas implicaciones, no sólo a nivel individual y colectivo, sino también a nivel institucional, legal y de políticas públicas.

Resultados científicos que avalan el cambio de paradigma

Son numerosos los estudios científicos que vinculan un desarrollo saludable del niño y del ser humano, en general, con el contacto con la naturaleza. Por otra parte, es indiscutible que una ampliación de los mismos sería beneficiosa para el engorde del corpus teórico. Como botón de muestra hemos elegido algunos de los estudios más relevantes llevados a cabo durante los últimos 15 años.

Taylor, Kuo y Sullivan ( 2001) en Views of nature and self discipline: Evidence from inner city children, examinaron cómo niños con vistas a la naturaleza eran capaces de concentrarse mejor, inhibir impulsos iniciales y retrasar la gratificación, todas ellas formas de autodisciplina. Investigaciones previas habían relacionado una mejora en la atención directa a partir de la exposición a espacios naturales o la exposición a imágenes relacionadas con la naturaleza. La tesis de los investigadores partía de que las funciones psicológicas implicadas en la atención directa estaban implicadas en la auto-disciplina. Por tanto, cuando estas fuentes que alimentan a la atención directa están fatigadas, la autodisciplina tiende a declinar. Ya que análisis preliminares indicaron diferencias de género, en este estudio las mediciones se hicieron diferenciando los géneros. En los resultados se muestra una relación positiva entre cada una de las variables medidas, aunque las conclusiones sólo fueron validadas para las chicas, ya que los chicos no mostraron una relación significativa. La última parte del estudio se dedica a discutir las posibles causas de esta diferencia sin llegar a una conclusión precisa. En cualquier caso, la mayoría de estudios no diferencia por géneros, e igualmente se encuentran relaciones positivas para los chicos, por lo que puede considerarse un sesgo en este estudio, lo que no nos debe eximir de reflexionar acerca de las diferencias neuropsicológicas de género.

En este sentido, numerosas investigaciones neuropsicológicas evidencian diferencias  significativas entre hombres y mujeres en la organización del cerebro y la actividad mental (García, E. 2003). Por otra parte, las publicaciones son dispersas y sería difícil enmarcarlas en un contexto como el de la interacción con la naturaleza, donde se interactúa con una realidad compleja. Entre las diferencias más relevantes, encontramos menor asimetría del cerebro en mujeres que en hombres, o en la conformación del cuerpo calloso, donde las mujeres disponen de mayor cantidad de fibras y conexiones interhemisféricas. Por áreas, y según estudios, los hombres muestran mayor actividad en regiones basales, temporales del sistema límbico, mientras que en las mujeres la activación es mayor en el área tálamo-cingular. Concluyendo, parece que hay diferencias ligadas al sexo. Tales diferencias se van conformando desde la vida intrauterina y moldeando posteriormente por razones culturales. Esta circunstancia es excesivamente compleja y los estudios llevados a cabo hasta el momento, en lo referente a la interacción con la naturaleza, no arrojan  datos clarividentes. Es conveniente aclarar que los estudios que escrutan las diferencias por sexo, en ningún caso, justifican la creencia de una capacidad cognitiva u operativa superior de cualquiera de los géneros, simplemente muestran una diferencia organizacional del cerebro.

En el mismo año, 2001, sin la aportación de Taylor, Kuo y Sullivan en Aggression and Violence in the Inner City. Effects of Environment via Mental Fatigue, investigaron cómo un mayor contacto con la naturaleza dentro de las ciudades también puede, en determinados entornos, reducir la violencia. La investigación, contextualizada en una urbanización de Chicago, comparó la vida de un grupo de mujeres que vivían en edificios sin zonas verdes en el exterior, con la de otro grupo que vivía en edificios idénticos, pero rodeados de árboles y zonas ajardinadas. Aquellas que vivían en contacto con las zonas verdes mostraron un índice menor de actos violentos contra sus parejas. Los investigadores hallaron una relación entre violencia y una puntuación baja en los tests de concentración, lo cual puede deberse a un nivel elevado de fatiga mental. Este estudio demostró que las mujeres que vivían en casas sin vegetación en su exterior estaban más cansadas y eran más agresivas.

Wells y Evans (2003), en Nearby Nature. A Buffer of Life Stress Among Rural Children, llevaron a cabo un estudio con 337 niños de cinco áreas diferentes del estado de New York. Wells y Evans descubrieron que el impacto ante el estrés y la adversidad era menor entre niños que vivían cerca de la naturaleza y vegetación que entre aquellos con un acceso más restringido a los espacios naturales.

Kuo y Taylor (2004) en A Potential Natural Treatment for Attention- Deficit/Hiperactivity Disorder: Evidence from a National Study trataron el trastorno neurológico más común en la niñez, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, el cual se manifiesta a través de un alto grado de inatención, impulsividad o hiperactividad, o ambos a la vez. El método utilizado en este experimento consistió en el cotejo de información sobre los efectos posteriores, en niños, a 49 actividades extraescolares y de fin de semana. De forma general, los resultados indicaron que los efectos en la reducción de los síntomas de déficit de atención posteriores a la actividad, fueron más positivos en las actividades llevadas a cabo en espacios verdes exteriores que en cualquier otro marco.

Keller (2005) en Nature and Childhood Development, capítulo 3 del libro Designing a Understanding the Human-Nature Connection, destaca cómo la naturaleza es importante para el desarrollo emocional, social, espiritual y psicológico del niño. En este libro, Keller combina su propia investigación con otras investigaciones, sintetizando la información acerca de la conexión entre la naturaleza y el desarrollo saludable del niño. Kellert hace referencia al período crítico intermedio de la infancia como momento clave en el desarrollo de las capacidades creativas, resolución de problemas y desarrollo emocional e intelectual. El autor hace un alegato urgiendo a políticos, educadores, diseñadores y ciudadanos a introducir los cambios necesarios que provean a los niños de contactos positivos con la naturaleza.

En el año 2005, The American Institutes for Research llevó a cabo un estudio, Effects of Outdoor Education Programs for Children in California, para medir el impacto de programas educativos al aire libre en jóvenes en situación de riesgo, de los cuales el 56% nunca habían estado en escenarios naturales (no urbanos). Se compararon los resultados entre el grupo que accedió al programa en el exterior y el grupo de control que no tuvo ninguna experiencia outdoor. El resultado fue que el 27% había incrementado el dominio de conceptos científicos, mejorado las habilidades de cooperación, resolución de conflictos, autoestima y mejorado su comportamiento medioambiental. Como resulta mejoraron en la resolución de problemas, la motivación para aprender y el comportamiento en clase.

Kaplan et al. (2008) en The Cognitive Benefits of Interacting with Nature llevó a cabo dos experimentos que mostraron cómo andar o el simple hecho de visualizar imágenes relacionadas con la naturaleza, pueden mejorar la atención voluntaria y las funciones cognitivas. Los resultados indicaron una mejora de la atención voluntaria en contraste con aquellos participantes que vivían en zonas urbanas. En el mismo sentido, también se demostró una mejora del estado emocional del primer grupo. El segundo experimento, consistente en la visualización de imágenes de carácter natural y urbano, predijo que la interacción con las primeras mejoraría las funciones ejecutivas, lo que posteriormente quedó verificado: “La exposición a imágenes de la naturaleza conllevó una mejora en las funciones ejecutivas mayor que por la exposición de imágenes urbanas”.

Park, Tsunetsugu, Kasetani, Kagawa y Miyazaki (2010) en The physiological effects of Shinrin-yoku (taking in the forest atmosphere or forest bathing): evidence from field experiments in 24 forests across Japan, llevaron a cabo un estudio con 260 personas de 24 lugares distintos de Japón. Se concluyó que aquellas personas que contemplaban un paisaje durante veinte minutos obtenían niveles inferiores de cortisol respecto a personas que vivían en zonas urbanas. Concretamente, al visualizar un paisaje, la concentración de cortisol en la saliva era 13,4 % inferior en el caso de la visualización y un 15,8% en el caso de un paseo por la naturaleza. En general, los resultados mostraron una relación entre bajos niveles de cortisol, menor presión sanguínea y cadencia de pulso más bajo.

Axiomas y ciencia

Además de los estudios científicos que indican beneficios para la cognición y para la salud, existe un principio axiomático que consiste en la conexión fundamental con la naturaleza para el espíritu humano. La defensa de este axioma puede ser explicada desde la hipótesis biofílica de E.D. Wilson, cuyo autor destaca que la atracción que el ser humano siente por la naturaleza forma parte de nuestras estructuras mentales. Aunque el concepto de biofilia fue propuesto por primera vez por Wilson en el año 1979, no fue hasta el año 1993 cuando Kellert y Wilson propusieron la hipótesis de la biofilia, fundamentada en la existencia de una base biológica que se traduce en una afiliación emocional natural que los seres humanos tenemos hacia otros seres vivos. (Ross, J. 2002). Sin embargo, esta afiliación hereditaria también se encuentra mediada por el aprendizaje a través de las experiencias. En función a esta hipótesis, dentro del concepto de “ser social” tendríamos que incluir el concepto“ser biofílico”.

Richard Louv, autor citado con anterioridad, en Volver a la Naturaleza, nos ha desvelado algunas claves acerca del cambio cultural necesario no sólo para volver a la naturaleza, sino para transformar nuestra relación con la misma. Para Louv, el término “sostenibilidad” no tiene el potencial adecuado para transformar el clásico marco que explica nuestra relación con la naturaleza, por lo que éste ha de ser prolongado para centrarnos en la renaturalización de la vida diaria (Louv. p. 16). Evolutivamente, Louv toma como referencia los períodos definidos por Thomas Berry (2006), establecidos en función de la secuencia biológica del desarrollo de la Tierra. Hoy día nos encontraríamos en la fase terminal del cenozoico y la fase incipiente de la era ecozoica. El cenozoico es el período del desarrollo biológico que ha tenido lugar durante los últimos 65 millones de años. El ecozoico representa un período en el que los seres humanos habitaremos la Tierra de una manera que resultará beneficiosa para ambos. Prosigue Berry: “El cenozoico está concluyendo con una extinción masiva de formas de vida que sólo puede compararse con las extinciones que tuvieron lugar a finales del palezoico, hace 65 millones de años. La única opción viable es entrar en un período ecozoico” (Louv, R. p. 366)

Aunque parezca un anhelo de Berry, lo cierto es que un nuevo movimiento natural parece estar en construcción. Investigaciones, ordenamiento urbano, prácticas sanitarias, educativas y empresariales que ponen el foco en la conexión con la naturaleza, parecen emerger alrededor del mundo con el objeto de mejorar la salud pública, la calidad de vida en las ciudades, en los centros de trabajo y el aprendizaje. No menos cierto es que el movimiento aún no ha arraigado y sin políticas destinadas a ello los esfuerzos pueden caer en el ostracismo.

Otro de los puntos a destacar en el libro es cómo Louv conecta el trastorno de déficit de naturaleza con una inmersión electrónica desequilibrada. El autor defiende lo que llama “la mente híbrida”. La brecha cerebral, término expuesto por Gary Small en El Cerebro Digital, quizás no se deba tanto a la presencia de la tecnología, sino a la rapidez con la que ésta ha penetrado en la sociedad. Los problemas de fatiga mental, debido a multitud de variables, entre ellas el mal uso de los nuevos dispositivos tecnológicos, puede estar atrofiando los lóbulos prefrontales, asiento neuroanatómico de las funciones ejecutivas y director de orquesta del cerebro. En este contexto, Louv defiende una “mente híbrida” que se adapta al mundo digital y al mundo físico, usando la tecnología y los dispositivos para potenciar nuestra capacidad de procesar información y mejorar el aprendizaje, al mismo tiempo que se respeta una socialización saludable que incorpora el contacto con la naturaleza.

Una última reflexión

Dice Louv que “el siglo XXI será el siglo en el que volvamos a la naturaleza”, pero volver a la misma implica un cambio de paradigma. Como sociedad hemos establecido una posición jerárquica desde hace siglos entre los elementos del Cosmos. Transformar esta relación no consiste en pasar más tiempo en la naturaleza, es algo más profundo: un cambio cultural que afecta a individuos, comunidad, instituciones, empresas y políticas públicas. Conectarnos con la naturaleza requiere transformar un sistema  fundamentado en el crecimiento económico y un consumo exacerbado que genera necesidades, agota los recursos planetarios y agrede al medio ambiente. Louv reflexiona: “en vez de pensar como humanos en la naturaleza hemos de pensar en los humanos como naturaleza” (Louv, R. p. 329). Me pregunto si la sociedad occidental ha pensado alguna vez de este modo. Desde el período del descubrimiento de América la historia nos muestra rotundamente que no. ¿Antes? Leamos un pasaje del Génesis desde la perspectiva de la tradición judeocristiana que quizá responda a nuestra pregunta: “Y los bendijo Dios y les dijo: Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la Tierra y sojuzgadla; ejerced dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueva sobre la Tierra”. (Génesis 1:28 La biblia de las Américas). Occidente parece haber tomado estas palabras al pie de la letra. Yuval Noah Harari, joven historiador israelí, ha publicado recientemente su éxito mundial Homo Deus, una reflexión sobre el futuro de la humanidad. En la página 31 expone:

“Hemos conseguido poner bajo nuestro control el hambre, la peste y la guerra gracias en gran parte a nuestro fenomenal crecimiento económico, que nos proporciona comida, medicina, energía y materias primas en abundancia. Pero este mismo crecimiento desestabiliza el equilibrio ecológico del planeta de muchísimas maneras, que solo hemos empezado a explorar. La humanidad ha tardado en reconocer este peligro, y hasta ahora ha hecho poco al respecto. A pesar de toda la cháchara sobre contaminación, calentamiento global y cambio climático, la mayoría de los países no han hecho todavía ningún sacrificio económico o político serio para mejorar la situación. Cuando llega el momento de elegir entre crecimiento económico y estabilidad ecológica, políticos, directores de empresas y votantes casi siempre prefieren el crecimiento. En el siglo XXI vamos a tener que hacerlo mejor si queremos evitar la catástrofe.”

Las circunstancias límite en las que se encuentra el ser humano como especie parecen estar alentando un pensamiento alternativo en transición. Un indicio es la consolidación de los valores medioambientales desde distintos niveles argumentales durante los últimos 40 años. Hemos transitando desde argumentos preventivos ante la catástrofe hasta el argumentario del beneficio económico y la seguridad nacional, es decir, de cómo la escasez de recursos naturales tienen el potencial suficiente para atentar contra la estabilidad de las naciones y, en algunas ocasiones, pueden dar lugar a conflictos violentos (Ávila Akerberg, A. 2003). Los argumentos anteriores no han sido suficientes, ya que no abordan el problema estructural de forma integral. Un argumento de tercera generación, que recién comienza a encajar, se centra en la importancia del mundo natural para nuestra salud, nuestra capacidad de aprendizaje y nuestra felicidad. Con este último argumento se interpela directamente a toda la sociedad, desde lo individual a lo colectivo, desde lo local a lo global, desde lo social a lo político, esferas que, por cierto, no debieran ser consideradas independientes.

La arquitectura del cerebro “social” y su funcionamiento, así como nuestro diseño biofílico, están siendo escrutados por diversos estudios neurocientíficos. Más allá de los resultados, que no hacen más que corroborar aquello que el sentido común nos dicta, la propia experiencia apunta hacia un sistema axiomático basado en deducciones. Dichas deducciones alientan teorías acerca de la bondad de integrarnos como humanos en la naturaleza, conectados a lo demás en forma de humilde engranaje.

Está claro que rediseñar nuestra relación con la naturaleza no nos hará inteligentes per se, más sanos y felices. Son muchas las variables que entran en juego, pero seguramente supondría una gran mejora en nuestras vidas y en la vida del planeta. Respecto a la crianza, las actividades en la naturaleza pueden suponer una oportunidad para ejercer una paternidad responsable favoreciendo la inquietud, la investigación, la empatía y la creación de buenos recuerdos. Una experiencia positiva en y con la naturaleza quedará grabada en nuestra memoria gracias a la emocionalidad que subyace a la misma, desencadenando un sentimiento de satisfacción y apego positivo cada vez que  rememoremos el evento, visualicemos alguna imagen relacionada o nos conectemos a la naturaleza.


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